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Dino Gelabert Petrus

Pequeñas mentiras

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Todos mentimos. No queda muy bien reconocerlo, pero es así. Algunos más y otros menos. Por suerte, la mayoría no vamos por la vida inventándonos dobles identidades ni diciendo que tenemos un apartamento en Manhattan. Lo nuestro es bastante más sencillo. Son esas pequeñas mentiras que hemos incorporado a nuestro día a día y que, curiosamente, nadie considera mentiras. «Estoy llegando» es probablemente la reina de todas ellas. Puede significar que estás aparcando, que acabas de salir de casa o incluso que todavía estás en calzoncillos buscando qué ponerte. Lo importante no es dónde estás. Lo importante es transmitir a la otra persona cierta sensación de movimiento. Después está el maravilloso «cinco minutos». Cuando alguien te dice que llega en cinco minutos, sabes perfectamente que puedes pedir otra cerveza tranquilamente. También mentimos cuando nos ofrecen comida. «No tengo mucha hambre», dices antes de empezar a robar patatas del plato de quien tienes al lado. Luego están las mentiras relacionadas con nuestra fuerza de voluntad. «Hoy me acuesto pronto». «Esta semana empiezo el gimnasio». «Solo voy a tomar una». «Mañana sin falta lo hago». Probablemente sean las más bonitas porque, cuando las decimos, durante unos segundos incluso nosotros nos las creemos. La tecnología ha creado nuevas modalidades. «No había visto tu mensaje» es una auténtica obra maestra de nuestro tiempo. Lo viste. Claro que lo viste. Apareció en la pantalla, lo leíste sin abrir WhatsApp y decidiste que aquel problema pertenecía al Dino del futuro. El Dino del futuro, por cierto, tampoco quería contestarlo. Pero mis favoritas son las mentiras que utilizamos para no hacer daño. «Está buenísimo», mientras intentas averiguar qué demonios estás comiendo. «Te queda muy bien», aunque tengas algunas dudas. O el siempre útil «tenemos que quedar», pronunciado por dos personas que saben perfectamente que probablemente no quedarán. Supongo que podríamos vivir diciendo siempre la verdad. Contestar «no te respondí porque no me apetecía», reconocer que aquella camisa queda fatal o explicar que no queremos ir a esa cena porque preferimos quedarnos en el sofá. Seríamos personas tremendamente sinceras y bastante insoportables. Quizá por eso existen las pequeñas mentiras piadosas. Son una especie de lubricante de las relaciones humanas. Nos ahorran discusiones, protegen algún sentimiento y hacen la convivencia un poco más sencilla.
Pequeñas mentiras
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