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Jorge Bethencourt

Sanchez en el País de las Maravillas

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El guion de Salvar al soldado Sánchez no se aparta ni una coma de lo previsto. La película nos ofrece momentos tan inolvidables como un nuevo sistema para financiar a las comunidades autónomas que se aprueba en contra del noventa por ciento de la opinión de las comunidades autónomas. Pura coherencia. Todo para el pueblo, pero sin el pueblo. El sistema de financiación territorial de España está caducado desde 2014. Era un verdadero truño para los canarios. Y precisamente ahora, en un país que no aprueba ni sus presupuestos, se propone sustituirlo por uno nuevo. Uno que repartiría hasta 224.000 millones de euros el año que viene para prestar los servicios del Estado del bienestar en los territorios; que dará casi cinco mil millones más a Cataluña y que creará un fondo discrecional dotado con mil millones —luego ya se pondrá más— para la lucha contra el cambio climático pero, ¡ah!, solo en las comunidades del Mediterráneo, donde casualmente también está Cataluña. Sí, ese hermoso país de la sardana al que le van a aliviar de pagar 16.000 millones de euros de deuda pública asfixiante. Con ese descarado decorado no es extraño que Moncloa solo contara con el apoyo de Cataluña para aprobar el nuevo modelo. Ni siquiera las comunidades socialistas lo defendían. Y como a veces no basta la matemática y se requiere de la estética, Pedro Sánchez autorizó que se comprara un florero para mejorar la composición del oloroso apaño político. A Canarias se le ofreció duplicar su vergonzosa financiación, pagar parte de las ayudas prometidas a La Palma y dejarle usar el dinero del superávit presupuestario, unos 600 millones de euros. Para unas islas maltratadas e infrafinanciadas era una verdadera lotería. Y el Gobierno de Canarias aceptó ser contratado como figurante para posar en la foto con Cataluña y Moncloa. Dame pan y llámame tonto. Ese es el resumen de la historia. Pero el acuerdo impuesto esta pasada semana en el Consejo de Política Fiscal y Financiera tiene las patas muy cortas. Sánchez no tiene hoy mayoría suficiente para aprobarlo en el Congreso como Ley Orgánica, con lo que todo puede quedar reducido a un teatrillo inane. A pesar de ello, Canarias ha votado a favor porque pone de su lado a Arcadi España, que es el ministro de Hacienda; o sea, el que parte y reparte. El que está dispuesto a aceptar que los fondos derivados del Régimen Económico y Fiscal (REF) de las islas —los impuestos propios— no se computen a la hora de calcular la financiación ordinaria que debemos recibir. El que se ha comprometido a dejarnos usar 600 millones de euros de superávit. Y el que mandará algún mendrugo presupuestario para ayudar a La Palma. Da igual que el nuevo modelo se apruebe o no se apruebe: aceptando posar en la foto, Canarias cobra. Es por eso precisamente que Manuel Domínguez, el líder del PP canario, que tiene en lucha sus dos almas —el charrán por un lado y el canario flauta por el otro—, ordenó a la consejera de Hacienda, Matilde Asián, que hiciera mutis por el foro. No votarían contra el interés de España, pero no impedirían el beneficio de Canarias. Clavijo y Domínguez se dieron la mano y allá penas. El nuevo modelo seguramente no verá la luz, pero las Islas cobrarán igual. Buen negocio. El sistema ideado por Moncloa favorece a Cataluña, pero no solo. El principio más venenoso que incorpora es la ordinalidad. Aquellas comunidades que más fondos recaudan serán mejor tratadas en el reparto; les dejarán quedarse con más recursos. El mundo al revés. La progresividad fiscal, que en los salarios castiga a los ricos y favorece a los pobres, se limita en el caso de las nacionalidades. Y ese principio no es casual. Es solo el primer paso de un camino. Con el aumento de la cesión de la recaudación de las rentas del trabajo (IRPF) lo que se está impulsando es la progresiva federalización fiscal de los territorios. Ya saben, ese lobo que ya ha enseñado sus orejitas: dos países fiscalmente soberanos desgajados de los restos de otro que serían los restos de España, ocho colillas en el cenicero del Atlántico y dos ciudades autónomas rodeadas por Marruecos por todas partes. Era el plan del soldado Sánchez, pero no ha dado tiempo. El fin del régimen se acelera vertiginosamente. Que nadie se alarme. No llegará la sangre a ningún río. El teatrillo del sistema de financiación, sin los votos del Congreso, será el efímero pan de un día mediático. Lo insólito es vivir en este mundo espejo de España, donde todo está invertido. Las izquierdas progresistas —jacobinas— defendiendo la mutación del Estado, la autodeterminación, la emancipación de las nacionalidades más potentes y el fin de una solidaridad que consiste en quitarle a las ricas para darle a las más pobres. Y las derechas conservadoras —capitalistas— luchando a brazo partido para mantener la idea de un Estado integral donde un poder fuertemente centralizado redistribuya equitativamente la riqueza. Y un conejo con un fez en la cabeza corriendo delante de Alicia, hacia las urnas, mientras en el aire flota la sonrisa del gato invisible del destino.
Sanchez en el País de las Maravillas
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