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Editorial: Correr no puede convertirse en un riesgo de vida

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La muerte de Mónica Andrea Martinich, atropellada mientras entrenaba en la avenida Samborondón, vuelve a poner sobre la mesa una realidad que no es exclusiva de Guayaquil: nuestras calles todavía no están preparadas para convivir con quienes las utilizan para hacer deporte. La caminata realizada ayer en la vía donde ocurrió la tragedia, por corredores, ciclistas y familiares no debe ser vista únicamente como un homenaje. Es también un llamado de atención a las autoridades y a la ciudadanía. Pedir mayor control vial, respeto y espacios seguros para entrenar no es exigir privilegios; es reclamar condiciones mínimas para preservar la vida. Machala tampoco es ajena a esta situación. Cada día, especialmente en las primeras horas de la mañana, decenas de corredores utilizan la avenida 25 de Junio para cumplir sus rutinas. Hombres y mujeres que corren por salud, disciplina o pasión deportiva comparten el espacio con vehículos que, en ocasiones, circulan sin considerar que a pocos metros existe una comunidad deportiva vulnerable. Otros deportistas en cambio, han optado por la carretera Panamericana, en el tramo hacia Santa Rosa, para hacer ciclismo, pero también se han generado siniestros de tránsito que han cobrado vidas humanas. El problema no es que la gente salga a correr. El verdadero problema es que una ciudad que aspira a ser moderna y saludable no puede obligar a sus deportistas a exponerse permanentemente al tráfico para poder entrenar. La tragedia de Mónica debería servir para prevenir, no solamente para lamentar. Machala necesita revisar sus espacios deportivos, mejorar la señalización y establecer mecanismos que permitan una convivencia segura entre conductores, ciclistas, corredores y peatones, un desafío sin duda para la próxima administración municipal. También corresponde a los deportistas actuar con responsabilidad y respetar las normas de tránsito. Pero la mayor responsabilidad recae en quienes conducen. Llegar unos minutos antes o avanzar unos metros más rápido jamás puede valer más que una vida. Correr debería significar salud, bienestar y esperanza. Nunca miedo. La muerte de una deportista no puede convertirse en otra estadística. Que su recuerdo impulse acciones concretas antes de que otra familia tenga que vestir de blanco para despedir a uno de los suyos.
Editorial: Correr no puede convertirse en un riesgo de vida
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