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Ormuz: el riesgo energético sobre la seguridad alimentaria

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El cierre del estrecho de Ormuz pone en evidencia que una crisis energética no se limita al aumento en los precios del petróleo y el gas. La interrupción de una de las rutas marítimas más estratégicas del planeta comienza a tener consecuencias sobre otra actividad fundamental para la humanidad: la producción de alimentos. El conflicto en Oriente Medio ha alterado severamente la producción y el comercio de derivados del hidrógeno, en particular el amoníaco y la urea, materias primas indispensables para la fabricación de fertilizantes. La región concentra una parte importante de la oferta mundial de estos insumos y representa más de una cuarta parte del comercio internacional de amoníaco, así como cerca del 40% del mercado de urea, de acuerdo con el Informe mundial sobre el hidrógeno 2026 de la Agencia Internacional de la Energía. Con el bloqueo de Ormuz, los envíos procedentes del Golfo Pérsico han sufrido graves interrupciones. A este escenario se suma la paralización parcial de plantas petroquímicas y de fertilizantes, afectadas por el desabasto de gas natural, las trabas logísticas para exportar e incluso por daños derivados de las hostilidades militares. En conjunto, estos factores han provocado una contracción de la oferta global y una escalada acelerada en las cotizaciones. La urea, uno de los fertilizantes nitrogenados más utilizados en la agricultura, duplicó su precio entre enero y mayo de 2026, según el citado informe. Esta menor disponibilidad de nutrientes para la tierra repercute directamente en la caída de los rendimientos agrícolas. La amenaza resulta particularmente crítica para naciones como Brasil, Australia, Sudáfrica y Tailandia, que cubren la totalidad de sus requerimientos de urea mediante compras externas, así como para Marruecos, que importa todo el amoníaco necesario para sostener su industria nacional de fertilizantes. De este modo, la crisis energética deriva en una seria amenaza para la seguridad alimentaria mundial. El encarecimiento del gas natural eleva de inmediato los costos de manufactura de los fertilizantes, al tiempo que las restricciones en el transporte marítimo encarecen y obstaculizan su distribución. Finalmente, esta presión de costos recae sobre los productores del campo y se traslada al precio final de los alimentos que consumen millones de familias. En este contexto, el hidrógeno de bajas emisiones emerge como una alternativa estratégica a mediano y largo plazo. A través de la electrólisis y el aprovechamiento de fuentes renovables, los países podrían generar hidrógeno para producir amoníaco y fertilizantes sin depender exclusivamente del gas natural ni de cadenas de suministro concentradas en regiones geopolíticamente vulnerables. Sin embargo, no representa una solución inmediata. Las brechas en infraestructura, los elevados costos de inversión y la capacidad de producción todavía acotada frenan su despliegue a gran escala. A pesar de que la producción global de hidrógeno de bajas emisiones creció un 20% en 2025, todavía conforma una fracción marginal del mercado internacional. La lección que deja Ormuz es contundente: hidrocarburos, fertilizantes y alimentos forman eslabones de una misma cadena. Impulsar una matriz de hidrógeno más diversificada representará, en los próximos años, no solo una estrategia indispensable de transición energética, sino también una salvaguarda esencial para la seguridad alimentaria del planeta. Por Manuel Rodríguez González www.manuelrodriguez.mx EEZ
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