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Marcantonio Faillace Carreño

▷ #OPINIÓN Diarios Escatológicos: El Séptimo Piso o The Twilight Zone #7Sep

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- Publicidad - «La vejez y la traición siempre vencerán …a la juventud y la exuberancia» - Publicidad - James Thurber «Los jóvenes quieren ser fieles y no pueden; …los viejos quieren ser infieles y no pueden». «La tragedia de la vejez no es que uno se vuelva viejo, sino que uno sigue siendo joven» «Los jóvenes lo saben todo; los de mediana edad lo sospechan todo; los viejos lo creen todo». «La juventud es un artefacto maravilloso; es una verdadera pena que se malgaste en los jóvenes». «Para recuperar mi juventud haría cualquier cosa en el mundo, …excepto hacer ejercicio, madrugar o ser respetable» Oscar Wilde El Primer Piso: El País de los que Respiran (50 años) Nada confronta tanto con la fragilidad humana como el deterioro físico o la llegada inevitable de la vejez. Es la entrada a la zona de salida, un camino de una sola vía hacia el tramo final. Traspasar el umbral de los cincuenta años –el primer hito crítico para quienes recorren este trayecto- implica reconocer que la extinción se aproxima, aunque el desenlace exacto siga siendo una incógnita. Según la Organización Mundial de la Salud, apenas un seis por ciento de la población logra alcanzar la sexta década de vida. Habitar ese espacio es un privilegio concedido a muy pocos, una suerte de indulto del que hoy formo parte. Para nadie es secreto que vivir es un privilegio tan inmenso que el solo pensamiento que en algún resuello dejaremos de sentirla resulta, por decir poco, un ingente laberinto, amén de un ciclópeo desconsuelo. Nos aferramos al hálito de la existencia con la terquedad del náufrago y la ingenuidad del chaval que cree que la tarde no habrá de acabar jamás. Sin embargo, en medio de grandes filosofías, de cimientos teóricos y alharacas de la civilización, la verdad más rotunda se reduce a una mecánica tan elemental como ineludible. Beber, comer y evacuar son los tres enigmas primordiales felizmente resueltos en el país de los que respiran. En esa trinidad orgánica se sostiene el milagro cotidiano. Ingerimos el mundo para transformarlo; nos alimentamos de materia y luz, devoramos el entorno para eternizar ese envite biológico y, posteriormente, devolvemos a la tierra lo que ya no nos pertenece. No hay poesía más sincera ni democracia más absoluta, que la digestión: ante la necesidad del sustento y el alivio del cuerpo, el emperador y el mendigo quedan despojados de sus coronas, y sus harapos, para abrazar la misma fragilidad. Vivir en este primer piso implica aceptar esa servidumbre básica con una sonrisa de complicidad. Es el territorio de lo visible, donde el hambre marca las horas y la sed dicta las prisas. Mientras los pulmones sigan expandiéndose y el estómago reclame su impuesto, el misterio de la existencia subsiste diferido. Estamos vivos porque consumimos y excluimos; porque en cada trago de agua y en cada evacuación renovamos el contrato tácito con la biología. El problema surge cuando olvidamos que este equilibrio fisiológico es solo el prólogo. En el país de los que respiran, la rutina nos anestesia hasta hacernos creer que el banquete durará por siempre. Elogiamos la abundancia del plato y el confort de la saciedad, ignorando que cada digestión es también un reloj de arena que se vacía de forma silenciosa. El cuerpo cumple su ciclo sin pedir permiso, recordándonos a cada paso que este primer peldaño -el de las necesidades resueltas, y los instintos primarios-, es apenas el umbral de una escalera que, inevitablemente nos conducirá hacia los pisos superiores del silencio. El Segundo Piso: El Laberinto de las Sombras y los Espejos (60 años) Si el primer piso era el territorio llano de la biología pura -el mapa visible donde la boca pide, el estómago procesa y el cuerpo alivia su carga-, la ascensión al segundo piso nos traslada a un terreno mucho más ambiguo e inquietante. Allí los enigmas no se resuelven con un platillo de sopa caliente, ni con un vaso de agua. Al cruzar este umbral, descubrimos que entramos en la zona crepúsculo de la cognición: el piso de la memoria, el desengaño y la