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Miquel González

Este país no funciona, por Carme Riera

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Mi admirada Joana Bonet, titulaba su artículo del sábado de la semana pasada 'El año en que perdimos el verano' y contaba hasta qué punto el clima extremo, las olas de calor, que en Baleares no nos han dado tregua –en realidad no hemos sufrido olas sino una fuertísima y perpetua marejada–, habían arruinado su verano. El aire acondicionado –escribía– se había convertido en imprescindible ya que, pese al ruido, conseguía aliviar un poco el horror canicular. El aire de su apartamento funcionaba, algo que no ocurrió en el mío. En el mío el aire acondicionado se fue despidiendo a mediados de julio. A comienzos de agosto, cuando el termómetro marcaba 35 grados, con una humedad que nos estaba metamorfoseando de humanos en batracios, me abandonó. Entonces empezó lo más estresante de mi verano y fue la búsqueda de alguien que arreglara la máquina imprescindible, la maldita máquina adorada del aire acondicionado, a la que, según algunos entendidos, debía de faltarle gas, un gas difícil de conseguir, que se vendía incluso de contrabando. Busqué en internet, rebusqué en las páginas amarillas, llamé a diversas empresas, que no podían atender hasta septiembre. Las que prometían atenderte, asegurando que te llamarían en breve, no lo hicieron jamás. Finalmente, un amigo de un amigo conocía a un técnico que, por recomendación, me prometió que pasaría para ver de qué máquina se trataba y si su gas era compatible, aunque si la instalación estaba obsoleta tendría que cambiarla por una nueva. No importa, le dije, lo que usted considere, pero venga cuanto antes. ¿Cuándo podrá? Mañana por la mañana, me contestó, quédate tranquila. Nuestra conversación era por Whats­App, de manera que el hecho de que su compromiso quedara por escrito me dio seguridad. Yo le llamaba de usted, como hago siempre, si no conozco a la persona y más cuando, como era el caso, se trataba de alguien muy superior a mí, alguien que tenía en su mano, en su mochila, en su almacén o dónde fuera, el codiciado gas y había aceptado diagnosticar la enfermedad de la máquina, encontrar el remedio o firmar su defunción y en tal caso sustituirla. Es caro, me advirtieron: cobra unos cien euros la hora, lleva un ayudante que también cobra lo suyo y, ah!, el desplazamiento va aparte. A los políticos podemos no votarles, con los técnicos hay que apechugar: encontrar uno bueno es casi un milagro En situaciones de emergencia, la mía lo era porque resultaba imposible, pese al acopio de ventiladores, casi respirar, solemos aceptar las condiciones. Por eso me avine a cuanto me adelantaron sobre el precio. Es más, si me hubieran llegado a pedir que le incluyera en el testamento, lo hubiera hecho sin rechistar. El calor ablanda la sesera y pudre las vísceras de manera acelerada. Pasé la noche insomne a causa de la marejada calorífica, pero esperanzada. A las siete un watsap del técnico me dio los buenos días. No podría pasar por la mañana, lo haría por la tarde, sin falta. Me conformé. Es persona seria, me dije, al menos avisa. Por la tarde, otro anuncio, lleno de emoticonos, volvía a retrasar para mañana su más que codiciada presencia. ¿Arreglaste lo del aire? Me preguntaban mis amigas, a las que había prometido invitar a comer, pero sin freírlas de calor. Creo que sí les contestaba, un técnico me ha dicho que va a pasar. Todos lo dicen, me advirtió la más sincera, y luego te dejan colgada. Esto es Mallorca, hija. Con tantos hoteles y tantos turistas, primero ellos. Y tuvo razón porque también al día siguiente, a una hora temprana, el técnico me anunció su llegada que nunca se produjo. La fue retrasando a base de excusas absurdas, con una falta de profesionalidad absoluta. Lee también Viajes de 'luxury' Carme Riera Este verano a raíz de los incendios devastadores o de lo que ha pasado en Ceuta, mucha gente repetía que el país no funciona por culpa de los políticos. A mí me parece que no funciona por la escasa profesionalidad de los llamados técnicos, como el impresen­table del aire acondicionado y siguiendo por electricistas, fontaneros, albañiles, mecánicos... con los que nos tenemos que conformar, aunque no hagan bien su trabajo, ya que, al parecer, no hay relevo. Lo de los políticos tiene mejor solución porque podemos no votarles. Con los técnicos hay que apechugar. Encontrar algunos buenos, formales y honrados es casi un milagro. En cuanto al aire acondicionado, al final lo arregló un inmigrante.
Este país no funciona, por Carme Riera
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