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Francisco Gordón Suárez

¿Para qué sirve Europa?

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Con demasiada frecuencia, nuestros gobernantes aprovechan el verano para colarnos de rondón nuevas leyes de dudosa utilidad, de ahí que sugiera incluir la «estivalidad» como una nueva agravante en el Código Penal. El pasado agosto, sin ir más lejos, entró en vigor la normativa europea que prohíbe el uso de envases monodosis. Gracias a esta formidable aportación al progreso del Viejo Continente, muy pronto desaparecerán las bolsitas de kétchup, mostaza y mayonesa, las porciones individuales de mantequilla y mermelada, los terrones de azúcar y hasta las pequeñas tarrinas de aceite y vinagre. También echaremos en falta los sobrecitos de wasabi, pero estos son fácilmente sustituibles por un chupito de aguarrás. Ahora que se cumplen cuarenta años del ingreso de España en la Unión Europea, quizá sea un buen momento para hacer balance de lo que ha supuesto nuestra pertenencia a lo que fue considerado un selecto club y que hoy, por motivos que saltan a la vista, parece empeñado en demostrar que todo tiempo comunitario pasado fue mejor. No cabe duda de que al principio todo transcurrió de manera más positiva. Los fondos europeos permitieron mejorar nuestras infraestructuras, modernizar el sector agrario e incluso que, gracias a la inclusión de los universitarios españoles en el programa Erasmus, mi amigo Pepito pudiera emborracharse sin freno durante un cuatrimestre en Edimburgo. Si bien la experiencia no contribuyó demasiado a mejorar el inglés, sí resultó decisiva para perfeccionar su mítico don de lengua. También por entonces el festival de Eurovisión conservaba un prestigio tal que millones de españolitos se arremolinaban en torno al televisor con la vana ilusión de ver por la pequeña pantalla un nuevo triunfo patrio. Nunca llegó, pero allí estábamos, año tras año, fieles a la canción ligera y a la derrota. Y es que hace tiempo que desde Bruselas parece que trabajan con ahínco en un nuevo brexit. Cómo será la cosa que los islandeses -cuya idea de una noche desenfrenada pasa por ver amanecer desde una chalupa, pescando bacalao en el Atlántico- acaban de declinar en referéndum la posibilidad de incorporarse a la menguante cofradía de los veintisiete. Tampoco es de extrañar. Uno observa el progreso que han supuesto las últimas conquistas europeas y comprende que Islandia prefiera seguir con la caña de pescar. Entre ellas figuran la férrea unión de los tapones a las botellas de plástico (beber a morro ya es una empresa digna de Napoleón Bonaparte) y la exigencia a los agricultores de disponer de una tablet con conexión a internet para registrar online la información de sus explotaciones. Mal futuro le auguro al melonar de Florita, para quien el único punto de conexión G que existe es el que su lujurioso prometido lleva años buscando. Claro que no a todos les afecta por igual la desaparición de los envases monodosis. Sin ir más lejos, Roque, el Casanova, está encantado. No en vano, cuando va a la farmacia, él siempre pide los preservativos en cajas de veinticuatro. Debe ser el único europeo que considera que la regulación comunitaria se ha quedado corta. *Abogado
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