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Paula Moreno

Menos planes, más hechos

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El Pacífico no necesita otro plan para una deuda vieja. Necesita luz, escuelas abiertas, sociedad civil fortalecida, empresas reactivadas, censos completos que reporten avances, viviendas bien construidas y acordes con el contexto, autoridades de todos los sectores presentes, cooperación y filantropía ágil, pertinente y coherente, además de ciudadanía vigilante. Necesita, especialmente, que todos fortalezcamos el talento y la riqueza que, aun en medio de la tragedia, ya existían en la región. Si en los próximos dos meses no pasamos de los anuncios a las acciones concretas, esta será la crónica de un terremoto en el que todos nos movilizamos, pero nada de fondo cambió. Entonces, ¿la respuesta será un plan Marshall? Creo que no. Será, más bien, la capacidad de mostrar señales concretas de esperanza y demostrar que algo cambió. Hace casi un mes, el 10 de agosto, la tierra se movió por segundos; la vulnerabilidad llevaba años acumulándose. Sistemas de prevención y atención de emergencias casi inexistentes, riesgo sísmico advertido por décadas, ausencia de medios de comunicación locales, redes eléctricas obsoletas, falta de alcantarillado, edificaciones mal construidas, grietas que nadie atendió y ordenamientos territoriales que llevan veinte o treinta años sin responder a la realidad. El sismo no solo dejó daños. Expuso el costo —y el karma— de lo mal hecho, de lo entregado a medias, de los controles insuficientes, de las decisiones aplazadas, de los planes que se anuncian para la región cada tanto, con una ejecución eterna y de una institucionalidad acostumbrada a la paciencia, o a la resignación de la gente. La emergencia dejó al descubierto aquello que, con o sin terremoto, tarde o temprano iba a colapsar. Por eso, un mes después, la pregunta no es únicamente cuánto se dañó, sino cómo vamos a hacerlo bien para dejar de ser víctimas eternas y desproporcionadas de las violencias, del abandono y de los desastres. La respuesta que necesita el Pacífico no puede ser cosmética ni grandilocuente: tiene que ser sistémica, urgente y verificable, priorizando lo que por años se aplazó. Y lo básico empieza por la energía. En el país, 496.000 familias siguen sin servicio; una de cada cuatro está en el Pacífico. En el Chocó, la cobertura apenas llega al 84 % y cerca de 29.559 hogares no tienen energía eléctrica. Quienes sí la tienen enfrentan fallas frecuentes, zonas no interconectadas y una dependencia costosa y contaminante del diésel. Así no se reconstruye rápido, ni se estudia con conectividad ni se activa empleo digno para que miles puedan levantar su casa y reducir la informalidad. Sobre esto deben actuar pronto el Ministerio de Minas y Energía y las autoridades competentes, o impulsar otros modelos, como paneles solares y centros de conectividad autosostenibles, cuyo piloto implementó por su cuenta la Escuela de Robótica del Chocó. Otro frente urgente es la educación: cada día sin escuela aumenta el riesgo de reclutamiento forzado, y los 13.000 estudiantes de la UTCH y de las otras instituciones de educación superior afectadas en el Chocó requieren espacios alternos seguros para no pausar el semestre. En el ámbito cultural, urge abrir cuanto antes el Teatro César Conto y activar, desde el Ministerio, medidas de emergencia cultural, como líneas especiales de concertación y apoyo a procesos locales. La recuperación emocional, comunitaria y territorial también depende de la cultura. Un mes después, no basta con anunciar. Hay que ejecutar y mostrar avances palpables, rendir cuentas y procurar que lo que se haga fortalezca el empleo local, deje la mayor parte de los recursos en el territorio y priorice lo estructural. Hace un mes vimos conmovidos que las infraestructuras humanas de solidaridad —fundaciones, familias, redes comunitarias, colombianos fuera del país, estudiantes, jóvenes, artistas— tienen una fuerza monumental. Respondieron primero, donaron, removieron escombros y sembraron luces de esperanza. Si las infraestructuras materiales colapsaron, las humanas se fortalecieron. Ahora el Estado debe estar a la altura. Más que con planes, con hechos. PAULA MORENO (Lea todas las columnas de Paula Moreno en EL TIEMPO aquí)
Menos planes, más hechos
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