Hay discursos políticos que terminan cuando se apagan los micrófonos. Y hay otros que comienzan justamente cuando el discurso termina. El mensaje que la gobernadora Maru Campos pronunció el viernes durante el Quinto Informe de Gobierno de Marco Bonilla pertenece, sin duda, a la segunda categoría.
No fue solamente un reconocimiento al alcalde de Chihuahua ni una despedida anticipada de una administración municipal. Fue, entre líneas, una lectura política del momento que vive Chihuahua y, quizás, una forma elegante de decirle a Bonilla que el viaje apenas comienza.
La gobernadora recurrió a Ítaca, el célebre poema de Constantino Cavafis inspirado en el regreso de Odiseo después de la guerra de Troya. Y no parece una referencia escogida al azar.
Comparó a Chihuahua capital con su propia Ítaca y colocó a Marco Bonilla en el papel de quien ha recorrido un camino, enfrentado dificultades y ahora se encuentra frente a un mar mucho más grande. Incluso habló de los cíclopes que vienen y de quienes pretenden imponer el miedo.
Pero ahí está precisamente la riqueza política de la metáfora. Porque en el poema de Cavafis, Ítaca no es realmente el premio. Lo importante es el viaje. La isla representa el destino que da sentido a la travesía, pero la verdadera riqueza está en todo aquello que Odiseo aprende mientras navega: los puertos que conoce, los peligros que enfrenta, las experiencias que acumula y la capacidad de regresar siendo otro.
La conversación política de Chihuahua está colocada inevitablemente en 2027. Y aunque todavía faltan meses para la elección, los movimientos ya comenzaron. En ese escenario, la cita de Ítaca adquiere otra dimensión.
La mandataria estatal sabe perfectamente que la política también es una navegación. Hay mares tranquilos y hay tormentas. Hay aliados que permanecen hasta el final y otros que abandonan el barco cuando aparecen las primeras dificultades. Hay sirenas que prometen victorias fáciles, cíclopes que pretenden sembrar miedo y tempestades que pueden hacer naufragar hasta al navegante más experimentado.
Por eso Cavafis resulta tan incómodo y tan oportuno para la política. Porque Ítaca no promete un camino sencillo. Promete un camino largo. Y quizás eso fue precisamente lo que la gobernadora quiso advertirle al alcalde: si decides emprender una nueva travesía, no esperes que el mar permanezca en calma.
La política estatal será muy distinta a la municipal. En un proceso por la gubernatura no basta con administrar bien una ciudad. Hay que entender el estado completo: sus regiones, sus contrastes, sus heridas, sus demandas, sus diferencias y, sobre todo, sus enormes expectativas.
Pero hay algo todavía más interesante, Maru también tuvo su Ítaca. Fue alcaldesa de Chihuahua, buscó la gubernatura, enfrentó una elección complicada, llegó al Palacio de Gobierno y ahora observa desde ahí cómo uno de sus colaboradores políticos más cercanos se prepara para zarpar del puerto municipal.
Cavafis deja una enseñanza todavía más profunda: no hay que pedirle a Ítaca que acorte el viaje. Porque si el destino llega demasiado pronto, quizá no aprendimos nada durante la travesía. Eso debería entenderlo cualquier político que aspire a gobernar Chihuahua.
La gubernatura no puede convertirse simplemente en el trofeo de una carrera interna. Chihuahua no necesita un político obsesionado con llegar a Ítaca; necesita a alguien que conozca el camino, que sepa navegar las tormentas y que entienda que gobernar no consiste en llegar a una isla, sino en hacer que millones de personas puedan vivir mejor durante la travesía.
Por eso aquella cita de la gobernadora tuvo más fondo político del que pudiera parecer. Fue elogio, respaldo, advertencia y desafío: el puerto conocido está quedando atrás. Ahora viene el mar abierto.
Y en el mar abierto estarán los cíclopes, las sirenas, las tormentas, los adversarios y también las oportunidades. Pero quizá la enseñanza más importante de Cavafis sea que el verdadero éxito no consiste en llegar primero. Consiste en llegar con la experiencia suficiente para saber qué hacer cuando finalmente se pisa tierra firme.
Ítaca, entonces, no es la gubernatura. Ítaca es todo lo que un político pueda aprender intentando llegar a ella. Porque en política, como en la Odisea, nadie puede controlar el mar. Pero sí puede decidir cómo navegarlo. Y la gobernadora sabe muy bien de qué esta hablando. Al tiempo.
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