traición. En este nivel, los espejos no devuelven la cara lozana del que despierta a la mañana, sino las grietas tenues que el tiempo va tallando en el rostro. Es la etapa donde la práctica principia a reclamar su importe y donde intuimos que la candidez es un lujo que se consume rápido. Si en la juventud se camina con la boca grande y el pecho henchido creyendo que el entusiasmo basta para someter al mundo, en el segundo piso aprendemos a la mala que, la astucia del zorro y el peso de los años, suelen imponerse sobre cualquier ímpetu negligente. Aquí revelamos que la verdadera traición rara vez llega con estruendo; casi siempre viste ropa de fiesta, sonríe con urbanidad y ofrece palabras cariñosas. Se cuela en el círculo más íntimo, entre las conversaciones amables y las lealtades que creíamos inquebrantables. Es en este descanso de la escalera donde entendemos que la vejez no es solo el deterioro del empaque biológico, sino el archivo acumulación de ausencias, de amigos que cambiaron de bando, y de ilusiones que se quedaron en la planta baja. Pero el segundo piso no es únicamente un inventario de derrotas. Es, ante todo, el laboratorio de la lucidez. Al despojarnos de la prisa y de la soberbia, la mirada se vuelve más aguda. Aprendemos a leer entre líneas, a interpretar los silencios y a valorar el peso exacto de cada palabra. Es la planta o piso donde la nostalgia deja de ser debilidad para convertirse en una lente con la que contemplamos lo que fuimos, y lo que dejamos atrás. Por eso Gabo nos enseñó que la vejez es acaso un pacto honrado con la soledad… El ascensor no se estanca aquí por mucho tiempo. El murmullo del engranaje nos recuerda que este tránsito entre el entusiasmo ido, y la aceptación del desencanto, es solo un paso pausa. Arriba, a la distancia, la saeta del reloj sigue trepando las horas, invitando a mirar hacia el tragaluz que conduce al tercer nivel. El Tercer Piso: «El País del Recuerdo o la Sala de Espera del Silencio» (70 años) Traspasar el umbral de los setenta años es abandonar de manera definitiva el bullicio de la planta baja y el laberinto de sombras del segundo nivel. En este piso ya no hay espejos que reclamen juventud ni traiciones que duelan; las grietas del rostro dejaron de ser heridas para convertirse en surcos de una geografía sagrada. Si el primer piso fue la servidumbre de la carne, y el segundo la amargura del desencanto, el tercero es, la estación del desapego, el recinto luminoso donde la prisa se extingue, y la memoria, aprende a guardar silencio. Aquí, el cuerpo se convierte en una armadura liviana y cansada. Las articulaciones no protestan por rebeldía, sino como un murmullo que pide descanso; el pulso se frena para alinearse con el compás de la tarde que se apaga sin dramas. En este nivel, comer, beber y recordar, no son urgencias o batallas; son ritos pausados, contemplativos. Aprendemos a descubrir la vida no como actores apresurados sobre el escenario, sino como espectadores serenos que ven descender el telón, con una sonrisa grávida de gratitud. En la arquitectura del tercer piso, las posesiones materiales se revelan como lo que son: polvo y artificio. El equipaje se reduce al mínimo. La colección de trofeos, las viejas codicias y los enconos quedan varados en los peldaños inferiores como trastos inservibles. La verdadera riqueza de los setenta no se acumula en los bolsillos, sino en la capacidad de ocupar la soledad sin miedo, de sentarse a la mesa con los fantasmas queridos sin reproches y de saber que el perdón no fue un regalo para otros, sino una llave para librarse uno mismo. El tragaluz del techo está ahora más cerca y filtra una luz blanca, limpia, desprovista de las ilusiones del mediodía. El tercer piso es la zona del testigo: la elevación desde donde se mira el camino recorrido con la ecuanimidad de quien sabe que la obra está terminada. Ya no se pide más tiempo, solo la dignidad del último tramo. El murmullo del ascensor sigue sonando a lo lejos, ya no como una amenaza, sino como la suave invitación a dar el paso definitivo hacia la quietud absoluta, allí donde los nombres se borran y el aire vuelve, al fin, a ser de todos. Marcantonio Faillace Carreño [email protected]
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