Durante demasiado tiempo hemos aprendido a mirar la cultura desde un solo punto del mapa. Desde ahí se decide qué es contemporáneo, qué es relevante, qué merece atención y, sobre todo, qué debe ser reconocido. El centro no siempre necesita decirnos que existe: basta con que nosotros sigamos mirándolo para que su autoridad permanezca intacta.
México, sin embargo, no es una ciudad.
Hay una idea profundamente arraigada según la cual una escena artística adquiere legitimidad cuando logra ser reconocida en la Ciudad de México. Un artista parece alcanzar otra dimensión cuando expone allá; una institución adquiere prestigio cuando recibe la visita de un curador del centro; una exposición parece adquirir importancia cuando circula por sus museos, galerías y espacios independientes. Como si salir de la periferia fuera una condición para existir culturalmente.
Pero ¿qué pasaría si dejáramos de pedir permiso?
Morelos no necesita convertirse en Ciudad de México. Yucatán tampoco. Oaxaca, Jalisco, Nuevo León, Veracruz, Puebla, Baja California, Michoacán, Sonora o Chiapas no tienen por qué reproducir el modelo cultural de otro territorio para demostrar que poseen una escena propia.
Cada estado contiene historias, conflictos, imaginarios, comunidades y formas de producción que no pueden reducirse a una versión provincial de lo que ocurre en la capital.
La descentralización cultural no consiste únicamente en llevar exposiciones desde el centro hacia otros lugares. Eso puede ser circulación, pero no necesariamente descentralización. Descentralizar significa algo más profundo: reconocer que también pueden existir centros fuera del centro.
Significa que Cuernavaca puede producir pensamiento sin esperar que alguien en la Ciudad de México certifique su existencia. Que Mérida puede construir sus propias redes y lenguajes. Que Oaxaca puede dialogar con el mundo desde Oaxaca. Que Tijuana puede pensar la frontera desde su propia experiencia. Que Guadalajara, Monterrey, Puebla o cualquier otra ciudad pueden construir comunidades críticas sin tener que convertirse en satélites culturales.
No necesitamos abandonar el centro. Necesitamos dejar de depender de él.
Porque una escena artística no se vuelve rica por la cantidad de veces que aparece en las agendas de la capital. Se vuelve rica cuando produce artistas, pensamiento, discusión, espacios, contradicciones, públicos y formas propias de entender el presente.
Tampoco necesitamos rechazar lo que sucede en la Ciudad de México. Sería absurdo. El centro también produce artistas extraordinarios, instituciones importantes, discusiones necesarias y vínculos internacionales. El problema aparece cuando una ciudad se convierte en la medida de todas las demás.
Ahí comienza la pobreza.
La verdadera riqueza cultural de México está precisamente en su diferencia. En que no tenemos una sola manera de entender el territorio, la memoria, la violencia, la identidad, la naturaleza o el futuro. Nuestra diversidad no es un obstáculo que deba ser homogeneizado para entrar en un circuito nacional. Es nuestra principal infraestructura cultural.
Quizá ha llegado el momento de cambiar la pregunta.
No deberíamos preguntarnos qué tan cerca estamos de la Ciudad de México.
Deberíamos preguntarnos qué podemos producir desde donde estamos.
Porque el futuro de la cultura mexicana no tiene por qué construirse siguiendo una línea que va de la periferia hacia el centro. Puede construirse como una red: múltiples territorios conectados entre sí, capaces de intercambiar conocimiento sin establecer quién está arriba y quién abajo.
Un país culturalmente descentralizado no es aquel donde todos tienen acceso a lo que produce el centro.
Es aquel donde todos pueden producir su propio centro.
Y quizá esa sea una de las tareas más urgentes del arte contemporáneo mexicano: dejar de mirar el mapa como una jerarquía y comenzar a mirarlo como una constelación.
No necesitamos que alguien nos diga desde dónde podemos hablar.
Ya tenemos territorio.
Ya tenemos memoria.
Ya tenemos artistas.
Ya tenemos preguntas.
Ahora falta algo más sencillo y, al mismo tiempo, más difícil:
Creer que no necesitamos permiso para existir.
* Director del MMAC y artista
Imagen: Cortesía del autor
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