Luis Abinader estrenó la presidencia del PRM con un discurso que, más que celebrar el poder acumulado por esa organización, pareció advertir sobre sus peligros. Su mensaje central fue inequívoco: "Primero está el país. Siempre primero el país y su gente. Y solo después estamos nosotros".
La frase adquiere particular importancia cuando el PRM lleva seis años gobernando, controla importantes espacios de poder y ya comienzan a moverse las aspiraciones de cara a 2028. Sabe que el desgaste suele empezar cuando se confunde la administración pública con patrimonio propio.
Por eso fue todavía más enfático: si se altera el orden de prioridades, "el servicio se convierte en privilegio, el liderazgo en protagonismo y la política termina perdiendo su sentido". Y agregó otra advertencia que debería quedar escrita en las paredes partidarias: "Los partidos que se enamoran demasiado del poder terminan olvidando para qué lo recibieron". También estableció una frontera necesaria: el partido debe respaldar al Gobierno, pero el Estado pertenece a todos los dominicanos y nunca debe convertirse en instrumento de una organización política.
El discurso dejó una vara alta. Ahora viene lo difícil: que esas palabras sobrevivan a las candidaturas, los cargos, los intereses y la inevitable batalla por la sucesión. Porque, poner primero al país suena bien. Demostrarlo cuando chocan los intereses, es la verdadera prueba.
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