Ésa es la distancia exacta por carretera, entre la A-6 portuguesa que llega a mi ciudad, y la A-2 que empalma a Lisboa. En línea recta, 188 kms. Ésa es la diferencia que distingue a Badajoz. Ninguna CC.AA. tiene una capital de provincia tan próxima, por encima de 155.000 habitantes, a medio camino exacto entre Lisboa y Navalmoral de la Mata, a menos de dos horas para cada una de ellas, la ciudad más populosa entre ella y Madrid.
Moraleja se encuentra a 322 kilómetros -a más de tres horas y media, y una más a Navalmoral- a 261 en línea recta, la localidad cacereña más próxima a la Raya. Cáceres ciudad, a 345. Galicia, la región hermanada por el origen de la lengua, se reparte entre el nodo industrial Vigo-Oporto y una Eurociudad rural, como Chaves-Marín, que supone una décima parte de la que confluyen aquí, junto a Campomaior y Elvas, lejos de Lisboa en un Estado tan centralizado para todo. Y Castilla-León, pese al histórico flujo académico entre Salamanca y Coimbra, ha confiado su futuro transfronterizo al paso Fuentes de Oñoro y un hidroducto por Zamora que desea competir con el gasoducto que se une igualmente por Badajoz y la pequeña vila que acoge a la mayor industria del café luso. Andalucía, sí… las playas, Villarreal de San Antonio y Ayamonte donde muere el Guadiana y Carlos Cano aún cantando 'María, la portuguesa', aquella historia entre contrabandistas y guardias… Pero nadie disfruta de la vieja Olisipio fenicia tan a mano como Badajoz, apenas dos horas, un paseo.
Mi abuela Natalia nació en Lisboa, como su madre Ana Almeida da Conceição. Ahí están al pie de la columna de madera y cristal. Me están mirando desde las fotografías que les tiró Pozal en la Calçada da Estrela, en Lisboa, y Garrorena, en Badajoz. Una señora recia y seria, recién casada en 1908 en la misma basílica porque un extremeño, el bisabuelo Nicolás, se montó en el tren que entonces les unía, recién licenciado de armas, unos meses después del regicidio contra Carlos I de Bragança. Existen centenares de familias, a un lado y otro de la Raya, que la cosen con hilo invisible, de cualquier color: Barrancos, Olivença, Campomaior, Marvão, Alburquerque, en San Vicente y Valencia de Alcántara, Eljas… Mozos que saltaban la cerca con cada baile, con cada feria.
Sólo una vía de comunicación así habilitó al joven barbero Nicolás a que conociera a Ana, que le dio cuatro hijas. Vivieron y murieron como ella en España, después de que huyeran del hambre y las infecciones en Lisboa, tras la entrada de Portugal en la primera guerra mundial. Allí selló para siempre el bisabuelo Nicolás una comunión ibérica de sangre entre las familias, hasta la eternidad, hasta siempre… ¿Cómo no me va a importar lo que pasa en Lisboa? Y las guerras, claro… porque dejan muchos muertos. Él mismo.
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