Declaró Charles Dickens que «Martin Chuzzlewit» era una novela sobre el egoísmo. La relación entre egoísmo y economía, a menudo simplificada, no lo es en este libro. Hay ricos malvados, como Pecksniff, Anthony Chuzzlewit y sobre todo su hijo, Jonas. Pero también ricos buenos, como Edward y especialmente John Westlock, que lo es por herencia. Tom Pinch llega a tener un buen pasar al final, y es moralmente impecable.
Los dos personajes centrales, que llevan el mismo nombre, son éticamente complejos. Martin Chuzzlewit, el abuelo, se comporta de modo miserable al principio, al desheredar a Martin, el nieto, aunque finalmente se redime otorgando premios y castigos a los personajes que los merecen.
Martin el nieto protagoniza otra redención muy dickensiana, a través del fracaso en su viaje a Estados Unidos, que lo impulsa a dejar de ser un individuo egocéntrico. Aunque el autor protestó ante la acusación de haber caricaturizado a América, lo hace, presentando a los estadounidenses como obsesionados exclusivamente con los dólares. Dice el bueno de Mark: «En esta parte del mundo aprecian tanto la libertad que la compran y la venden y la llevan al mercado. Tanta pasión tienen por la libertad que no pueden evitar tomarse algunas libertades con ella».
La novela contiene observaciones económicas agudas, como cuando Mr. Mould descubre por qué en las pompas fúnebres se cobra más que en los cuidados que dispensan las enfermeras a los bebés: «gastar dinero en una empresa bien administrada y que organiza funerales de la máxima calidad protege el corazón afligido, y es un bálsamo para el espíritu herido. Los corazones necesitan amparo y los espíritus bálsamos cuando la gente muere, no cuando nace».
Un personaje turbio como Tigg es capaz de pronunciar, aunque irónicamente, una excelente sentencia moral: «La caridad empieza en casa, y la justicia en casa del vecino». La primera parte es, por supuesto, el dicho popular, pero la segunda es del propio Dickens y es una muestra de gran sabiduría.
«Martin Chuzzlewit» es una lección que invita a desconfiar de los presuntuosos que se ufanan de méritos de los que carecen, y que invita a apreciar la bondad y a recelar de los ámbitos donde no existe o donde no es reconocida ni retribuida adecuadamente. Como advierte Martin el abuelo al final: «La maldición de nuestra familia ha sido el egoísmo».
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