El reciente fallecimiento del rey Harald y la proclamación de su sucesor Haakon en el trono de Noruega traen a la memoria las imágenes llamativas y simpáticas del pasado Mundial de fútbol de la simulación de un ejercicio de remo siguiendo una cadencia a golpe de tambor, efectuada alegremente por jugadores y seguidores de su selección nacional. La simplicidad de este acto teatral, evocador de los guerreros de las legendarias naves largas, contribuyó a que se contagiara y la ejecutaran con regocijo personas de numerosos países. Si se buscan gestos análogos en el deporte, cualquier aficionado aprecia la gran distancia entre el tosco movimiento naviero y la coreografía de las hakas o danzas maoríes que los jugadores de rugby de Nueva Zelanda ejecutan antes de los partidos. La complejidad de estas últimas pone trabas a su imitación.
Los movimientos pautados del remo reflejan la atención y veneración que dispensan los países boreales a sus antecesores. Tales demostraciones de aprecio se manifiestan públicamente de muchas formas y son evidentes para los visitantes de las tierras nórdicas. Noruega y sus países vecinos despiertan admiración y respeto en todo el mundo y sirven como modelos y ejemplos a seguir por su prosperidad económica, derechos sociales, atención sanitaria y educación a cualquier nivel. Algunas nubes oscurecen tal paraíso de nuestros días, entre ellos, la pesca masiva de ballenas, la extracción de combustibles fósiles y los devaneos de algunos miembros de la familia real.
Es difícil conectar el éxito de los países nórdicos en tantos ámbitos con un pasado vikingo no tan ejemplar. Su legado a la historia de la humanidad habla de abundantes episodios durante varios siglos de pillajes, matanzas, ciudades y campos arrasados, rapto de rehenes y esclavos y horror en general. Sembraron el pánico en las orillas del Atlántico y del Mediterráneo hasta el punto de que se rezaba en monasterios, conventos e iglesias la plegaria: «De la furia de los hombres del norte líbranos, Señor». Con el paso del tiempo, sus asentamientos se consolidaron para finalmente integrarse plenamente y de distintas formas en los territorios de Europa occidental.
No dejaron mucha huella en la península ibérica donde sus duras contiendas con los reinos cristianos del norte y los andalusíes del sur les disuadieron de establecerse cerca. De las tres oleadas de ataques, cabe señalar la segunda en la que en el año 859 las naves vikingas, de quilla poco profunda y bien adaptadas a navegar por ríos, remontaron el río Segura. Según describe Francisco Franco Sánchez, arabista y catedrático de la universidad de Alicante, alcanzaron la ciudad de Orihuela, que fue saqueada y masacrados todos los habitantes que no pudieron huir o refugiarse. El suceso ocurrió en otoño, época en la que el caudal fluvial lo pudo hacer navegable. Regresaron por donde habían venido y como si se tratara de una cruel riada se llevaron todo lo de valor y dejaron atrás muerte y desolación.
Es injusto culpar a los nórdicos actuales de tragedias y desmanes de antaño, como también sería reclamarles ahora lo robado. En otro orden de cosas, parecería también incorrecto, temerario y frívolo comparar sus proezas, crueldades y despropósitos con los llevados a cabo siglos después por conquistadores y colonizadores españoles en tierras americanas. Lo que contrasta fuertemente es la casi unánime devoción nórdica hacia sus ancestros con la dudosa estima que se siente en nuestro país hacia los nuestros, que oscila desde el reconocimiento glorioso y la admisión de sus excesos al desprecio injustificado, pasando por la desidia y la ignorancia histórica. Nos iría mejor si remáramos en la misma dirección, aunque fuera cada uno a su ritmo y manera.
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