¡Qué hermoso se ve nuestro México lleno de verdor por la lluvia! Pareciera un país completamente distinto al que observamos en enero o febrero.
Me invitaron a una cabalgata cerca de La Unión de San Antonio, y uno va gozando desde que entra a la carretera y ve esos campos de eterna esmeralda, con toques amarillos, rojos, morados y blancos por las flores que parecen engalanarlos. Da gusto ver los campos de agave al llegar a Jalisco y los árboles que lucen recién lavados por las lluvias; las presas y represas llenas como ojitos de agua brillando al sol, repleta de aves de todo tipo.
Llegar, preparar los caballos, tomar algo ligero para no llevar el estómago lleno —y evitar el molesto 'dolor de caballo'— pero tampoco tan vacío como para que cause molestias. Ponerse el sombrero, las polainas y las espuelas para que el caballo sepa quién manda… o al menos para creértelo tú. Conviene llevar camisa de manga larga para que no te lastimen las espinas de los mezquites y huizaches que abundan en nuestro territorio.
A mi gusto, es importante montar un caballo que conozcas y que te conozca, porque cada uno tiene su temperamento y su forma de ser; tú lo vas conociendo y el animal a ti. Hay caballos a los que les gusta ir al frente y demostrar que son los líderes, los más fuertes; a otros les gusta ir atrás y caminar más lento, y algunos competitivos prefieren ir en medio. Todos son seres gregarios y les gusta andar en grupo, así que más o menos van juntos. También depende de la edad del animal; existe el dicho: 'De 0 a 7 años, es para mi enemigo' (porque son más briosos y temperamentales); 'de 7 a 14, para mí' (porque ya están más hechos, más tranquilos, pero aún mantienen cierto carácter) y 'de 14 a 21 años, para mi amigo' (porque ya son más mansos).
A mí me siguen imponiendo respeto los caballos porque son animales que sienten, piensan, se asustan y saben si eres buen jinete o no. A mi parecer, es más fácil manejar una moto que un caballo: a la primera si le aceleras, arranca, y si le frenas, se para; el segundo no siempre te obedece —más aún si eres inexperto—, pues tiene su propia decisión e instinto. Aunque seas un jinete experimentado, como en cualquier deporte, siempre existe el riesgo de un susto o un accidente. Sé que es bueno darles un poco de picadero (correrlos en la pista con una cuerda) para que salgan más tranquilos, ya que siempre les emociona salir de su espacio.
Pues ahí vamos, a recorrer nuestra tierra… ¡insisto en lo hermosa que es en septiembre! Es curioso que montemos menos mujeres que hombres; normalmente las cabalgatas son de puros hombres y solo habemos alguna que otra valiente y aventada que nos subimos (la relación es de un 30 %). Es muy interesante la paz que da cabalgar: no llevas el zumbido ni la velocidad de la moto, es un paso lento y bastante silencioso que te ayuda a apreciar, disfrutar y reflexionar sobre el paisaje y la naturaleza, esta GRAN obra con la que Dios nos regala constantemente.
Al paso del caballo se observan mejor las cosas: las casas de nuestra gente, los niños que te dicen adiós, el cuidado que hay que tener con los perros, los caminos de tierra, los demás animales, las flores y las nubes de pequeñas mariposas que surgen entre ellas. Nuestros nopales ya tienen tunas y flores exóticas. Se escucha a algún pájaro cantar, a un águila volar o a los patos mexicanos —que se distinguen por andar siempre en parejas— salir de alguna presita. Me pongo a pensar en cuánto tardaría la gente de otros tiempos en trasladarse de un lado a otro en estos animales; eran otras épocas, con otro manejo del tiempo, ¡ahora vivimos tan aprisa! Se disfruta platicar con alguna compañera o compañero sobre las vicisitudes del andar y reflexionar que esta zona era cristera, con sus montañas en forma de mesa. ¿Cómo se habrá vivido en aquella difícil situación? ¿Qué habrán visto estos árboles centenarios y estos caminos de a pie?, porque no todos tenían caballos o burros. Veo los campos de agave, unos cuidados y otros no tanto, dependiendo del precio del tequila; los campos de maíz con sus mazorcas asomando… tanto trabajo, tanto esfuerzo.
Y luego, llegar al lugar de la comida, desensillar, cepillar y, si se necesita, bañar a los benditos animales porque llegan sudados; darles agua y pastura, y dejarlos amarrados para que se enfríen y no se pateen. Finalmente, sentarte a disfrutar de la bebida y la comida —porque pareciera que hoy te la ganaste mejor— y gozar de este rato de amistad.
¡Qué bonito es nuestro México, nuestra gente, nuestras tradiciones y costumbres! ¡Viva México!
Unión de San Antonio, Jalisco, a 6 de septiembre de 2026.
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