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Testimonio de una voluntaria en Cali

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"Entre el polvo, las heridas y la incertidumbre, encontré algo esperanzador: la capacidad de Cali para cuidarse a sí misma": Laura Méndez. Foto: Mauricio Alvarado Lozada Resume e infórmame rápido Escucha este artículo Audio generado con IA de Google 0:00 / 0:00 1 x Hay momentos en la vida de una ciudad en los que la tragedia trasciende el acontecimiento y se convierte en una pregunta colectiva: ¿qué hacemos cuando el dolor de otros también nos interpela? El 10 de agosto de 2026, Cali enfrentó una de esas circunstancias que fracturan la cotidianidad y ponen a prueba no solamente la capacidad institucional de respuesta, sino también nuestra conciencia como sociedad. El barrio Capri fue escenario de una tragedia que dejó heridas visibles, pero también reveló algo menos evidente y profundamente humano: nuestra capacidad de reconocernos en el sufrimiento del otro. Yo no quise esperar. No quise observar desde la distancia, consumir la tragedia como una noticia más ni permanecer inmóvil mientras otros enfrentaban el riesgo, el dolor y la incertidumbre. Mi voluntad de servicio y un profundo sentido de solidaridad me llevaron hasta allí, primero como voluntaria y posteriormente como líder de un punto de acopio que funcionó en la casa de la familia Betancourt, una familia que decidió convertir su espacio privado en un lugar para el cuidado colectivo. Desde allí pude atender a personas heridas y acompañar a rescatistas que, en medio de jornadas extenuantes, estuvieron expuestos a múltiples riesgos biológicos, infecciones, agotamiento físico y condiciones que exigían no solamente preparación, sino una enorme fortaleza humana. Pero, entre el caos, descubrí algo que difícilmente puede cuantificarse: la solidaridad como forma de resistencia. Vi cómo ciudadanos desconocidos se desprendían de lo propio para entregárselo a alguien que ni siquiera conocían. Vi profesionales y voluntarios compartir conocimientos, recursos y cansancio. Vi familias abrir sus puertas. Vi personas que llegaron simplemente preguntando: '¿En qué puedo ayudar?'. Esa pregunta, aparentemente sencilla, encierra una profunda dimensión ética, porque ayudar es, en esencia, reconocer que la vida del otro tiene un valor que también nos concierne. Es comprender que la vulnerabilidad humana no es un asunto ajeno y que, frente a la adversidad, la indiferencia también puede convertirse en una forma de abandono. Capri me enseñó que una comunidad no se define únicamente por sus calles, sus edificios o sus instituciones, sino por la manera en que responde cuando alguno de sus miembros cae. Y quizás por eso esta experiencia permanecerá en mi memoria no solamente como una tragedia, sino como un ejercicio de humanidad. Entre el polvo, el cansancio, las heridas y la incertidumbre, encontré algo profundamente esperanzador: la capacidad de Cali para cuidarse a sí misma. No fuimos espectadores. Fuimos ciudadanos. Y mientras unos buscaban entre los escombros, otros llevaban agua, alimentos, insumos, atención y palabras de aliento. Cada gesto, por pequeño que pareciera, constituyó una forma de resistencia frente al dolor. Porque cuando la tragedia nos enfrenta a nuestra propia fragilidad, la solidaridad deja de ser un acto de generosidad y se convierte en un imperativo moral. Ese fue mi lugar en Capri: no esperar, no mirar hacia otro lado. Estar. Porque frente al sufrimiento de otros, la indiferencia nunca será una opción para quien ha decidido comprender que la vida humana es, esencialmente, un asunto colectivo. * Epidemióloga, Universidad de Los Andes.
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