20 de junio de 2026, Viena, Austria: Alice Weidel, copresidenta de Alternativa para Alemania, aplaude durante una ceremonia conmemorativa del 70.° aniversario del Partido de la Libertad de Austria (FPÖ) en el Palacio Imperial de Hofburg, en Viena. Foto:
Solemos decir que en la extrema derecha todos son iguales y los metemos en el mismo saco. Tremendo error. La ultraderecha es heterodoxa y, por consiguiente, deberíamos ser muy cautelosos a la hora de generalizar. No obstante, está claro que existen concomitancias entre las clases más populares y los partidos más derechistas.
La expansión del extremismo de derechas hace tiempo que se incuba. El Brexit es un claro ejemplo. Fue el primer gran estallido del nacional populismo que culminó, en 2016, con el divorcio entre Gran Bretaña y la UE. Las clases trabajadoras de la Inglaterra profunda, embaucadas por vendedores de humo, vieron la oportunidad de darle una patada, en salva sea la parte, al establishment y no se lo pensaron demasiado.
Unos meses después, Donald Trump ganaba, por un estrecho margen, las elecciones a la presidencia de EE. UU.; lo logró gracias a que había conectado con importantes sectores de trabajadores blancos desencantados con la situación. Ocho años más tarde, volvió a ganar, pero en esta ocasión añadió a su nicho de votantes buena parte de las clases populares latinas y afroamericanas.
Algo muy similar está sucediendo en Francia con el partido de Le Pen y en Alemania, el respaldo a Alternativa para Alemania (AfD) crece en cada proceso electoral, sobre todo en la parte oriental, pero también en los entornos más desfavorecidos de la antigua república federal y lo mismo podríamos decir el FPÖ en Austria.
En España, sin embargo, el proceso ha sido algo diferente. Es cierto que aquí la extrema derecha no tenía presencia en las instituciones, pero la sombra del franquismo es muy alargada y sigue presente en buena parte de la judicatura y de los medios de comunicación. Pero, desde la pasada década, los ultras han perdido la timidez y cada día que pasa están más presentes en la vida cotidiana, mientras va logrando cuotas de poder en ayuntamientos y comunidades autónomas.
Con todo, esta evolución no deja de ser paradójica. Porque el cuerpo doctrinal de Vox está trufado de principios que chocan con los intereses de las clases populares. No obstante, con ganchos como la 'prioridad nacional' y otras simplezas similares consiguen atraer a ciudadanos que se sienten defraudados por la política más convencional.
El terreno abonado que facilita el incremento continuado de ultraderecha viene dado por la insatisfacción socioeconómica que genera el sistema, malestar con respecto a cómo va el mundo, ya sea por la precarización, por los efectos de la globalización, la deslocalización de empleos, el incremento de la inmigración o los cambios sociales que desorientan. Ante ese malestar, a veces indefinido, aunque bastante generalizado, hay una fuerte propensión a considerar como culpables de la situación a los partidos del sistema y responsables del statu quo vigente. La socialdemocracia, pese a ser abanderada de la protección social, no se han librado de ese estigma en muchos casos. Y, en gran medida, se han convertido en referente para clase media-alta urbana.
Desde los años ochenta del siglo pasado, los partidos socialdemócratas europeos han girado hacia posiciones más centristas, al calor de la hegemonía del conservadurismo liberal. La socialdemocracia ha perdido credibilidad porque, cuando llega al gobierno, suele adaptarse casi de inmediato a las exigencias de los mercados globalizados y mantiene, en lo esencial, las políticas económicas de la derecha como mal menor. Da la impresión de que ha renunciado a su razón histórica de ser: redistribuir la riqueza para reducir las desigualdades sociales, y regular el capitalismo mediante iniciativas reformistas.
En este contexto, resulta interesante analizar el caso Trump, que ya en su primer mandato aprobó una reforma fiscal que solo favorecía al 1% más rico de la población y, a pesar de ello, logró conseguir un segundo mandato con el apoyo de clases que no fueron beneficiadas en el primer periodo. El Brexit y sus líderes más destacados ―Johnson y Farage― no son, ni por casualidad, paladines de las clases populares, pero obtuvieron el apoyo de ellas. Pues bien, con Vox sucede algo similar.
Mientras escribo estas líneas, llega la noticia de que la AfD ha ganado este domingo en las elecciones del Estado de Sajonia-Anhalt con un 44,5% de los votos, eso les da 39 escaños en el Parlamento regional, cuando la mayoría absoluta son 42. A su vez, los democratacristianos de la CDU bajan de 40 a 16 escaños y los socialdemócratas del SPD aguantan con un raquítico 9.1% perdiendo un solo diputado (de 9 a 8). Ese triunfo nos interpela a todos y nos obliga a replantearnos las estrategias que hemos seguido hasta ahora con los extremistas de derechas.
Pese a todo, y sin caer en la candidez, debemos ser razonablemente optimistas. Para ello, es imprescindible que la socialdemocracia quiera recuperar la credibilidad como opción defensora de los desfavorecidos. Por lo tanto, habrá que cambiar de rumbo estratégico y, sobre todo, de modos de actuar desde los gobiernos. Es cierto que la composición actual UE no facilita el cambio de enfoque, aunque ello no nos debe llevar al repliegue nacionalista (como propugna la extrema derecha). Hay que romper definitivamente con el neoliberalismo, impulsar otras políticas desde las instituciones para atacar a fondo las causas de la actual crisis que están en el aumento de las desigualdades. Para decirlo claro: la socialdemocracia debe tomarse en serio la democracia, reforzar mucho más los vínculos supranacionales a nivel europeo, conectar con los perdedores, atreverse a regular los mercados desde el gobierno e impulsar una redistribución de riqueza justa y equitativa.
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