En una de las maravillosas fábulas populistas de Frank Capra, que aquí se tituló Caballero sin espada, el establishment de un estado norteamericano designa senador a un joven idealista de provincias con el fin de usarlo como a una marioneta. Cuando James Stewart se rebela contra ellos, descubre que la prensa se encuentra bajo el control de un pérfido magnate. Alguien tiene una idea genial: el periódico local de los boy scouts difundirá la verdad. ¡Revuelta juvenil! Y aunque los matones del gobernador frenan a los chavales e impiden que los hechos lleguen al público, uno de los políticos corruptos lo confiesa todo: el espectador disfruta así de un happy ending inverosímil.
Ocurre que también Pedro Sánchez necesitaría un monopolio informativo para convencer a la opinión pública de que su relato sobre Ceuta se corresponde con la verdad de lo sucedido. Y es que las pintorescas hipótesis sobre mafias, tecno-oligarcas, israelíes y rusos que difunden sus ministros chocan con una realidad que los españoles vieron en prime time. Va de suyo que el líder socialista implantaría un régimen propagandístico si le fuera posible; véase la degradación TVE bajo su mandato. Pero no puede hacer tal cosa y de ahí su inquina contra el pluralismo informativo, incluidas esas redes sociales a las que suele culpar de todos los males. Si pese a todo insiste en mentir a los españoles, asegurándoles de nuevo que el blanco es negro, es porque sus fieles votantes necesitan de un relato al que agarrarse: como el amante desdichado busca razones para prolongar una relación tóxica.
Es probable que los politólogos que trabajan en Moncloa hayan tranquilizado a Sánchez: la evidencia empírica sugiere que los votantes tienen poca memoria y acuden a las urnas movidos por sus sensaciones más recientes. ¿Se movilizarán los suyos cuando vuelva a sonar la alerta antifascista? Quién sabe: el PSOE ha demostrado tener un suelo granítico. Sin embargo, esta crisis es diferente: el alegre paso por la frontera de unos 70.000 inmigrantes constituye un acontecimiento de fuerte impacto emocional que la desastrosa gestión gubernamental -propia de un país de tercera fila- ha venido a reforzar. ¿Cambiará Sánchez de estrategia? Porque si su única salida consiste en cargar contra los servicios secretos y tachar de fascistas las manifestaciones del pasado miércoles, dando la impresión de que el Gobierno es el único que no se entera de nada, es que ha perdido su estrella. Ojalá no nos estrellemos todos con él.
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