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El dilema de darle o no tiempo a Sánchez

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Para los partidos catalanistas que en 2023 se integraron en la mayoría parlamentaria que apoyó la formación del gobierno de Pedro Sánchez, difícilmente habrá a corto plazo una correlación de fuerzas en el marco español más propicia para lograr sus objetivos. Esta mayoría ha llegado al último tramo de la legislatura, en el que ya todo es plenamente preelectoral, agotada, rota. Lo que se vislumbra es una notable desorientación entre los hasta ahora aliados sobre cómo afrontar el futuro inmediato. Durante tres años la mayoría de centro izquierda ha avanzado a trancas y barrancas, pero todavía no ha culminado la consecución de sus objetivos. Los aliados catalanistas necesitan algo más de tiempo. Los dos más destacados son la amnistía de los líderes independentistas de la revuelta catalana de 2017 y la reforma de la financiación autonómica. El punto en que ambos se hallan indica bien el tipo de obstáculos que afrontan desde el primer día. La amnistía sigue pendiente de la agenda judicial. Y la cerrada oposición de las comunidades autónomas gobernadas por la alianza de PP y Vox muestra estos días su firme decisión de torpedearlo: votan en contra de tramitar propuestas que benefician a sus regiones solo para evitar que el Gobierno de Sánchez pueda apuntarse un éxito. Así es que Junts y Esquerra se hallan ante la comprometida situación de tener que insuflar oxígeno a un Gobierno del que, como se ha visto en el debate parlamentario sobre la crisis ceutí, no dudan en distanciarse y criticarle. Incluso Sumar y los Comuns, que forman parte del ejecutivo, se comportan como si tuvieran un pie dentro y otro fuera de la coalición. Es difícil precisar cuál de estos partidos afronta este tramo, ya plenamente preelectoral, en peor posición. Los socialistas están acorralados por la fortísima presión de las derechas, en la calle, en los juzgados y en los potentes medios de comunicación conservadores. Sumar ha perdido a Yolanda Díaz, una caída más en la dispersión de los dirigentes surgidos de la ya lejana eclosión de Podemos. No está muy claro hasta dónde alcanzará su recomposición. Ni la de Sumar ni la de Podemos ni la de Compromís. Con Gabriel Rufíán, Esquerra Republicana ha vivido de nuevo la experiencia histórica de participar de lleno en el debate político español y el resultado ha sido que el partido no le ha seguido. Los Comuns atraviesan una fase plana, instalados en una suerte de zona valle después de la etapa de máximo protagonismo con el liderazgo de Ada Colau. El caso de Junts se está convirtiendo en el ejemplo local de una tendencia mucho más amplia en Europa. La deriva de las derechas moderadas hacia posiciones extremistas, rozando la xenofobia. Es una transformación que reniega de la fórmula sobre la que Jordi Pujol construyó su partido y sus éxitos políticos. Se están desdiciendo de su apoyo inicial a Pedro Sánchez justo en el momento en que éste afronta la fase aguda de los feroces ataques de PP, Vox y la derecha judicial contra el PSOE por haber amnistiado a Carles Puigdemont, Oriol Junqueras y demás dirigentes de la revuelta. Ahora, Junts vacila, duda entre poner sus siete escaños del Congreso a disposición de Feijóo y hacer caer al Gobierno o facilitarle a Sánchez el aliento para estos últimos meses que ambas partes necesitan en espera de que el Tribunal Constitucional remate la amnistía.
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