Quería ir a Formentor porque añoraba su mar azulísimo, los pinos sobre el agua y los versos de Costa i Llobera que mi padre nos recitaba todos los veranos, cuando íbamos de excursión desde Llubí. Formentor formaba parte de Mallorca y, por tanto, de nosotros.
Fui un sábado de septiembre. Dicen que, cuando termina agosto, los mallorquines recuperamos la Isla. Quien lo dijo no intentó llegar a Formentor. En la rotonda que da acceso al último tramo de la carretera, una empleada nos hizo parar: prohibido el paso. Los aparcamientos estaban saturados. No cabía un coche más. Solo podían continuar los autobuses, los taxis –que dejan a sus pasajeros y se marchan– y los clientes del Four Seasons, el hotel que ocupa el lugar del mítico Hotel Formentor.
Me convertí por un instante en aquella niña que iba todos los veranos y que ahora no entendía nada. Delante de mí seguía estando Formentor, pero yo no podía llegar hasta él. ¿En qué momento aceptamos que la saturación turística determine también cuándo y cómo podemos los residentes acceder a los lugares que forman parte de nuestra vida?
Pensé en el antiguo Hotel Formentor, aquel establecimiento legendario que acogió a escritores, artistas y estrellas de cine. Hay una diferencia entre recibir al visitante y construir una isla en la que quien puede pagar siempre encuentra una puerta abierta, mientras los demás descubrimos todas las barreras. Quizá vuelva en octubre. O durante las calmas de enero, cuando el mar esté quieto y los pinos vuelvan a reflejarse en el agua. Quizá entonces no haya barreras.
Mientras regresaba, pensé en Costa i Llobera, hijo de Pollença, que convirtió el pi de Formentor en símbolo de firmeza frente a los vientos y las tempestades. Me pregunté qué escribiría para explicármelo. No sé qué versos encontraría. Este sábado de septiembre, Formentor seguía allí. El mar azulísimo, la montaña, los pinos sobre el agua estaban en su lugar. La que, por un momento, parecía no tener sitio en su propia Isla era yo.
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