El domingo Alemania afrontó una cita electoral que marca un nuevo tiempo en la historia del país. En Alta Sajonia, AfD , la ultraderecha, llega a las urnas como primera fuerza en las encuestas y con posibilidades de gobierno, por primera vez desde la segunda guerra mundial. Su programa propone que los refugiados se concentren en bloques de viviendas en lugar de residir libremente de forma dispersa como el resto, y plantea que los hijos de inmigrantes y los alumnos con discapacidad sean escolarizados en casa, prohibiendo su entrada en las aulas. Son propuestas que resultan brutales e incompatibles con una democracia europea. Y, sin embargo, han dejado de ser ocurrencias marginales para formar parte de una propuesta política con posibilidades de poder.
Las democracias no se despiertan en una mañana convertidas en otra cosa. Antes de las grandes decisiones llegan cambios mucho más pequeños con determinadas excepciones o políticas que empiezan a distinguir entre ciudadanos según su origen o su condición. En España estamos todavía muy lejos de lo que hoy plantea AfD, pero hay señales que nos deslumbran. En Aragón, por ejemplo, se han eliminado las clases voluntarias de árabe y cultura marroquí en diez colegios. No es segregación escolar pero sí introduce una lógica inquietante cuando una actividad educativa que hasta ayer se consideraba normal pasa a convertirse en algo que debe desaparecer porque está vinculada a una determinada comunidad de origen.
Y luego está el lenguaje, el primer territorio en el que se pierde la batalla. Cuando a un menor enfermo fallecido en Ceuta se le llama invasor con diabetes no estamos escogiendo una palabra desafortunada, estamos cambiando la manera de mirar a esa persona. El migrante deja de ser un vecino, un trabajador o un adolescente y se convierte en una categoría amenazante. Lo mismo ocurre cuando hablamos de colectivos enteros como si fueran un problema homogéneo, cuando dejamos de distinguir entre una política migratoria que puede y debe discutirse, y la deshumanización de quienes migran.
Ahí está la verdadera alarma alemana. Primero se acepta el lenguaje, después una pequeña excepción o una política que distingue por razones arbitrarias. Y cada paso hace que el siguiente resulte un poco menos escandaloso. La extrema derecha no necesita convencer de golpe a una mayoría de que todas sus ideas son buenas, le basta conseguir que algunas de ellas dejen de parecernos suficientemente malas como para rechazarlas. Porque quizá el error no sea no haberla visto llegar, más bien haber pensado que todavía nos quedaba mucho tiempo.
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