Se mira José K. antes de salir a la calle en el espejo azogado, tantos años de reflejar su escuálida figura, y considera ajustado a los hechos que nos abruman el atuendo que le ha prestado su vecino Rachid, escayolista, una habitación en los bajos, compartido el cuartico con Ahmed y Said. La chilaba – ganadora en realidad- sobre la camiseta y el pantalón es de algodón, fresquita, y luce rayas ocres de cuello a pies. Completan el look, que dirían los modernos, unas babuchas claritas y por arriba, tapando la calva, el consabido fez o tarbush.
La entrada en el café siembra un cierto pánico entre los clientes, más acostumbrados al mono y la boina, que no vaya a ser que el moro , como todos, venga con malas intenciones, que los de su ralea ya se sabe que sólo vienen a mangarnos la cartera, en el mejor de los casos, o a arrancarnos el mondongo en los sucedidos más extremos. Se quita el tocado José K. y la clientela reconoce al visitante, cafetito habitual. Alivio. Alguna sonrisa y todos sentados, ya resuenan de nuevo las fichas del pito doble sobre el mármol.
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