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Carlos Santamaría

Carlos Santamaría: Con la bandera de España pintada en las mejillas

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Carlos Santamaría Logroño 05/09/2026 a las 21:50h. Este verano hemos salido a la calle tres veces, y las tres han sido emocionantes aunque de formas distintas: la primera para celebrar la victoria ... en el Mundial, la segunda para vivir el asombro del eclipse y la tercera para expresar nuestra solidaridad con Ceuta. Ocurrió el miércoles por la tarde, en el inicio de un nuevo episodio de calor que (la metáfora sale sola) encendió los ánimos y el asfalto en un lento atardecer. Fue un clamor nacional que explotó en cientos de calles y plazas de toda España. En Logroño la Delegación contabilizó 12.000 personas en la Plaza del Ayuntamiento; fueron varios miles más. Es un fenómeno que se repite históricamente en nuestro país como reacción ante el agravio. Lo hemos visto muchas veces; desde el 2 de mayo de 1808 hasta el asesinato de Miguel Ángel Blanco, pasando por la reacción después del 11M o la dana de Valencia. También está sucediendo ahora porque la nación se indigna y se manifiesta así, como si el mapa de España fuera una de esas viejas fotografías que necesitan el líquido revelador de un drama para mostrar la imagen que ya dormía en la placa. Por mucho que nos digan que no existe, España es una comunidad viva que puede parecer adormilada, pero que late, sufre, se agita y se hace oír cuando hace falta. Somos un pueblo que lo aguanta todo menos la humillación, una idea que aparece ya en 'El Cantar de mio Cid' (la deshonra de las hijas), igual que en el Siglo de Oro con Calderón y con Lope ('El Alcalde de Zalamea', 'Fuenteovejuna'). Podemos pagar diezmos y tributos, tragar con mentiras a diario o mantener decenas de zánganos en sus escaños, pero cuidado cuando el poder se burla del ciudadano. Esta semana ha estado repleta de crispación y de escándalo entre la entrevista de Sánchez en la Ser, la sesión en el Congreso y el informe de la Policía que, por encima de cualquier otro asunto, lo que señala es la gangrena de un Gobierno en fase de descomposición cadavérica. Ese es el último capítulo de este mes imposible de entender. El miércoles vimos por televisión a una niña ceutí echarse a llorar delante de un periodista: «Quiero ir al colegio tranquila y no podemos ir. Estamos asustados, muy asustados, muy mal estamos». Camiseta del Ceuta Club de Fútbol, gafitas redondas, el pelo recogido en una coleta y la bandera de España pintada en las mejillas sobre las que iban resbalando despacio unas lágrimas grandes e infantiles. Si Francia tiene a su Marianne guiando al pueblo, España tuvo el miércoles a esa niña ceutí sin más arma que su llanto y la pureza de quien todavía no ha aprendido a mentir. Viendo llorar a esa niña que solo pedía ir a clase me acordé del Presidente del Gobierno, que no dudó en irse de vacaciones tras el estallido de la crisis. Este verano he releído a Stefan Zweig, un genio que tenía una manera extraordinaria de mirar la Historia por el ojo de la cerradura. El austriaco entendió mejor que nadie que los grandes momentos de la Humanidad poseen una escenografía íntima, y no es difícil imaginar esta escena en La Moncloa: El poder funciona con lógicas particulares, pero la política consiste cada vez más en administrar percepciones - ¿Qué hacemos con lo de Ceuta? - Lo vemos después de las vacaciones. Ahora voy a compartir mi playlist. El ciudadano español no soporta que se rían de él, y aunque el poder funciona con lógicas particulares, la política consiste cada vez más en administrar percepciones. La que comparten hoy millones de ciudadanos es que tenemos un Gobierno de incapaces o cómplices del desastre.
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