Siempre me ha parecido preciosa la palabra fundar y todavía más si le damos a este término el cariz festero que tanto nos gusta. Hay algo profundamente hermoso en el hecho de fundar una foguera. Un grupo de personas que decide unirse, compartir un sueño, levantar un proyecto desde cero y ofrecer a un barrio una nueva forma de convivir alrededor de la Fiesta. Es un acto de valentía, de ilusión y de compromiso. Sin aquellas primeras comisiones que, en 1928, dieron el paso de convertir una idea en una realidad, hoy Les Fogueres de Sant Joan no existirían. Aquel espíritu emprendedor fue el que encendió la llama de una fiesta que, casi un siglo después, sigue siendo el mayor movimiento asociativo de nuestra ciudad.
Por eso admiramos a las fogueras fundadoras. No solo por haber sido las primeras, sino porque fueron capaces de imaginar algo que nadie había construido antes en Alicante. Ellas abrieron un camino que después siguieron decenas de comisiones más.
Pero quizá haya llegado el momento de ampliar nuestra mirada. Porque hoy en día, tan meritorio como fundar una foguera es refundarla cuando un día desapareció. Y tan admirable como crear una nueva comisión es trabajar para que una existente no baje la persiana.
Fundar una foguera es uno de los gestos más ilusionantes que puede vivir un grupo de personas. Todo está por hacer. Hay un proyecto nuevo, una ilusión compartida y la satisfacción de escribir la primera página de una historia.
Pero refundar significa devolver la esperanza a un barrio. Recuperar una historia que parecía perdida. Convencer que todavía merece la pena volver a empezar. Es construir sobre unos cimientos que un día quedaron vacíos, pero que nunca dejaron de pertenecer a la memoria colectiva.
Y salvar una foguera que atraviesa dificultades quizá sea todavía uno de los gestos más generosos que pueden hacerse por la fiesta. Porque no siempre hace falta inaugurar algo nuevo. A veces basta con impedir que desaparezca lo que ya existe.
Cada comisión que cierra supone perder mucho más que una foguera plantada en junio. Se pierde una familia, un punto de encuentro, una actividad cultural durante todo el año, un espacio donde crecen niños y niñas, donde se transmiten tradiciones y donde un barrio mantiene viva parte de su identidad.
Por eso, hoy en día, deberíamos valorar con la misma intensidad a quienes fundan, a quienes refundan y a quienes resisten.
Las fogueras fundadoras nos enseñaron a empezar. Las fogueras recuperadas nos enseñan que siempre se puede volver. Y las que luchan por sobrevivir nos recuerdan, cada día, que mantener viva una ilusión también es una forma de hacer historia.
Quizá el futuro de Les Fogueres no dependa únicamente de crear nuevas comisiones, sino también de cuidar las que ya existen, tender la mano a las que atraviesan momentos difíciles y celebrar cada vez que una foguera vuelve a encender su llama.
El verdadero éxito de Les Fogueres no llegará el día en el que se funde una comisión más. Llegará cuando seamos capaces de que ninguna tenga que desaparecer.
Ése será el mejor homenaje que podremos rendir a aquellas fogueras fundadoras que, hace casi cien años, nos enseñaron que las llamas no están hechas para extinguirse, sino para pasar de unas generaciones a otras. Las fogueras fundadoras hicieron posible la fiesta. Hoy, quienes refundan o salvan una comisión hacen posible su futuro.
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