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Enrique Orschanski

Les han declarado la guerra

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Se designa "guerra híbrida" (amenazas híbridas, en inglés original) a aquellos ataques causados por organizaciones o grupos de poder con el objetivo de desestabilizar a un Estado o institución. La intención fundamental es debilitar al (declarado) enemigo, pero sin llegar a la confrontación abierta. En la difusa frontera entre la paz y el conflicto armado, anida la principal característica de la guerra híbrida: nadie se hace responsable de los ataques. Si bien las acciones incluyen fuerza militar, predominan otras embestidas, como desinformación, presión económica y sabotajes contra estructuras institucionales del adversario, aunque sin que parezca una clara invasión. La combinación y la convergencia de los ataques cambian según las variables geopolíticas. Por ejemplo, en la región europea, el Gobierno de la Federación Rusa lleva varios años desplegando una guerra híbrida contra distintos países a fin de limitar el riesgo de sentirse rodeada por naciones pertenecientes a la Otan (Organización del Tratado del Atlántico Norte), poderosa alianza militar. El modelo latinoamericano, en tanto, está representado por estructuras criminales y organizaciones terroristas (carteles mejicanos o el Ejército de Liberación Nacional en Colombia, entre otras) que despliegan su 'guerra de guerrillas' con despiadada eficacia, al punto de que diversos actores políticos hoy definen a ciertos países como 'narcoestados'. Los sabotajes son, por igual, físicos y cibernéticos. Se bombardean redes eléctricas o fábricas y se hackea sistemas financieros o bases de datos gubernamentales. La manipulación de noticias en redes sociales consigue conducir la opinión pública contra el 'enemigo', sin apelar a la verdad. Y con otros recursos se logra deteriorar mercados internos: con publicidades, con aranceles de importación y hasta con bloqueos comerciales. Todo vale como arma destructiva en esta moderna tendencia de dominación mediante recursos combinados (hibridez). ¿Contra la infancia? Si tomamos el modelo anterior, es posible pensar que se ha declarado una guerra híbrida a la infancia y la adolescencia. Una particular y penosa batalla. Sin declararlos como enemigos, los chicos parecen ser hoy blancos sensibles para quienes buscan imponer supremacía social y económica. Los sabotajes ocurren desde temprana edad. Se les bombardean el tiempo libre y el descanso, y cada pausa parece que debe ser rellenada con entretenimiento digital, herramienta accesible para quienes intentan mantener a los chicos quietos, callados y con tonada neutra. La desinformación es constante. En todas las plataformas por las que navegan niños y adolescentes, abundan publicidades que impostan necesidades, desde productos que aseguran 'hacerlos crecer' hasta modos de hablar; desde conceptos frívolos hasta convocatorias para farmear aura. Cada instancia les instala la 'necesidad' de más memoria y velocidad de procesamiento en sus dispositivos electrónicos. Y si bien aún no existe una confrontación abierta contra los alimentos naturales, la mayoría de lo que consumen niños y adolescentes constituye una verdadera declaración bélica contra su salud. A diferencia de la guerra híbrida adulta, en la infantil es posible reconocer la autoría de quienes generan tecnoadicciones, falsas necesidades y basura ultraprocesada. Y quienes colaboran en la contaminación ambiental imparable, comprobable en los daños físicos y emocionales causados por disruptores endocrinos presentes en productos de limpieza, cosméticos, conservantes químicos, micro y nanoplásticos, y gases aerosoles que, invisibles, se respiran a diario. La guerra está declarada. Sin balas ni misiles, atenta contra las propias estructuras de crianza. Pero la batalla no está perdida. Podría equilibrarse con ciertas acciones: devolverles espacios de juego, ofrecer alimentos naturales y limitar el uso de químicos. Al menos, para que el número de víctimas sea menor.
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