Cuando Leandro Aristeguieta y Roberto Burle Marx trabajaron en el proyecto del Jardín Botánico de Maracaibo, no pretendían traer a la ciudad un paisaje diferente. Querían conservar y estudiar parte del que ya existía. Maracaibo crecía con rapidez y los espacios naturales de sus alrededores comenzaban a transformarse. Entre ellos estaba el bosque seco tropical, un ecosistema propio de la región que durante mucho tiempo había sido visto simplemente como parte del paisaje cotidiano. El proyecto planteó otra mirada, aquella vegetación podía ser estudiada, protegida y conocida por las generaciones que crecerían junto a ella.
Aristeguieta era ya una figura destacada de la botánica venezolana y Burle Marx había alcanzado reconocimiento internacional por su trabajo como paisajista. Ambos habían colaborado anteriormente en el Parque del Este de Caracas y volvieron a encontrarse en Maracaibo. El proyecto aprovechó las características del propio territorio, en lugar de imponer un modelo ajeno. La vegetación, las condiciones climáticas y los distintos ambientes naturales pasaron a formar parte de una concepción en la que paisaje y conocimiento científico estaban estrechamente relacionados. El jardín debía ser atractivo para quien lo visitara, pero también útil para quien quisiera estudiar las plantas que allí crecían.
La iniciativa contó desde el comienzo con el impulso del Rotary Club de Maracaibo, que promovió la creación de la Fundación Jardín Botánico de Maracaibo como una institución sin fines de lucro y de carácter no gubernamental. La Fundación asumió la coordinación del proyecto y gestionó la obtención de los terrenos que Shell donó para su desarrollo. De este modo, una iniciativa surgida desde la sociedad civil pudo transformarse en un proyecto destinado a conservar, estudiar y divulgar la flora de la región. La Fundación no dispone de un presupuesto gubernamental propio, una circunstancia que ha condicionado su trayectoria y ha hecho necesario recurrir a apoyos y colaboraciones para mantener el Jardín y continuar desarrollando sus actividades.
El proyecto se desarrolló durante una década y el Jardín Botánico fue inaugurado el 24 de octubre de 1983. El proyecto de Burle Marx integró las áreas de vegetación natural con diferentes colecciones y ambientes, entre ellos lagunas, un orquideario, el cuadro filogenético y espacios destinados a las plantas suculentas. La intención no era reunir especies como si se tratara de una exposición estática. El recorrido permitía observar las relaciones entre las plantas y los distintos ambientes, mientras el propio bosque permanecía como parte fundamental del conjunto. El jardín era, al mismo tiempo, paisaje diseñado y naturaleza conservada.
La investigación y la enseñanza ocuparon desde el comienzo un lugar importante. El Jardín contó con herbario y biblioteca y desarrolló actividades destinadas a la formación y divulgación botánica. La Escuela de Horticultura Ornamental comenzó a funcionar en 1980, antes de la inauguración del recinto, y formó parte de aquella voluntad de crear profesionales vinculados al cuidado de las plantas. No era una cuestión menor. Para mantener un jardín de estas características hacía falta conocimiento especializado y una relación constante con la vegetación. La institución aspiraba a que estudiar las plantas y aprender a cuidarlas formaran parte de una misma tarea.
Con el tiempo, algunos elementos del jardín adquirieron un significado especial para quienes lo visitaban. El baobab africano, recibido con motivo de la inauguración, las lagunas, el orquideario y El Castillito se convirtieron en referencias reconocibles del lugar. Pero el verdadero interés del conjunto está también en aquello que resulta menos llamativo a primera vista. Allí sobreviven especies y formaciones propias del bosque seco tropical, un paisaje adaptado a las condiciones particulares del territorio. Entre árboles, colecciones y espacios de vegetación natural, el visitante puede acercarse a una flora que pertenece al propio entorno zuliano y que difícilmente puede comprenderse separada de las condiciones ambientales de Maracaibo.
La historia del Jardín Botánico tuvo también años difíciles. Desde comienzos de la década de 1990, el desarrollo del proyecto sufrió interrupciones y el recinto atravesó un largo período de deterioro. La falta de recursos y el debilitamiento de su estructura técnica afectaron tanto las instalaciones como algunas de las actividades que habían acompañado su creación. La recuperación llegó de forma progresiva. El Castillito fue restaurado y posteriormente se realizaron trabajos en el cuadro filogenético y en áreas destinadas a la propagación de especies nativas. Recuperar el jardín significaba algo más que reparar sus espacios, implicaba volver a poner en marcha el proyecto científico y educativo que le había dado origen.
A partir de 2013 comenzó una nueva etapa orientada también a recuperar el Jardín como espacio de encuentro para la ciudad. Sus áreas y senderos fueron acondicionándose para favorecer el esparcimiento familiar, las caminatas y distintas actividades deportivas al aire libre. El recorrido permite acercarse de otra manera a la vegetación y a la fauna que habitan el lugar, convirtiendo la visita en una experiencia en la que naturaleza, recreación y conocimiento pueden compartir el mismo espacio. Desde entonces, esta apertura al público ha formado parte de la recuperación del Jardín y de su esfuerzo por mantener una relación más cercana con la comunidad.
Hay una diferencia fundamental entre conservar un edificio y conservar un jardín botánico. Los muros pueden permanecer prácticamente iguales durante generaciones; los árboles crecen, las plantas se reproducen, algunas especies desaparecen y otras necesitan cuidados permanentes. El patrimonio vegetal exige, por tanto, una atención continua. En Maracaibo esa condición adquiere especial importancia porque el Jardín conserva una parte del bosque seco tropical y mantiene vivo el conocimiento asociado a sus especies. No es una colección encerrada en vitrinas, sino un patrimonio que cambia mientras se conserva y que necesita personas capaces de entender esos cambios.
La historia del Jardín también permite observar cómo cambió Maracaibo durante las últimas décadas del siglo XX. Mientras la ciudad extendía sus espacios construidos, aquel recinto mantenía una superficie dedicada a la vegetación y al estudio de la naturaleza. No pretendía detener el crecimiento urbano ni devolver la ciudad a un paisaje desaparecido. Su función era más concreta, conservar una muestra de lo que había existido antes de que buena parte del territorio fuera transformado. En ese sentido, el Jardín Botánico terminó convirtiéndose en una referencia para entender que el paisaje natural también forma parte de la historia de Maracaibo.
Más de cuarenta años después de su inauguración, el proyecto conserva una característica que explica buena parte de su importancia. Fue concebido para trabajar con la naturaleza del propio territorio, no para sustituirla. Allí confluyeron la botánica de Aristeguieta, el paisajismo de Burle Marx, la investigación, la horticultura y la educación. Pero sobre todo quedó una decisión que el paso del tiempo ha hecho más valiosa, reservar un espacio para que una parte del paisaje zuliano pudiera permanecer, ser estudiada y ser conocida.
(0)Comments