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Cristina Penas Lago

Cristina Penas Lago: La ciencia invisible detrás de un gran titular

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En julio de 2017, la revista 'Nature' publicaba los resultados del primer ensayo clínico de Fase I con una vacuna personalizada de ARNm en 13 ... pacientes con melanoma. Nueve años después, una estrategia basada en ese mismo principio ha alcanzado un ensayo clínico de Fase III con más de mil pacientes, en el que también han participado hospitales españoles. Entre ambos estudios hay mucho más que una diferencia de tamaño de la muestra: hay miles de aportaciones que explican cómo avanza la ciencia. Pero para entender qué ha hecho falta para llegar hasta aquí, primero hay que entender qué estamos intentando hacer. A diferencia de las vacunas frente a infecciones, como la gripe o el sarampión, esta no se administra a personas sanas para evitar que desarrollen un melanoma. Es una vacuna terapéutica: se utiliza después de haber extirpado el tumor y busca reducir el riesgo de que la enfermedad reaparezca o se extienda a otros órganos. En el ensayo se administra junto con pembrolizumab, una inmunoterapia ya utilizada frente al melanoma. La idea puede resumirse así: el pembrolizumab ayuda a que el sistema inmunitario pueda actuar contra el tumor y la vacuna le proporciona pistas para reconocer mejor las células tumorales. ¿De dónde salen esas pistas? Del propio tumor de cada paciente. Al comparar sus células tumorales con células sanas se identifican algunas de las alteraciones que distinguen unas de otras: son los llamados neoantígenos. A partir de ellos se seleccionan hasta 34 señales características del tumor y se fabrica una vacuna de ARNm personalizada para enseñar al sistema inmunitario a reconocer las células que presentan esas alteraciones. Por eso cada vacuna es diferente: se diseña a partir de las particularidades del tumor de cada paciente. ¿Es entonces el anuncio tan prometedor como parece? Hay motivos para pensar que sí, aunque conviene ser prudentes. El ensayo buscaba comprobar si añadir la vacuna a la inmunoterapia actual retrasaba la reaparición de la enfermedad. Para ello se midieron dos parámetros: el tiempo hasta una recaída, ya fuera cerca del tumor original, en los ganglios o en otro órgano, y el tiempo hasta la aparición de metástasis en un órgano a distancia, asociadas a un peor pronóstico. Según la nota de prensa de las compañías, el ensayo cumplió sus objetivos: la combinación obtuvo mejores resultados que la inmunoterapia en solitario. Es, además, el primer ensayo de Fase III con resultados positivos para una terapia individualizada contra neoantígenos basada en ARNm. Por ahora, eso sí, solo conocemos los resultados anunciados por las compañías; habrá que esperar a los datos completos. Explicado así, el planteamiento parece sencillo. Quienes trabajamos en investigación sabemos que llegar hasta aquí no lo ha sido. Para hacerlo posible han sido necesarias décadas perfeccionando técnicas de secuenciación, aprendiendo a identificar qué mutaciones pueden generar neoantígenos, desarrollando herramientas bioinformáticas capaces de seleccionarlos, comprendiendo mejor cómo responde el sistema inmunitario frente al cáncer y aprendiendo a fabricar y administrar ARNm de forma eficaz. Y detrás de cada uno de esos avances hay experimentos que funcionaron y muchos otros que no. Hay preguntas concretas que se resuelven cada día en laboratorios de todo el mundo, a menudo con recursos limitados. Hay hospitales y pacientes que permiten comprobar si una idea funciona fuera del laboratorio. Y hay compañías capaces de asumir el coste y la complejidad de convertir una estrategia prometedora en un tratamiento reproducible, probarlo en grandes ensayos y llevarlo a los pacientes. Visto así, deja de tener sentido buscar un único responsable del avance. La investigación básica amplía lo que sabemos y abre caminos cuya utilidad no siempre podemos prever. La investigación traslacional intenta convertir ese conocimiento en posibilidades terapéuticas; la clínica permite comprobar si funcionan en pacientes, y la industria aporta una capacidad de desarrollo, financiación y producción difícilmente alcanzable desde un laboratorio académico. Son partes distintas de un mismo proceso. Y este proceso no se limita al melanoma: estrategias similares ya se estudian en otros tipos de cáncer. Moderna y MERCK (que opera como MSD fuera de EE UU) no partían de cero. Nadie en ciencia lo hace. Yo trabajo en esa parte que no aparece en los titulares, y sé de primera mano que la mayoría de la ciencia que hacemos hoy no llegará nunca a una portada. Eso no la hace menos necesaria. En 2017 eran 13 pacientes. Hoy son más de mil. Entre ambos puntos, miles de aportaciones 'invisibles' hicieron posible avanzar de uno al otro. Por eso es importante seguir financiando esa ciencia sobre la que otros podrán seguir construyendo. Quizá dentro de otros nueve años, alguna de esas aportaciones forme parte de una nueva opción para pacientes que hoy todavía no la tienen.
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