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Manuel Díaz

PAN: la congruencia no regala silencios

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Cuando la oposición mexicana parece atrapada entre el pragmatismo, las cuotas internas y la supervivencia electoral, vale la pena observar la trayectoria reciente de Adriana Dávila Fernández . No porque sea una política infalible -ninguna persona dedicada a la vida pública lo es-, sino porque ha mostrado una disposición cada vez menos común en la política: asumir costos por sostener una convicción. En una época marcada por silencios convenientes y lealtades administradas, disentir desde dentro es una forma de congruencia. Su renuncia a la Comisión Permanente del Consejo Nacional del PAN no significó abandonar Acción Nacional. Dávila explicó que continuaría como militante, pero que no permanecería en un órgano que, desde su perspectiva, había dejado de cumplir su función deliberativa, correctiva y orientadora. En su carta dirigida a Jorge Romero sostuvo que, durante casi dos años, presentó ideas y propuestas sin encontrar condiciones reales para discutirlas. También denunció prácticas que, a su juicio, toleraban 'la simulación, la incongruencia y la inacción'. Su salida fue, por tanto, una definición política, no un retiro. En la política mexicana, la disciplina partidista suele confundirse con obediencia, aun cuando las decisiones contradicen los principios proclamados. Dávila eligió otro camino: cuestionar a los suyos sin renunciar a su identidad panista. Anunció que emplearía su experiencia en la defensa de México desde espacios donde pudiera actuar con congruencia, libertad y eficacia, manteniéndose en la oposición. Ese gesto no elimina la controversia ni vuelve incuestionables sus posiciones, pero sí abre una discusión indispensable sobre la calidad ética de los partidos. Su crítica no surgió de manera repentina. Durante la contienda por la dirigencia nacional del PAN en 2024, advirtió que el partido había perdido credibilidad y prestigio. Propuso reconstruirlo desde los municipios, democratizar sus procesos, fortalecer su organización territorial y recuperar causas históricas como el federalismo, el municipalismo, la dignidad de la persona, el combate a la corrupción y la atención de la desigualdad. Más que sustituir nombres en la cúpula, planteó modificar la forma de ejercer el poder interno y de relacionarse con la ciudadanía. Esa línea de pensamiento también aparece en su columna 'Frente a Morena: más Castillo Peraza, menos Yunes'. La frase no se reduce a una comparación entre personajes; sintetiza una disyuntiva entre principios y oportunismo. Para Dávila, la oposición no puede limitarse a reunir siglas con el único propósito de derrotar a Morena. Las coaliciones pueden ser legítimas, pero, si carecen de democracia interna, candidaturas creíbles, participación social y una estructura territorial efectiva, quizá sumen votos en el papel mientras pierden algo decisivo: la confianza pública. El señalamiento debería obligar a la oposición a mirarse antes de condenar al adversario. ¿Con qué autoridad se denuncia la concentración de decisiones si dentro del propio partido las candidaturas se negocian entre grupos? ¿Cómo puede presentarse una alternativa democrática cuando la deliberación se vuelve un trámite y la militancia o participación ciudadadan apenas intervienen? La coherencia exige que los partidos practiquen internamente los valores que prometen defender en el gobierno. De lo contrario, el discurso opositor pierde fuerza y termina pareciéndose al poder que pretende reemplazar. Ésa es la dimensión más valiosa de la postura de Dávila: su crítica se dirige al partido al que pertenece y cuya historia reivindica. Resulta sencillo cuestionar al adversario cuando no se arriesgan posiciones propias. Lo difícil es señalar a los aliados cuando hacerlo puede costar espacios, candidaturas, influencia o reconocimiento. Después de perder la elección interna, pudo replegarse o acomodarse. En cambio, mantuvo una voz crítica y convirtió esa derrota en una plataforma para insistir en la renovación del PAN. Su renuncia confirma que no quiso conservar un cargo meramente decorativo. El desafío, sin embargo, trasciende a una persona. El PAN necesita más que una nueva dirigencia, un relanzamiento publicitario o un reparto distinto de responsabilidades. Requiere revisar sus métodos de selección, fortalecer la formación política, abrir espacios de participación y volver a construir vínculos con la sociedad. Ninguna renovación será creíble si sólo modifica rostros mientras conserva las mismas prácticas. La democracia partidista no debe funcionar como una ceremonia ocasional, sino como un hábito que ordene decisiones, candidaturas y rendición de cuentas. ¿Qué oposición necesitamos? México necesita oposición, pero no cualquier oposición. Necesita una fuerza capaz de enfrentar al gobierno sin reproducir sus vicios; denunciar los excesos de Morena sin encubrir los errores propios; construir alianzas sin subastar sus principios, y entender que ganar elecciones importa, pero recuperar la confianza ciudadana importa aún más. Una alternativa democrática debe ofrecer congruencia, decencia pública, organización y perfiles capaces de responder ante la sociedad. Si sólo administra agravios o distribuye posiciones, no construye un proyecto de país: conserva una maquinaria. En ese contexto, Adriana Dávila representa una cualidad escasa: la voluntad de defender una postura aun cuando incomoda a su propia organización. Se puede coincidir o discrepar con sus diagnósticos y propuestas; lo que merece reconocerse es su negativa a callar para conservar un lugar en la mesa. Esa actitud no basta por sí sola para transformar un partido, pero puede contribuir a romper la complacencia y a recordar que la lealtad institucional no consiste en guardar silencio, sino en exigir que la institución esté a la altura de sus principios. En tiempos de oposiciones negociadas y partidos reducidos a franquicias electorales, disentir con argumentos es también una forma de resistencia democrática. La dignidad de una oposición no se mide únicamente por sus votos, sino por su capacidad para sostener límites, corregirse y responder a la ciudadanía. El PAN deberá decidir si escucha sus voces críticas o las margina para preservar equilibrios internos. Dávila, por su parte, ha recordado una verdad elemental: el carácter político se demuestra cuando las convicciones dejan de ser rentables y, aun así, se mantienen. X: @diaz_manuel
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