Era cuestión de tiempo que los esbirros del Gobierno, a falta de otro tipo de recursos más dignos, sacaran a pasear las mascotas ideológicas del racismo y la xenofobia en relación a lo que está ocurriendo en Ceuta. ¿Qué iban a hacer? ¿Reconocer la sospechosa y aún inexplicada pasividad, primero, del Gobierno frente a la vulneración de nuestras fronteras y la obscena incompetencia, después, para gestionar lo que ha sido una invasión de facto y un golpe mortal a la pacífica convivencia de los ceutíes? Ciertamente, no les pagan para eso. De Jordi Gracia, por ejemplo, yo conocía dos cosas: sus artículos en El País, de una irrelevancia intelectual que me llevó pronto a dejar de leerlos, y su biografía sobre Ortega y Gasset, una de las peores que se han escrito, no ya sobre nuestro pensador más importante, sino en lo que se refiere al género biográfico en general.
Jordi Gracia es catedrático de Literatura y su solvencia, por tanto, cuando escribe sobre política es aproximadamente la misma que cuando escribe de filosofía. Algún día habrá que reflexionar sobre cuáles fueron los motivos por los que las redacciones de los periódicos se llenaron de literatos, siendo las cualidades principales de estos más proclives a las virtualidades improbables de la imaginación que a las capacidades analíticas del entendimiento.
Sea como fuere, Jordi Gracia comparece aquí, no porque tenga ninguna relevancia de ningún tipo, sino, básicamente, porque ha escrito un artículo perfectamente infame en el periódico en el que la burguesía de izquierdas suele acudir a lavar su mala conciencia que puede servir como inestimable referencia de hasta qué punto la cerrilidad ideológica no es nunca, como se ha dicho, un instrumento para entender la realidad, sino, precisamente, para no verla.
En su texto, por llamar de alguna forma a lo que no es más que un delirio psicopatológico, Gracia (hay apellidos que operan como redundancias, como Rufián, y otros que son intrínsecamente oximorónicos, como Gracia), desde su acomodada residencia en el Eixample de Barcelona, se permite acusar a los vecinos ceutíes de racistas y xenófobos, simplemente por pretender que se expulse sin mayores contemplaciones a todos los que han vulnerado las fronteras de nuestro país y han okupado su territorio.
Gracia no tiene inconveniente en admitir que «las cifras son tan desproporcionadas que conducen indefectiblemente a la alarma, el pánico y el miedo: las calles, los montes y las playas de Ceuta llenas de negros y moros sin casa ni ropa ni comida ni calzado y, por supuesto, deambulando sin norte ni sur». Ahora bien, ¿implica ello empatizar con los que están sufriendo esa situación a causa de la extraña pasividad de los poderes públicos que debían protegerlos? Nada más lejos de una mentalidad progresista, tan acostumbrada a lo largo de la historia a ponerse al lado de los verdugos y en contra de las víctimas. Lo hemos experimentado con total obscenidad en los últimos años: indultos a los golpistas catalanes, pactos con los terroristas vascos y, ahora, abyecta sumisión a las cobardes embestidas del monarca de abajo.
Ni una sola palabra de solidaridad o de comprensión con los habitantes de Ceuta puede apreciarse en el texto del filólogo catalán, frente al caudal de compasión que le destina, sobre todo, a «las chavalas» (sic), pero no a las que, a causa del estado de su ciudad, no se atreven a salir solas de su casa, sino a las que, libremente (seamos aquí sartrianos), se han decidido a dejar su país y a entrar en otro ajeno ilegalmente: «España como país y como Estado –proclama con generosidad a cuenta ajena— debería estar entregadísimo y sin ninguna reserva a la causa de encontrarles ubicación, refugio y futuro: literalmente y sin contemplaciones.
»Son chavalas valientes que se han enfrentado a todo (incluidas sus madres, sus tías, sus abuelas, no hace falta decir que al sector masculino también) y han tenido el coraje de emprender la ruta (deseablemente sin retorno) a un espacio político que ha entendido que la explotación sexual y económica de las mujeres es una aberración aborrecible. Se traduce en abrir las puertas de par en par y darle a los asaltantes extranjeros todo lo que requieran para permanecer en nuestra tierra». Ahora bien, se pregunta uno, tal vez aviesamente, ¿por qué España (como país y como Estado) se tiene que hacer cargo de las miserias de otro país claramente hostil que usa a estas mujeres, así como al resto de sus ciudadanos, como un arma de guerra al servicio de los intereses de una élite despótica y corrupta hasta límites desconocidos?
El problema, sin embargo, que se le presenta al vacío intelectual de Gracia y, por extensión, al argumentario inducido de nuestra innoble e hipócrita izquierda, es que si hay algo de lo que no se puede acusar a los ceutíes y melillenses, muchos de ellos musulmanes y de origen marroquí, y que precisamente por ello tienen más miedo que nadie de las intenciones expansionistas del reino alauí, es de xenofobia o de racismo. No hay en toda España, y me atrevo a decir en el mundo, una sola ciudad en la que la convivencia entre las cuatro culturas que las componen (cristianos, musulmanes, judíos e hindúes) sea, si no idílica, sí claramente ejemplar. Musulmanes, que se sienten españoles e igualmente invadidos, cristianos, judíos e hindúes comparten sus días en estas dos ciudades respetando sin mayores problemas ni conflictos, y compartiendo sus respectivas tradiciones y costumbres. La vecina musulmana le lleva a su vecina cristiana la primera harira del Ramadán y esta le corresponde llevándole las torrijas que ha hecho en Semana Santa.
Por eso, todos esos individuos que han entrado en Ceuta ilegalmente, muchos de ellos militares marroquíes encubiertos, así como quien los ha enviado, tienen que tener una cosa bien clara: se encuentran en un espacio inseguro. Porque si hay algo que se repite en la historia (ya decía Ortega, al que el pobre Gracia ni siquiera ha rozado, que el pueblo español nunca ha disfrutado de élites), es que los españoles hemos sabido siempre defendernos cuando nos hemos visto abandonados por nuestra infame clase política o, incluso, por nuestro ejército. Y da igual que el enemigo sea francés y entre por el norte o marroquí y pretenda penetrar por el sur: su destino será el mismo. Y las queridas gentes de Ceuta deben saber que estamos todos con ellas, por más traidores abyectos que, tal y como han hecho siempre, se pongan al lado de dictadores corruptos y enemigos extranjeros. Así pues, recoged vuestras ínfimas pertenencias y volved cuanto antes por donde habéis venido, en donde vuestro magnánimo Rey estará encantado de recibiros para poder seguir sojuzgándoos y esquilmándoos en su beneficio. Y una última cosa: compasión con invasores, cero.
(0)Comments