En 1964 un semiólogo italiano publicó un libro que muchos leímos y que dividió a la crítica cultural europea. En Apocalípticos e integrados, Umberto Eco retrataba la misma escena repetida ante cada nuevo invento de masas, el cómic, la televisión, la canción ligera: por un lado, intelectuales convencidos de que aquello era pura ignorancia, el signo de una caída sin retorno; por otro, quienes veían en lo mismo la democratización de la cultura. Más de sesenta años después, la controversia reaparece alrededor de tecnologías cuyo impacto social y comercial Eco no llegó a presenciar: sistemas capaces de escribir, generar imágenes y conversar con una fluidez que para muchos resulta ya inquietante.
Entre los críticos de la IA, el apocalíptico de guardia de estos tiempos algorítmicos es el filósofo francés Éric Sadin, que lleva desde 2009 construyendo sin descanso un diagnóstico feroz sobre el mundo digital. Primero denunció una vigilancia capaz de anticipar y orientar comportamientos; después llamó «silicolonización del mundo» a la expansión del modelo de Silicon Valley bajo apariencia de neutralidad técnica. Antes incluso de ChatGPT, veía en la IA una amenaza menos espectacular que la extinción de nuestra especie, pero quizá más cercana: la marginación del ser humano como sujeto capaz de juzgar, ya visible en el crédito financiero o en la selección de personal. Era, por tanto, una perspectiva filosófica y sociológica. Se volvió más directamente existencial la noche en que se lanzó ChatGPT, en noviembre de 2022; él mismo cuenta que no pudo pegar ojo.
Sadin sostiene que la IA generativa ya no se limita a orientar decisiones, sino que tiende a ocupar el lugar de facultades que consideramos íntimamente humanas: pensar, escribir, crear. Su último libro lleva por título El desierto de nosotros mismos (2026), y en él da un plazo de apenas dos o tres años para reaccionar antes de que quedemos convertidos, palabras suyas, en cáscaras vacías. La reacción que alienta Sadin es clara: la prohibición absoluta de las IA generativas. En el polo opuesto se sitúa el discurso de la innovación inevitable, y su intelectual de referencia es el futurólogo Ray Kurzweil, que en The Singularity Is Nearer (2024) reafirma que la IA alcanzará el nivel humano hacia 2029 y que hacia 2045 nos fundiremos con la máquina. Donde Sadin ve desposesión, Kurzweil ve liberación -el mismo fenómeno leído como culminación en vez de amenaza-, un optimismo que directivos de plataformas e inversores repiten con menos matices, despachando las alarmas como nostalgia o como tecnofobia disfrazada de filosofía.
Más allá de esa descalificación interesada, parte del mundo académico le devuelve el golpe a Sadin con objeciones de otro calibre. Sus críticos le reprochan un humanismo europeo «arcádico» que él nunca acaba de definir, con una proximidad al menos retórica al neoludismo: si toda autonomía previa del humano es insuficiente, cualquier tecnología acaba pareciendo enemiga. También cuestionan que algunos de sus diagnósticos especulen más de lo que constatan, y lo presentan como un heredero, con acento francés, de la Escuela de Fráncfort, los apocalípticos de referencia para Eco. Y queda flotando la pregunta más incómoda: si el juicio está de verdad «silicocolonizado», como él sostiene, ¿desde qué lugar libre del invasor habla el propio Sadin con tanta lucidez?
Otras voces se apartan de ese duelo y desplazan la discusión hacia un terreno más viable. La filósofa Carissa Véliz, del Instituto de Ética en IA de Oxford, sostiene en Profecía (2026) que predecir el futuro siempre ha sido, además de un problema de conocimiento, un ejercicio de poder, y sitúa la IA como el episodio más reciente de una historia mucho más larga que va de los oráculos y los horóscopos a los algoritmos. Frente a las jeremiadas civilizatorias, no pide ni el pánico ni la sumisión, sino ciudadanos capaces de convivir con la incertidumbre sin entregar su libertad a los nuevos oráculos: un marco ético en el que poder utilizar la IA de manera informada y para lo que es legítimo. Algo que Sadin califica sencillamente de colaboracionismo estúpido y vergonzante con el nuevo Leviatán.
Lo que Eco entendió en 1964, y que hoy vuelve a resultar incómodo, es que apocalípticos e integrados comparten un mismo vicio: juzgar la IA en bloque, como si fuera un objeto único de condena o celebración. Las preguntas relevantes son hoy otras: qué tareas se automatizan y cuáles se amplifican, qué consecuencias tiene cada caso, quién se beneficia, quién asume los costes y bajo qué reglas democráticas se decide todo esto. Ese reparto en dos bandos no lo ha inventado la IA, que es solo su ejemplo más nítido: cuanto más se polariza el debate entre el miedo y la fe absolutos, menos se habla de esas preguntas. ¿Es posible sostener la preocupación y el matiz a la vez, sin caer en ninguno de los dos bandos? ¿O el riesgo mayor está menos en la máquina que en la prisa por juzgarla de una vez por todas? Una prisa que nos ahorra la tarea más difícil, la de responder esas preguntas una por una.
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