La vida no avanza en línea recta. Nos gusta imaginarla como una escalera que se sube peldaño a peldaño, con la certeza tranquilizadora de que cada esfuerzo nos deja un poco más arriba que el anterior. Pero quien ha vivido lo suficiente sabe que no es así. Hay tramos en los que, sin previo aviso, algo se atasca. Un proyecto que no despega, una relación que no cicatriza, una decisión que llevamos meses postergando. Y de pronto esa cosa concreta, que en otro momento hubiéramos resuelto sin apenas pensarlo, se convierte en un muro infranqueable. Lo primero que hacemos, casi por instinto, es culparnos. Nos sentimos derrotados, inservibles, inútiles, como si el estancamiento fuera la prueba definitiva de que algo en nosotros está mal. Comparamos nuestro paso lento con la velocidad ajena, siempre exagerada en la distancia, y concluimos que el fallo es propio, que otros ya habrían cruzado ese muro hace tiempo. Es una conclusión injusta y, sobre todo, falsa. Porque estancarse no es un defecto de carácter: es una condición de estar vivo. Las cosas se tuercen. Los planes se rompen contra circunstancias que no elegimos. El cuerpo se cansa, el ánimo flaquea, el contexto cambia y lo que ayer era posible hoy exige un rodeo. Nada de esto nos convierte en fracasados; simplemente nos recuerda que somos humanos, sujetos al tiempo, al azar y a los límites de nuestras propias fuerzas. Conviene distinguir, además, entre el obstáculo y el relato que construimos sobre él. El obstáculo es un hecho: existe, pesa, incomoda. El relato es lo que añadimos encima, esa voz interior que convierte una dificultad puntual en una sentencia sobre quiénes somos. Es ese relato, no el obstáculo mismo, el que más duele y el que más nos paraliza. Aprender a separarlos es ya un primer paso hacia la indulgencia. Porque de eso se trata, en el fondo: de ser más indulgentes con nosotros mismos. No como una forma de resignación cómoda, sino como un acto de justicia elemental. Si midiéramos con la misma vara con la que juzgamos a un amigo que atraviesa un mal momento, veríamos enseguida que merece comprensión, no reproche. ¿Por qué reservarnos a nosotros mismos el trato más severo? Al final del día, lo cierto es que habremos hecho mucho más de lo que parece por superar ese obstáculo. Habremos intentado, ensayado, vuelto a intentar, aunque el resultado visible siga siendo el mismo muro de siempre. Ese esfuerzo invisible cuenta, y cuenta mucho, aunque no se traduzca todavía en un avance perceptible. Estancarse, entonces, no es el final del camino, sino una fase más. Como todas, pasará. Y mientras dura, quizás lo más sabio no sea forzar la salida a empujones, sino sentarnos junto al muro, reconocer el cansancio y recordarnos, con la misma ternura que ofreceríamos a otro, que hacer lo posible ya es, de por sí, suficiente.
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