De mis visitas familiares a Moca recuerdo sobre todo las mañanas, cuando temprano sacaban los carros cargados de hojas de tabaco para secarlas; en las enramadas colgaban los andullos y el olor de la hoja se mezclaba con el de la tierra y la leña. Cerca del fogón humeante, en la cocina separada de la casa principal, los viejos conversaban con una taza de café caliente en la mano mientras fumaban su pachuché. Yo, en los años setenta y apenas un niño, contemplaba aquello sin imaginar que ese mundo familiar terminaría atravesando océanos.
Lo que entonces pertenecía a la vida cotidiana del Cibao es hoy una industria de alcance internacional. Las exportaciones dominicanas de tabaco y sus derivados alcanzaron US$1,359.4 millones en 2025 y sumaron US$364.1 millones durante el primer trimestre de 2026, un crecimiento de 19 por ciento respecto del mismo período del año anterior. Entre las enramadas que recuerdo y esas cifras median décadas de trabajo de productores, torcedores, fabricantes y familias que convirtieron una tradición agrícola en marcas, fábricas y mercados.
A finales de 2025, Tabacalera de García, en La Romana, quedó afectada por las consecuencias de las sanciones impuestas por Estados Unidos contra Chen Zhi, vinculado a la estructura accionaria del grupo propietario. Las compras destinadas al mercado estadounidense se interrumpieron y la producción cayó de manera considerable. Para febrero de este año, fuentes del sector situaban la fábrica entre 40 y 45 por ciento de su capacidad y calculaban que unos 600 torcedores habían quedado fuera de trabajo.
En mayo comenzaron a reanudarse los embarques hacia Altadis USA y, durante los meses siguientes, los registros aduaneros estadounidenses consignaron nuevos cargamentos bajo una licencia de OFAC. Tabacalera de García continúa ocupando un lugar de peso en la industria dominicana, pero el episodio mostró hasta dónde puede llegar la vulnerabilidad de una operación asentada durante décadas en el país cuando la propiedad y los mercados dependen también de decisiones tomadas fuera de nuestras fronteras.
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Mientras esa situación comenzaba a encauzarse, ProCigar atravesó un cambio de naturaleza distinta. Davidoff, a través de Tabadom, puso fin a 34 años de pertenencia a la asociación; la compañía explicó que sus prioridades globales, incluidos los desafíos regulatorios que enfrenta en unos 130 mercados, la llevaban a concentrar sus recursos directamente en esos mercados. Nada de lo conocido hasta ahora permite presentar la salida como una ruptura conflictiva, aunque resulta imposible separarla de la historia de una entidad que tuvo en Hendrik 'Henke' Kelner, ligado durante décadas a Tabadom y Davidoff, a uno de sus fundadores y principales dirigentes.
La decisión adquiere otra dimensión al mirar la directiva escogida apenas unos meses antes para el período 2026-2028: Ciro Cascella, de Arturo Fuente, asumió la presidencia; Litto Gómez, de La Flor Dominicana, la vicepresidencia; Guillermo León, de La Aurora, la segunda vicepresidencia; Hamlet Espinal, de Davidoff Cigars, fue elegido secretario, y Yuri Guillén, de General Cigar, tesorero. Kelner permanecía como representante de los miembros fundadores. Davidoff estaba, por tanto, dentro de la nueva estructura de dirección cuando poco después decidió marcharse.
Durante décadas, la proyección internacional del cigarro dominicano estuvo asociada a un grupo de empresarios, fabricantes y maestros tabaqueros cuyos nombres terminaron ligados a la propia historia del sector. Muchos continúan activos y algunas de sus empresas conservan un peso decisivo, pero las responsabilidades pasan gradualmente a nuevas generaciones, otros ejecutivos y estructuras empresariales distintas. La salida de Davidoff no inicia ese proceso, aunque lo hace más visible.
Hoy ProCigar reúne a once fabricantes activos: Arturo Fuente, La Flor Dominicana, La Aurora, General Cigar Dominicana, Tabacalera Palma, Tabacalera de García, Casa Carrillo, Quesada Cigars, De Los Reyes Cigars, PDR Cigars y Arnold André. Son algunos de los nombres de mayor peso de la industria, pero el universo tabaquero dominicano es más amplio que la asociación.
Fuera de ProCigar hay productores de hoja, fábricas familiares y empresas independientes con presencia propia en el mercado internacional. Tabacalera El Artista, fundada en 1956 y actualmente en su tercera generación familiar; Tabacalera William Ventura, cuya producción continúa hoy bajo la dirección tabaquera de Wiber Ventura; DBL Cigars, levantada por Francisco Almonte después de una vida vinculada al oficio, y Tabacalera La Isla, creada por Hostos Fernández Quesada tras más de veinte años dentro de la industria, muestran distintas formas de esa continuidad. El relevo tampoco se produce únicamente dentro de las estructuras institucionales que suelen ocupar los titulares.
En las familias y comunidades tabaqueras el oficio se transmitió durante mucho tiempo mirando trabajar a los mayores: sembrar, curar, fermentar, seleccionar y torcer. Ese aprendizaje continúa, aunque una industria que exporta más de mil millones de dólares, compite en numerosos mercados y enfrenta regulaciones cada vez más complejas necesita también otros mecanismos de formación.
En julio, ProCigar e INFOTEP certificaron a los primeros 127 egresados de la Escuela de Tabaqueros de Tamboril; 72 ya habían sido contratados por empresas del sector. Ciro Cascella habló entonces de garantizar el relevo generacional del oficio. La expresión alcanza mucho más allá de quienes estaban aquel día en la graduación: cambian quienes trabajan la hoja, quienes administran las fábricas, elaboran las ligas, conducen las empresas y ocupan los espacios de representación del sector.
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Que todo esto ocurra mientras las exportaciones crecen cambia el sentido de la discusión. La dificultad no está en rescatar una industria en decadencia, sino en administrar una transición dentro de una industria exitosa, preservando conocimiento y cultura al mismo tiempo que cambian las personas, las empresas y las condiciones en que se compite.
Cuando pienso otra vez en Moca, vuelven los carros de hojas, los andullos en las enramadas, el olor del tabaco entrando en la casa y los viejos alrededor del fogón, con el café caliente y el pachuché entre las manos. De aquel mundo salió una cultura productiva que aprendió a fabricar para mercados lejanos, levantó marcas reconocidas y convirtió un conocimiento transmitido durante generaciones en una de las industrias más importantes del país. La generación que ahora comienza a recibir ese legado tendrá que llevarlo más lejos sin desprenderlo del universo que lo hizo posible.
EN ESTA NOTA
Abogado, docente y especialista en mercados regulados. Egresado de la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña; Postgrado en Derecho Procesal Civil, de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, y Maestría en Derecho de la Universidad de Tulane, en la ciudad de Nueva Orleans.
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