Todos teníamos ganas de que comenzara la nueva temporada en Televisión Española. De las pocas cosas buenas que tiene septiembre es volver a verle las caras a Silvia Intxaurrondo, Jesús Cintora y compañía. Han conseguido hacer de la televisión ciencia ficción, distopía, entretenimiento, cualquier cosa que se aleje de la información y de la realidad. Y en eso hay que reconocerles su éxito absoluto. Uno cree estar viendo una versión de la película Good Bye, Lenin, donde un hijo intenta ocultar a su madre la caída del muro de Berlín. Ella es una ferviente defensora del régimen socialista, que sufre un infarto y entra en coma tras ver a su hijo en una manifestación anticomunista. Tras despertar, los médicos advierten al hijo que cualquier emoción fuerte puede matarla. Para evitarle el shock de la caída del muro, decide recrear una ilusión de la República Democrática Alemana dentro del piso familiar. El hijo disfraza la realidad con latas de comida antiguas rellenadas con productos occidentales, o con grabaciones falsas de telediarios y actores que simulan que el socialismo sigue vigente. Y eso es la actual TVE, un lugar donde la realidad está hecha a imagen y semejanza de sus televidentes. «La verdad está ahí fuera», decían en la serie Expediente X, pero para quien ve el ente público es justo todo lo contrario.
La semana pasada Televisión Española realizó un acto para inaugurar su nueva temporada. En un momento de la gala tocó presentar a los encargados del programa La Revuelta, que volverán a partir de esta semana a comerse las migas del mantel en forma de audiencia que deje El Hormiguero. Allí se presentó la plana mayor: Jorge Ponce, Sergio Bezos, Lala Chus, Grison, Castella y Broncano. Este último fue el que tomó la palabra y dijo: «Temo que esta sea mi última presentación en septiembre en Televisión Española. No nos engañemos, todos sabemos lo que podría pasar. Según lo que suceda en las elecciones en marzo, me podría reemplazar perfectamente Morante de la Puebla. Entonces yo estoy nervioso realmente, he venido vestido de novillero, aunque espero que sea algo que no suceda».
Que a Broncano le pagan por decir tonterías no es algo que diga un servidor. Él mismo lo ha reconocido en multitud de ocasiones, tanto en entrevistas como en su propio programa. Pero no por ello deja de tener cierta relevancia lo que diga, y más cuando tiene que ver con la fecha de las próximas elecciones generales. Algo por lo que la mayoría del país lleva clamando desde el otoño de 2023, cuando Sánchez fue proclamado presidente tras pactar con todo el que se le cruzaba en su camino. A mí me dicen que pactó hasta con los ujieres y el personal de cafetería y de limpieza del Congreso de los Diputados. La realidad es que no sabemos realmente cuáles fueron las razones para que David Broncano dijera que en marzo de 2027 serán los comicios.
Puede que el presentador y cómico tenga información privilegiada, o sea otra maniobra de distracción preparada junto al Gobierno para que se hable de ello durante unos días en los medios de comunicación. También puede ser una frivolidad marca de la casa donde no le importe mostrar su puro desconocimiento. Ha demostrado muchas veces que le da igual decir una cosa que otra. Todas estas opciones pueden ser correctas o falsas. Lo importante es hacer el teatrillo, dando igual el público compareciente. Que siga pagando y con la boquita cerrada.
Ese pasotismo tan intrínseco en Broncano se debe a que se ha forrado a costa de los impuestos de todos los españoles, y realmente le da igual quién gobierne en España. Estar por encima del bien y del mal por tener la cuenta bancaria boyante y a rebosar. Solo pueden permitirse ser tan frívolos con su posible pérdida de empleo quienes tienen el riñón cubierto y se pueden mear por donde quieran hasta que llegue el apocalipsis o Jordi Hurtado decida jubilarse, que es lo mismo.
En la comparación con Morante tiene todas las de perder. Uno se juega la vida, y por tanto respeta la de los demás. El otro se ríe de ella porque puede. Un humorista con principios se toma en serio las preocupaciones de los ciudadanos: su pan, su techo, y no se calla cuando quien se lo dificulta conseguir es quien ha hecho que él pueda comprarse todas las barras de la panadería o cambiar de casa cuando se canse de aguantarse en la que viva en ese momento. Morante es un artista. Alguien que respeta su trabajo y al aficionado que paga para verle. Un ser humano que arriesga la vida para que la verdad triunfe y se convierta en belleza. Creo que las diferencias son más que evidentes.
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