Nunca. Nunca había incumplido tantas promesas en un solo verano.
Me levantaba prometiéndome que ese día no iba a decir «qué calor hace». A las diez ya lo había dicho tres veces.
Me prometía que por la tarde quedaría con mis amigas, que había que salir, socializar. Pero llegaba a casa, encendía el aire acondicionado y ya podían esperarme sentadas. Empezaba a buscar cualquier excusa para no volver a pisar la calle.
También prometí hacer ejercicio, aunque, si te digo la verdad, esa fue la promesa que menos me costó incumplir.
Así que este verano he sido una mujer de muchas promesas y muy poca palabra.
Y mientras yo intentaba no alejarme demasiado de un aire acondicionado, paseaba por Ciutadella, veía a los turistas y pensaba:
Pero, ¿qué hacéis aquí?
De verdad, me daban ganas de ir repartiendo cubitos de hielo. Los veía caminando a pleno sol, rojos, buscando una sombra y pensaba: no sé si estáis disfrutando mucho de vuestras vacaciones.
Quizá todo esto acabe cambiando nuestra manera de hacer turismo y Menorca empiece a disfrutarse más en mayo, junio, septiembre u octubre.
Además, Ciutadella este verano tampoco ha acompañado. La hemos visto bastante más sucia de lo que yo recuerdo haberla visto nunca.
Puede que alguien se haya ido pensando: «El año que viene, en agosto, no vuelvo». Eso no lo podemos controlar. Lo que no podemos permitir es que se vaya pensando: «Qué sucia estaba Ciutadella».
Nuestra imagen sí depende de nosotros.
Y una cosa sí puedo prometer: nunca me veréis con uno de esos aparatos colgados del cuello que una ya no sabe si son un ventilador o un rosario de última generación porque el abanico ya no da de sí.
Aunque, viendo mi historial de este verano…
mejor no prometo nada.
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