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Redacción

La pluma y la espada

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Al México independiente los construyeron mentes brillantes y personas de Estado. Los liberales durante la Gran Década Nacional (1857-1867) conformaron una generación excepcional que sin menoscabo de mexicanos valiosos de otros tiempos y momentos, no es común reunir. Aquí destacan entre nuestros soldados además de los profesionales, personajes de todos los orígenes y perfiles a quienes las circunstancias obligaron a dejar sus vidas cotidianas para tomar las armas. Abandonaron aulas, seminarios, campos de labranza, comercios, gabinetes de médicos y abogados para defender a su país. Previo a la Reforma y la Constitución de 1857, las sacristías también nutrieron al naciente Ejército Mexicano, Hidalgo encendiendo la chispa en 1810, Morelos como el genio militar indiscutible de la Revolución de Independencia, no en vano ha sido el único mexicano en alcanzar el rango de Generalísimo, Matamoros organizando a huestes en un ejército conforme a las Ordenanzas de Carlos III, y el Padre Jarauta, español de quien recientemente se dio cuenta en este espacio, como el arrojado líder de una guerrilla que dio dolores de cabeza a Windfield Scott trás la toma de Chapultepec en 1847. Pero volviendo a los hombres de la Gran Década Nacional, destacan también los avezados intelectuales quienes defendieron a México con la pluma pero también con la espada. Imposible no recordar a Ignacio Manuel Altamirano, aquel indígena chontal nacido en Tixtla, Guerrero y quien aprendió español en su adolescencia. El origen modesto al igual que a Benito Juárez, no le impidió convertirse en abogado así como en maestro, escritor, periodista y uno de los intelectuales más respetados del México decimonónico. Murió joven, de 58 años de edad en San Remo, Italia en 1893, mientras cumplía una misión diplomática. Pero no solo lo reconocemos por lo anterior o por haber escrito 'El Zarco', 'Clemencia' o 'Navidad en las Montañas', sino por haber combatido con valor y templanza en las guerras contra la Intervención y el Imperio. En enero de 1867, el Coronel Altamirano se distinguió en la toma de Cuernavaca, en poder del enemigo desde el principio de la guerra, acción que le valió ser citado en despachos y órdenes del día, para de ahí concurrir al Sitio de Querétaro, momento estelar de las armas mexicanas. Vicente Riva Palacio, fue hijo del connotado abogado y político Don Mariano Riva Palacio, quien a pesar de sus ideas republicanas y actuando como un jurista sin tacha, aceptó ser abogado defensor de Maximiliano de Habsburgo en el legendario Consejo de Guerra. Su madre fue María Dolores Guerrero, hija muy querida del General Vicente Guerrero, distinguido insurgente y consumador de la independencia junto con Agustín de Iturbide. Este linaje liberal no dejó a Don Vicente cruzado de brazos, sino todo lo contrario, y al igual que Altamirano fue uno de los escritores, políticos e intelectuales más afamados que ha dado México. Riva Palacio, destacó como abogado, historiador, periodista, novelista, poeta, pintor, parlamentario, gobernador, magistrado de la Suprema Corte de Justicia de la Nación y diplomático. Dueño de una envidiable agilidad mental, la aprovechó en su faceta de periodista donde publicó en medios como La Orquesta y el Hijo del Ahuizote. Con sentido del humor, compuso las letras de 'Adiós Mamá Carlota' que pronto se convirtió en un himno para las tropas republicanas en la recta final de la lucha contra el Imperio. De su prolífica obra como escritor e historiador, queda su profundo conocimiento de la historia virreinal, novelas como 'Monja y casada, virgen y mártir' y 'Memorias de un impostor, Don Guillén de Lampart, rey de México' así como su participación en 'El libro rojo' y en la monumental 'México a través de los siglos' Como si todo lo anterior no fuera suficiente, Don Vicente también cumplió con su deber con la patria. En 1847 muy joven, combatió contra los norteamericanos. En 1862, al invadir Napoleón III suelo mexicano, Riva Palacio de su peculio armó una tropa y se puso a las órdenes del General Ignacio Zaragoza en el Ejército de Oriente, de ahí siguió al Presidente Juárez a San Luis Potosí, y fue nombrado gobernador de los Estados de México y Michoacán. Fue en este momento donde también se le confirió el mando del Ejército del Centro, desde donde batió con bravura al enemigo y finalmente también concurrió al sitio de Querétaro. Riva Palacio fue protagonista de uno de los episodios más honorables de la historia militar mexicana, cuando negoció el 5 de diciembre de 1865 con el Mariscal Achille Bazaine, comandante de las fuerzas invasoras, el intercambio de 200 prisioneros de la Legión Belga por soldados mexicanos. El gesto magnánimo fue reconocido por propios y extraños, hoy en reconocimiento al suceso, el paraje michoacano donde ocurrió, es conocido como Acuitzio del Canje. Trás la guerra, Riva Palacio continuó con su carrera política y literaria, oponerse al gobierno de Manuel González le valió la prisión militar. Después en 1886, Don Porfirio lo envió a un exilio honorable nombrándolo Ministro Plenipotenciario de México en España y Portugal donde fue recibido con homenajes, además continuó escribiendo. Al igual que Altamirano, murió antes de tiempo y mientras desempeñaba en Madrid su cargo diplomático, el 22 de noviembre de 1896. Hoy con justicia, ambos escritores que supieron defender a México con la pluma pero también con la espada, descansan en la Rotonda de las Personas Ilustres.
La pluma y la espada
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