La comparecencia en el Congreso de los Diputados del presidente del Gobierno para dar explicaciones sobre la crisis de Ceuta puso al desnudo el problema más grave de su forma de gobernar: la incapacidad de hacer autocrítica, asumir responsabilidades y aprender de los errores. Nada de esto sucedió, como era previsible, trasladando una vez más la sensación de que vive en una realidad paralela, donde lo que vemos los ciudadanos no tiene relación alguna con lo que nos cuenta desde la tribuna del parlamento. Se trata de ganar el relato, aunque sea por unas horas.
Efectivamente, lo que se puede comprobar es que Ceuta sigue en una situación de absoluta anormalidad. Sus habitantes sienten, con razón, que el Estado les ha fallado en una crisis de enorme envergadura. Más o menos como los vecinos de los pueblos más afectados por la dana cuando nadie llegaba a socorrerles. La falta de capacidad del gobierno para gestionarla es clamorosa, lo mismo que el inexplicable retraso en poner en marchas las medidas jurídicas y materiales necesarias para abordarla.
Frente a lo que vemos y oímos el presidente del Gobierno se esforzó en explicar lo bien que se ha hecho todo, al menos teniendo en cuenta que la alternativa era mucho peor, porque hubiera supuesto algo así como recibir a tiros a los inmigrantes. Lo que él mismo calificó de ataque a la integridad territorial de España ha desaparecido del discurso: ha mutado en una crisis migratoria, como si no fueran compatibles. Es más, la crisis migratoria, asociada a la humanitaria, ha sido inevitable entre otras cosas por la propia inacción del Gobierno durante el periodo vacacional, trasmutado ahora en un periodo de reflexión porque convenía no precipitarse.
Por último, para eludir la responsabilidad política evidente por falta de prevención y de previsión anteriores a la entrada insistió en la falta de información fiable por parte de los servicios de inteligencia y de la Policía, lo que a estas alturas no resulta creíble. En cuanto a la falta de pruebas -aunque sí reconoció indicios- de la implicación de Marruecos, es un insulto a la inteligencia: las pruebas son necesarias en un procedimiento penal, no para dirimir o exigir responsabilidades políticas, que es de lo que hablamos.
Lo más interesante quizás es que esta vez, a juzgar por los discursos de todos los grupos parlamentarios, no consiguió convencer a nadie, más allá de su propia bancada, y ni siquiera al completo. Y es que la realidad de Ceuta, como en el cuento, sigue ahí cuando te bajas de la tribuna.
(0)Comments