Entre los despojos de una civilización rural que se acaba están el mechero y la petaca del fumador. Son dos objetos complementarios que uno llevaba siempre consigo. La sobada petaca en el bolsillo y el chisquero, en la faja. Eran tiempos en que no había ninguna restricción a fumar en público. Lo mismo que el cazador, el fumador encontraba campo libre sin cotos ni otras limitaciones. Solo por respeto a lo sagrado, el fumador apagaba el cigarro antes de entrar en la iglesia y guardaba la colilla apagada en el reborde de la boina para la salida. Una humareda espesa envolvía a los vecinos en las agitadas juntas del Concejo. En la posguerra no había libertad política, regía el racionamiento, también el de tabaco, y funcionaba el estraperlo, con las cajas de «Farias» como negocio suculento. La «tía Pelavivos» era la estanquera de la comarca.
Aquellos encendedores, convertidos ahora en objetos de culto, consisten en un pequeño tubo metálico de nueve milímetros, generalmente de latón, por el que pasa una mecha de algodón que se enciende girando con fuerza una ruedecilla estriada contra un pedernal que genera chispas. Con la punta de la mecha ardiendo, se encendía el cigarro de picadura, que se liaba a mano, para lo que era imprescindible el «librillo de papel de fumar» con la hoja roja final, que Delibes utiliza como metáfora de la vejez en una novela inolvidable. Estoy viendo a don Joaquín, el maestro manco, con su guardapolvo gris, liando en el recreo de la escuela su cigarrillo con una sola mano, valiéndose hábilmente de un curioso artilugio. Estos mecheros, que dominaron hasta que, avanzado el siglo XX, llegaron los de gas, eran muy útiles en el campo porque el aire avivaba la mecha encendida mientras que apagaba la cerilla aunque protegieras su llama con el cuenco de las manos.
La próspera industria del tabaco, originada en América, alcanzó con el tiempo hasta la última aldea, convirtiéndose en un vicio y un negocio universales. La historia del cine no se entiende sin el humo del tabaco, lo mismo que la negra estadística de los cánceres de pulmón. La petaca, como estuche del fumador, procede del azteca «petlacalli», que originariamente significa cofre o cesto de mimbre o cuero. Pronto derivó en contenedor del tabaco en rama. Este estuche, de madera, cuero o metales nobles, acabó albergando puros o cigarrillos manufacturados, y la petaca se convirtió en frasco plano para guardar alcohol en el bolsillo. En España dominó el mercado la «petaca de cuarterón» de Ubrique, capaz para 125 gramos de picadura.
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