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Los terremotos y el problema del mal

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Hay que afirmarlo desde Cali: los terremotos son aterradores. Causan incontables sufrimientos que producen desolación, perplejidad y miedo. Lo más urgente, lo que no da espera, es atender a las víctimas: encontrar y rescatar con vida a cuantos sea posible, asistir a los heridos y atender las necesidades de quienes perdieron sus viviendas o han quedado en situación de desamparo. Luego viene lo más difícil: concebir y hacer realidad un plan inteligente de reconstrucción y reparación de todos los daños ocurridos. Un terremoto obliga a resetear asuntos vitales para una ciudad. En el ánimo humano -donde se unen inteligencia y sentimientos- quedan preguntas difíciles que algunos prefieren evitar: ¿Dónde estaba Dios? ¿Por qué existe el mal? ¿Puede Dios ser, a la vez, todopoderoso e infinitamente bueno? ¿Pudo evitar el terremoto, pero no quiso? ¿O quiso, pero no pudo? Estas preguntas suscitan muchas reflexiones, como ocurrió con el terremoto de Lisboa el 1 de noviembre de 1755, en pleno auge de la Ilustración europea. Junto al enorme incendio que originó, ese terremoto destruyó la mayor parte de la capital portuguesa y produjo la muerte de cerca de 30.000 personas. A ese desastre le debemos dos obras de Voltaire: el Poema sobre el desastre de Lisboa y Cándido, o sobre el optimismo. Voltaire la emprende contra el ingenuo optimismo ilustrado del tout est bien, que, con base en la razón y la experimentación científica, pretendía poder explicarlo y controlarlo todo. Voltaire se siente caer en el peor de los pesimismos: ni siquiera Dios es capaz de salvarnos de estos desastres, y como la cruel naturaleza procede de su voluntad creadora, es Dios quien tiene que justificarse. Ya no es el creador quien puede pedirle cuentas al ser humano; es al revés: un Dios todopoderoso y bueno tiene que justificarse ante las preguntas de la razón humana. Rousseau, el insociable ginebrino que se entendía mejor con los perros y los insectos que con los demás seres humanos, no fue ajeno al debate. Respondió al poema de Voltaire con una carta en la que defendía a Dios de los desastres naturales y culpaba de la catástrofe de Lisboa a las absurdas aglomeraciones humanas y a las malas construcciones que las soportan. Si viviéramos en medio de los bosques, entre abejas, ardillas y renacuajos, nada de eso ocurriría. La voluntad del creador, si bien misteriosa y oculta, no puede ser juzgada por los errores de una de sus creaturas. Casi 50 años antes del terremoto de Lisboa, en 1710, Leibniz había publicado en Ámsterdam sus Ensayos de Teodicea sobre la bondad de Dios, la libertad del hombre y el origen del mal. La palabra misma -teodicea- indica el sentido general del libro: justificar a Dios ante los reclamos humanos por la realidad del mal en el mundo. Leibniz propone distinguir tres clases de mal: metafísico, físico y moral. El mal metafísico procede de la imperfección, la limitación y contingencia de los seres; nadie es culpable de él, es algo que procede del mero hecho de existir. El mal físico es el sufrimiento, el dolor de las enfermedades del cuerpo y de la mente, y las desgracias; por lo general tiene un aspecto positivo: sirve como incentivo para la prevención y la terapia, como en el caso de las enfermedades que, cuando son investigadas con el rigor de la ciencia, conducen a la creación de procedimientos y medicamentos que alivian el sufrimiento, eliminan -o disminuyen- el dolor y mejoran la calidad de vida. A este orden pertenece el mal causado por un seísmo: nos enseña que no deben construirse edificios sobre los antiguos lechos de los ríos. El mal moral, por su parte, es el pecado, el mal que proviene de la libertad del ser humano. Este mal se origina y se corrige en el ser humano; solo él puede producirlo o evitarlo. Pensar el mundo sin el mal moral solo es posible eliminando la libertad humana, y eso equivale a concebir la vida de la especie humana con las mismas características que le atribuimos a la vida de las laboriosas hormigas, que trabajan intensamente, pero todo lo que hacen procede de las leyes que la naturaleza les impone. Entre ellas, supongo yo, puede haber sufrimiento físico, pero no mal moral. A comienzos del siglo V, san Agustín concibió el mal como negación, es decir, como aquello en lo que no hay nada bueno, privatio boni. Eso significa que el mal carece de sustancia propia y de cualquier atributo que pueda predicarse de un ser sustancial. Dios es el creador de cuanto existe, y todo lo creado por él es bueno, perfectible quizás, pero bueno (algo parecido a la idea de Leibniz de que el nuestro es el mejor de los mundos posibles). El mal, por el contrario, es pura negación, una carencia radical, y por eso para nosotros los humanos la lucha contra el mal es un desafío que tiene mucho que ver con creatividad, libertad y ética, y muy poco con aviones o tanques de guerra. Lo que nunca deberíamos hacer o permitir que suceda es desconocer la dolorosa y desgarrada presencia del mal en el mundo, banalizarlo dándole la espalda a las víctimas, o justificarnos imputando al creador por habernos hecho como nos hizo.
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