Cualquiera puede entender que si un Estado no sabe defenderse, deja de ser soberano y pierde, en consecuencia, su propia condición estatal, estrechamente dependiente de la eficacia de su ordenamiento jurídico. Por consiguiente, gobernar es siempre ejercer imperativamente el poder frente a toda forma, naciente o adulta, de contrapoder, interior o exterior. Resulta, pues, dramáticamente paradójico que el arduo combate entre las fuerzas políticas por alcanzar y cohesionar una mayoría parlamentaria sobre la que se sostenga un Gobierno acabe por diluirse en la inacción de ese Gobierno ante las más graves coyunturas nacionales. Pelear tan acerbamente –antes, durante y después de las elecciones– con adversarios tratados como enemigos para luego, en los momentos más difíciles, optar por el escapismo resulta imperdonable. Mariano Rajoy no quiso afrontar abierta, decidida y contundentemente el "procés" secesionista catalán desde 2011 en adelante. Y eso que contaba con mayoría absoluta en su primer mandato. Le temblaron las piernas ante un desafío declarado a la integridad territorial de España, que debió abortar resueltamente de inicio. Al final, solo el Poder Judicial asumió sin complejos la respuesta coactiva estatal. Cabe preguntarse qué tipo de problemas esperaba resolver un político de largo recorrido (con experiencias, por cierto, tan funestas y mal gestionadas como la catástrofe ecológica del "Prestige") cuando se hizo cargo de la dirección del país. Solo exhibió firmeza al adoptar fuertes recortes en materia de política económica y social. Entonces gallego hamletiano y un artista en ponerse de perfil, ahora, sin embargo, se manifiesta fervorosamente en las calles a favor de la españolidad de Ceuta. Feijóo seguirá sin duda el mismo patrón cuando llegue a la Moncloa. No espero otra cosa. Desde luego, para vocación y pasión mórbida de poder hasta extremos aberrantes las de Pedro Sánchez, un hombre capaz de humillar la dignidad del Estado mediante la aprobación de una vergonzosa ley de amnistía, previo pacto de investidura con los herederos de ETA y los diputados separatistas catalanes, incluidos los voceros del prófugo Puigdemont, principal beneficiario de la excepcional medida de gracia. Alguien, además, que se aferra a la poltrona sin aprobar en toda la legislatura ni una sola Ley de Presupuestos y usando y abusando de la figura del decreto-ley, comportándose, por tanto, como un alienígena del parlamentarismo. Y este señor, que tanto idolatra el poder, se muestra incapaz de abordar la peliaguda cuestión marroquí, que le desborda y anula por completo. No es el único. ¿Qué nos pasa a los españoles con Marruecos, que jamás hemos sabido responder a las extorsiones de nuestro vecino del sur, cuyo feudal monarca teocrático y despótico se escuda en el nacionalismo para disimular su tiranía y su cleptocracia? En el caso de Ceuta, ¿hemos asistido a una edición reducida de la Marcha Verde, patentada con éxito en 1975? Ateniéndonos simplemente a los hechos, podemos comprobar, en primer lugar, que la invasión de casi 80000 migrantes en el reducido espacio ceutí pilló completamente desprevenidas a nuestras autoridades. Asombra, ciertamente, una imprevisión semejante, que revela, como mínimo, la especial incompetencia de los Ministros del Interior, Defensa y Asuntos Exteriores. En segundo lugar, si se trataba de auténticos migrantes económicos o de solicitantes de asilo, asombra igualmente que en solo dos días la gran mayoría de ellos (quedan unos ocho o diez mil) regresaran a Marruecos. ¿Fue, pues, la invasión, a lo que parece, una forma de guerra híbrida, susceptible de repetirse en cualquier momento? Es nuevamente asombroso que un país con el que existe un comercio anual de 32.000 millones de euros y que tiene trabajando en España a más de un millón de ciudadanos se comporte de modo tan desleal. El reconocimiento por Sánchez de la posición marroquí sobre el Sahara (sin legitimación parlamentaria, además) ha sido, en suma, claramente inútil. Mohamed VI no se da por satisfecho y dos sus ministros acaban de reclamar la soberanía alauita sobre Ceuta y Melilla. No concluirá ahí su ambición: luego vendrán las Canarias y hasta Al-Ándalus. En tercer lugar, el Gobierno, a pesar de la enorme gravedad de la invasión presuntamente migratoria de finales de julio, se tomó las cosas con calma insoportable, sin instituir un mando único al frente de la situación, como se le pidió desde el principio por el Alcalde de la ciudad, hasta un mes después. Finalmente, Sánchez y sus ministros retrasaron cuanto han podido o han rechazado sin más (en el caso del Senado) comparecer ante las Cortes para informar de la crisis hispano-marroquí. Las comparecencias que luego se produjeron en el Congreso no han aclarado nada. Y el debate en el pleno congresual del 3 de septiembre, en resumidas cuentas, tampoco. Más todavía: debemos gratitud a Marruecos, según reiteran Pedro Sánchez y su Gobierno. Y así seguimos: fluimos, pero ya no somos. Y que el viejo filósofo presocrático Heráclito de Éfeso ("todo fluye, nada es") se las componga.
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