El telescopio espacial Nancy Grace Roman de la NASA fue lanzado este 30 de agosto desde el Centro Espacial Kennedy. Se diferencia de telescopios como el Hubble o el James Webb porque, mientras estos tomaban imágenes puntuales como a través del ojal de una llave en una puerta, el Roman capta imágenes panorámicas del universo 100 veces más amplias con la misma nitidez. También resulta interesante que usa un espejo principal de 2.4m diseñado originalmente por un programa espía de la Oficina Nacional de Reconocimiento de EE. UU. que nunca se usó y fue donado a la NASA. Pero quiero resaltar dos cosas: que parte de su energía se recarga en el espacio mediante su escudo de paneles solares, y la importancia de la innovación y tecnología compartida.
La utilización de la energía solar ha avanzado exponencialmente. Anteriormente estaba limitada por su baja tasa de conversión entre el área requerida y la potencia generada, -o por lo menos eso me tocaba enseñar en ciencia de bachillerato cuando fui profesor de colegio en 2002– a raíz de la imposibilidad de trabajar en campo por la ruptura de los diálogos de paz entre el gobierno y la guerrilla, pero esa es otra historia. Hoy, la eficiencia de la conversión subió del 12 % al 24 % y el costo por vatio solar se redujo a unos $0.30 USD. Esta revolución energética ha avanzado por los desarrollos tecnológicos, la demanda y la economía de escala liderada por China.
En América Latina ya usamos la energía solar para la conservación de la biodiversidad. En la Fundación Panthera implementamos 80 ranchos modelo antipredatorios, protegiendo 170.000 hectáreas en Colombia, Brasil y Bolivia. Instalamos cercos electrificados con kits solares en predios de campesinos que sufrían depredación por jaguares y pumas. El cattlevoltaics está a la vanguardia, donde los potreros tienen uso dual con paneles bifaciales. Este esfuerzo lo lideran las Universidades de Rutgers y Minnesota, el privado Silicon Ranch con su proyecto CattleTracker y el programa LASSO del Departamento de Energía de EE. UU. Esto atiende la necesidad de eficiencia espacial por panel o hectárea, pues cómo se aprovecha el espacio entre humanos y naturaleza es uno de los grandes retos de la conservación mundial.
A partir del 2011 en Colombia tratamos de proteger la Serranía de San Lucas uniendo esfuerzos de las carteras de Ambiente, Minas, Defensa y Agricultura; fue muy difícil porque los ministerios operaban en silos aislados. No se logró la articulación necesaria. Hoy San Lucas sigue sin protección. Las misiones nacionales complejas se desarrollan mejor cooperando entre las diversas entidades del Estado. La lección del telescopio Roman radica en la genialidad de su concepción: una tecnología de espionaje militar convertida en un bien público para mapear el cosmos. Colombia puede adoptar múltiples avances, sobre todo solares, de forma transversal, superando cualquier barrera burocrática. El Instituto Humboldt, tal vez, sea el llamado a liderar este cambio de paradigma hacia la biodiversidad, consolidándose como el centro donde converjan la academia, el sector privado y las carteras de ambiente, ciencia y agricultura. Junto a MinCiencias, el Humboldt puede fortalecer los consejos nacionales (CONACTI, CCN) y articularlos regionalmente mediante los CODECTI, impulsando con éxito la agenda descentralizadora actual y aterrizando la mayor adopción de tecnología solar en las regiones.
Al articular los avances de la tecnología solar fotovoltaica con el monitoreo en tiempo real de ecosistemas, se puede orquestar una visión panorámica y compartida de la conservación. Esto fortalecería la misión de proveer datos clave al gobierno para la toma de decisiones. La tecnología permite acelerar la protección de la biodiversidad integrando la innovación energética, abriendo un camino de esperanza frente a la transformación de nuestros ecosistemas.
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