Día a día escucho a mis amigos hablar de sus decepciones amorosas, y no me quedo atrás en esa labor. Sin darme cuenta, me vuelvo a revictimizar relatando una y otra vez los acontecimientos en cuestión, como si de un show de detectives se tratara: analizando cada hecho, evidencia, conversación y silencio sin dejar cabos sueltos. Todos llegamos a la misma conclusión: no queremos saber más del amor. Escribir esto es una mezcla de resentimiento e ironía, porque relato la institucionalidad de un fight club de las lamentaciones. ¿Por qué es tan difícil desapegarse, volver a confiar y avanzar?
Leyendo artículos científicos sobre las disfuncionalidades del apego afectivo, llego al mismo sitio: el estrés postraumático. Abro ante mí el santo grial de la psicobiología y cómo nuestro cerebro, desde los albores primitivos, ha intentado protegernos de amenazas donde fuimos parte de la cadena alimenticia de grandes depredadores. Los tiempos han cambiado y nuestro cortisol no solo funciona ante el conato de convertirnos en presa; nuestros mayores enemigos son ahora el estrés producido por deudas, política, enfermedades y la falta de responsabilidad afectiva de la pareja.
Retomando el tema de por qué todo esto puede ser la heurística de la psicología moderna para el trauma de apego, llego a la conclusión de cómo nuestro cerebro es el mayor guardián de nuestro bienestar: elimina recuerdos dolorosos, nos anestesia y nos aleja del objeto que desencadena el dolor.
Publicidad
Si conocemos el fuego cuando somos niños y lo tocamos, sentimos dolor y aprendemos que no podemos volver a tocarlo directamente porque nos va a herir. En el núcleo de este escrito ocurre lo mismo: no queremos volver a sentir el trauma relacional cuando la pareja nos ha herido. Nos cuesta volver a relacionarnos, nos volvemos indiferentes, evitativos y faltos de empatía, buscando en el one-night stand una forma de saciar una necesidad humana sin sentimientos.
Por eso es tan difícil 'volver a amar', olvidando que quienes han provocado situaciones de malestar causan esos efectos por cuestiones tan complejas como la capacidad para la empatía y el respeto. Por ello, nada de esto tiene que ver contigo: no eres el chivo expiatorio de Dios ante el sufrimiento humano; solo debes retirar la mano para no quemarte. (O)
Jimmy José Mendoza Palma, máster en Salud Pública, Portoviejo
(0)Comments