«A mamá no le gustan los animales». Mi hijo soltó esta frase hace unos días, en medio de un grupo de gente, y me quedé muda. ¿Cómo que no me gustan los animales? Los amo. Siempre he tenido mascotas y he disfrutado del contacto con la naturaleza y con cualquier animal que se me haya cruzado por delante. Pero mi hijo se ha empeñado en tener una mascota y yo, de momento, me niego. Así que, a sus ojos, me he convertido en esa madre terrible a la que «no le gustan los animales». En mi día a día voy muchas veces con la lengua fuera para llegar a todo, y pensar en ampliar la familia con un nuevo miembro al que cuidar me da una pereza inmensa. Entonces aparece en mi cabeza la niña que fui: la que tuvo gatos, patos, conejos, hámsters, peces, ranas, tortugas, canarios... Mi madre solo me prohibió tener perro, pero siempre hubo algún animal en casa. Crecí entre la ciudad y el pueblo, donde mi familia tenía una explotación agraria y ganadera. Cada vez que íbamos había algún cachorro cerca: gatos, perros, conejos, cerdos, pollitos o terneros. No hay nadie a quien le gusten más los animales que a mí, que casi me dejo morder por un coatí en la Riviera Maya por intentar acariciarlo, o que recuerdo como experiencias mágicas nadar rodeada de tortugas marinas en Akumal o quedarme embobada al ver una bandada de cigüeñas sobrevolando mi cabeza en Salamanca. Entonces, ¿qué ha pasado? Pues ha pasado el tiempo y ha cambiado la mirada. Ahora, tener un bicho en casa me parece un marrón. Y aborrezco oírme decirlo. Así que estoy valorando la entrada de un nuevo miembro en la familia. Mi hijo no me lo ha puesto difícil. Pese a su pasión por los reptiles, solo quiere una tortuga. Algo, en principio, bastante manejable. Vista la experiencia de otra amiga madre, parece que requiere sobre todo un cuidado escrupuloso del agua y de su pH, algo que no termino de entender cuando pienso en cómo sobreviven las tortugas del Parque de la Paz.
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