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Juan R. Gil

Un tiburón en el acuario

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Si alguien tenía alguna duda sobre que a Vicente Mompó le faltan unos cuantos hervores para poder liderar una candidatura como la del PP a la jefatura del Consell, supongo que esta semana le habrá quedado clara la cosa. La todavía ministra y secretaria general del PSPV, Diana Morant, acusó al presidente de la Diputación de Valencia en una red social (esas que los políticos denigran tanto como luego ceban a diario), de preocuparse sólo por poner a salvo a su entorno más cercano el funesto día de la DANA. La imputación de Morant parte de una media verdad y es injusta. Pero entra dentro de la crítica política legítima. Lo que no cabe es el zafio exabrupto con el que Mompó le respondió, llamándola 'hija de Zapatero' y 'lameculos de Sánchez' y dirigiéndose a ella por su nombre de pila, sin apellido, un truco humillante que algunos políticos sólo se atreven a usar cuando el objeto de sus pullas es una mujer, nunca cuando el rival es otro hombre. Con todo, lo de Mompó no pasaría de ser un episodio muy menor dentro del clima guerracivilista que padecemos si no fuera por las maniobras que el presidente provincial del PP de Valencia ha impulsado, en algunos casos, dejado hacer en otros, para alzarse con esa candidatura a la Generalitat de su partido desplazando a Llorca, lo que le convierte en un actor de carácter al que es obligado hacer seguimiento. Con su indisimulado enfrentamiento con Catalá, primero, y sus movimientos luego contra Llorca, el presidente de la Corporación provincial ha puesto en evidencia que el PP está más o menos unido en Alicante y Castellón, pero sigue roto en Valencia. Para variar. Lo que ocurre es que quizá Mompó no ha valorado suficiente que en esta contienda él es el que tiene la posición más frágil: una Diputación da para mucho, pero es mucho menos que una Generalitat; presidir el primer partido en la provincia más poblada de las tres no es poca cosa, pero ser la única baza del PP para mantener la Alcaldía de la tercera ciudad de España es algo mucho más grande. La Diputación ni siquiera se somete a elecciones directas. María José Catalá fue proclamada candidata a esa Alcaldía en julio, junto con los otros dos alcaldes de Alicante y Castellón, Luis Barcala y Begoña Carrasco. Y Llorca será confirmado como aspirante a revalidar la presidencia de la Generalitat en un acto que el PP celebrará en Madrid a mediados de este mes. Así que habrá que concluir que a Mompó, el único que se va a quedar colgado del alambre, la jugada le ha salido mal. Pero eso no quita para que subrayemos que la partida se ha estado disputando con extrema dureza durante todo el verano. Tanta dureza, como para que la dirección nacional del PP recibiera dossiers procedentes de Valencia sobre presuntas corruptelas de Llorca, dossiers que han sido escudriñados por el equipo de Feijóo, que al final los ha descartado. 'Usar un dossier en política es como sacar un revólver en el Far West', decía el desaparecido Vicente Pérez Devesa, el rey precisamente de los dossiers. 'Si lo sacas, ya no hay marcha atrás: o matas o te matan'. Con Mompó también pierde otra batalla el eurodiputado y vicepresidente del Partido Popular Europeo Esteban González Pons, animador de todas estas trifulcas. Abrasado el presidente de la Diputación de Valencia, la última que se le achaca a Pons, del que siempre es difícil saber qué artefactos son realmente cosa suya y cuáles van de consuno con su leyenda, es la intentona de que el que fuera su compañero de tribulaciones en el gobierno de Francisco Camps, el también exvicepresidente Gerardo Camps, se lanzara al asalto. Pero tampoco eso salió, para empezar porque Gerardo Camps, que se reunió este agosto con Llorca para aclarar la situación, no está para aventuras. Game over. Para Llorca llega la hora de la verdad. El alcalde 'de poble' lleva casi diez meses en el Palau haciendo ímprobos esfuerzos para pasar desapercibido. Tras la dramática dimisión de Mazón, tomó posesión con un solo mantra en la cabeza: desinflamar. Y eso es evidente que lo ha conseguido. Aprobó unos presupuestos de escaso recorrido en la práctica pero que sirven para presumir porque Pedro Sánchez no los tiene, y hasta ha superado sin mayor mancha la prueba de fuego que para todos los presidentes representan los incendios de verano. Ha transigido tanto con la prepotencia de Vox como con el ninguneo de Feijóo, que no le ha dedicado en todo este tiempo ni una mala palabra ni un buen gesto. Pero ha conseguido lo que pretendía: llegar al momento clave con menos lastre que cuando empezó. Necesariamente, tendrá que cambiar de estrategia, que no de talante, a partir de ahora. Las próximas elecciones las ganará o las perderá él, así que habrá de aclarar de una vez cuál es su proyecto político para esta comunidad. El debate de Política General en las Corts, que se celebrará después de que haya sido proclamado por su partido, debería ser un punto de inflexión para desmarcarse tanto del pasado como de los socios que lo han sostenido en el poder durante los últimos meses. En cuanto a lo primero, todo indica que Mazón no figurará en las listas, lo que hará que la DANA acentúe su difuminación como elemento central del debate político en la Comunitat. Respecto a Vox, habrá que comprobar si Llorca, que ha sido capaz de sostener el acuerdo que le ha permitido gobernar estos meses, es lo suficientemente hábil para pactar también con la ultraderecha el desacuerdo. Llorca es un político de encuestas. Y los sondeos de que dispone el PP son tranquilizadores para los populares, que habrían conseguido frenar la transfusión de votos que desde la Gran Riada estaban registrando a favor de Vox al mismo tiempo que el PSPV continúa en un progresivo descenso que le llevaría a estar, a día de hoy, por debajo incluso de la media de intención de voto que los socialistas anotan en toda España. Eso, sin contabilizar aún el efecto de la crisis de Ceuta, puesto que en agosto no se han hecho estudios demoscópicos. En julio, las encuestas del PP le daban a Llorca 38 escaños (dos menos que en 2023), por 25 de los socialistas (seis menos), 18 de Compromís (tres más) y otros tantos de Vox, que con cinco escaños más que en las anteriores elecciones sería la fuerza política que se apuntaría el mayor éxito y seguiría siendo imprescindible para formar gobierno. Cómo zafarse de las presiones de la ultraderecha, aunque dependerá de su apoyo más incluso de lo que dependía Mazón, y de la izquierda, que a pesar de la caída de los socialistas seguiría sumando en las Corts más escaños que el PP, es el sudoku mortal al que el actual inquilino del Consell tendrá que enfrentarse si los sondeos acaban haciéndose buenos en las urnas y revalida victoria. Pero ese es un camino que, aunque se recorra una vez se celebren los comicios, tendrá que empezar a empedrar desde este mismo mes de septiembre. ¿Y Mompó? Vete tú a saber. Ya escribí aquí, cuando el actual president del Consell era para la mayoría un perfecto desconocido, uno de esos 'alicantinos' que Mazón se había llevado a Valencia y que se daba por seguro que morirían con él, que bajo su aspecto de melva, un pez pequeño y jugoso, Llorca escondía un tiburón. Pese a la bisoñez demostrada, Mompó es alguien importante en el PP. Pero en el entorno de Llorca no están dispuestos a dejar pasar el juego sucio que le achacan. En política, cuando quieres poner en su sitio a un 'intocable', disparas contra su guardia de corps. Yo, de la vicepresidenta Mazzolari, corría a ponerme a cubierto.
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