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Un cansancio diferente

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Al final, el mérito del domingo no es que nos deje descansar. Es que nos deja llegar al lunes siendo alguien y no solamente algo. Vale la pena defenderlo. Incluso corriendo diez kilómetros. El domingo corrí diez kilómetros. Terminé en un buen tiempo, el mejor que he hecho, pero no es eso lo que me quedó dando vueltas. Lo que me quedó fue el kilómetro ocho, la ciudad cortada para los corredores, desconocidos aplaudiendo en la vereda, una persona al lado mío respirando en el mismo ritmo sin que hayamos cruzado jamás una palabra. Y después, el cansancio. Un cansancio raro, que no se parece en nada al del jueves a las siete de la tarde. No sé si lo han notado, pero hay domingos donde no existe cabida para angustias o ansiedades. El día fatal de la semana de a poco ha dejado la zona de letargo para dar paso a la vida activa. Ya sea en familia o de manera individual, se ha ido instalando en la ciudad una nueva forma de mundo en común. Los domingos se traducen en panoramas de deporte; de encuentros con los queridos; de conversaciones torpes, pero significativas; de sobremesas que nos unen y de siestas que nos brindan sueños reparadores. Esos domingos, donde parece todo suspenderse y tenemos un respiro frente a los rendimientos que nos agobian, encontrarán más valor de ahora en adelante. Estos días, donde no estamos preocupados de la agenda y el tiempo se reduce a la demanda del cuerpo, nos permiten construir una nueva subjetividad de lo que somos. Conviene, eso sí, desconfiar un poco de uno mismo. Porque los domingos también se pueden volver terribles. Byung-Chul Han describió el tránsito desde una sociedad disciplinaria, hecha de prohibiciones, a una sociedad del rendimiento hecha de permisos. Ya nadie nos dice 'no puedes', sino que nos dicen 'sí puedes', 'tú eres capaz', 'depende de ti'. El resultado es un sujeto que se explota a sí mismo y que además cree que se está liberando. Y el agotamiento que produce esa autoexigencia no es el de quien fue derrotado por otro, es el de quien no consigue estar nunca a la altura de sí mismo. Lo digo con el reloj en la muñeca. Yo también miro el ritmo por kilómetro, comparo la semana con la anterior, superviso mi propio descanso como si fuera un indicador de gestión. El domingo puede transformarse fácilmente en otra casilla que rendir, la marca, el registro, el panorama que después hay que mostrar. Cuando eso ocurre, el día que iba a salvarnos del rendimiento pasa a ser su última sucursal. La diferencia está en el tipo de cansancio. Han distingue el agotamiento que duele y aísla, el del yo que se queda solo consigo mismo, de otro cansancio que llama fundamental, el que nos permite contemplar, el que nos hace con otros, el que devuelve el mundo, que trata también sobre lo común. El del jadeo del kilómetro ocho, para entendernos. El de la sobremesa que se estira sin que nadie mire la hora. Josef Pieper lo dijo antes y de manera más incómoda. En 'El ocio y la vida intelectual' (1948), escrito entre las ruinas de la Alemania de posguerra, advirtió contra lo que llamó el mundo del trabajo total, aquel donde todo, incluido el descanso, debe justificarse por su utilidad. Su tesis es contraintuitiva y por eso vale. El ocio no es la pausa que el trabajo necesita para continuar; es al revés. No descansamos para rendir mejor el lunes. Trabajamos, entre otras cosas, para poder tener un domingo. Un descanso que se justifica por la productividad que viene ya fue capturado por aquello de lo que pretendía salvarnos (el clásico 'vivo para trabajar'). Ahora bien, esto no se trata de hacer un tratado sobre los días domingo. Por el contrario, lo que pone en relieve es la dimensión del cotidiano, que está ahí, pero frente a la cual no necesariamente estamos lo suficientemente despiertos para darnos cuenta de su potencia. Estoy leyendo estos días la biografía de Hannah Arendt y me encuentro con una idea que ordena todo lo anterior. Todo pensamiento es un repensar. Pensar no consiste en fabricar ideas desde la nada, sino en volver sobre lo que ya vivimos. Arendt insistía en que el pensamiento que se desafecta de la experiencia se vuelve vacío, y que el mayor riesgo no es la maldad sino la irreflexión, gente que funciona muy bien sin haberse detenido nunca a examinar lo que hace. Pensar es un diálogo silencioso con uno mismo. Y ese diálogo necesita una condición material bastante poco filosófica, tiempo sin destino. De ahí que el domingo importe. No porque descansemos, sino porque es el día en que la semana se vuelve pensable. Es el taller donde lo vivido se convierte en experiencia, y la experiencia en criterio. Y como Arendt también nos enseñó, eso rara vez ocurre a solas, ocurre en la mesa, en el trote compartido, en la conversación torpe con alguien que no piensa como uno. Aquí está, entonces, el punto político, y no quiero saltármelo. Si el pensar depende de disponer de tiempo, el tiempo deja de ser un asunto privado. Es fácil escribir esta columna desde un domingo con parque, calle cortada y zapatillas. Es bastante más difícil tenerlo cuando se trabaja en turnos rotativos, cuando el domingo es el día de mayor venta, cuando el trayecto se come dos horas y media o cuando el barrio no ofrece un solo lugar decente donde estar sin consumir. La nueva subjetividad de la que hablo no se decreta con fuerza de voluntad, se hace posible, o no, con jornada laboral, transporte, parques abiertos, ferias, plazas iluminadas y calles que alguien decidió cerrar al auto por unas horas. Democratizar el domingo es una política pública, no un consejo de bienestar. Y es que el día a día nos recuerda que todo es posible. Incluso si terminamos equivocándonos. Incluso si tomamos malas decisiones. Incluso si dudamos. Somos eso. Estamos cargados de muchas preguntas y pocas respuestas. Es precisamente en el día a día donde seremos capaces de plegarnos una y otra vez a vivir para resolver las inquietudes que el mundo nos exige. Al final, el mérito del domingo no es que nos deje descansar. Es que nos deja llegar al lunes siendo alguien y no solamente algo. Vale la pena defenderlo. Incluso corriendo diez kilómetros.
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