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Andrés Trapiello

Andrés Trapiello: Los galdoses de mañana

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06/09/2026 Actualizado a las 19:30h. Es siempre muy difícil hacerse una idea aproximada de lo que está sucediendo. Y más aún contarlo, convertirlo en un relato. Luego el tiempo obra como una de esas prodigiosas destiladeras majoreras que vio Unamuno: la piedra volcánica porosa que purifica y enfría el agua gota a gota. Eso mismo hace el tiempo con los hechos, decantarlos, oscurecer unos, realzar otros, trabándolos… En estos últimos años han sucedido tantos y tan desquiciados acontecimientos y a tal velocidad (el escándalo monumental de cada día sepulta en la memoria el de la víspera) que resulta aventurado predecir cuáles serán los más significativos. «—¿Quién duda sino que en los venideros tiempos, cuando salga a la luz la verdadera historia de mis famosos hechos, el sabio mago que los escriba no ponga de esta manera…?». Etcétera. Apenas llevaba cinco minutos sobre Rocinante y ya pensaba don Quijote en cómo iba a tratarlo la posteridad. Porque tanto como para desfacer entuertos y socorrer a viudas y menesterosos, obraba no para la Historia (ni mucho menos «de cara a la galería»), sino para erigirse a sí mismo en juez justo de sus propios actos. Y esa era razón suficiente de procurarlos virtuosos, «dignos de tallarse en bronce, esculpirse en mármoles y pintarse en tablas, para memoria en lo futuro»: merecer el bronce, el mármol, el cuadro. Merecer la crónica de Cide Hamete Benengeli y la biografía que Miguel de Cervantes estaba ya escribiendo de él, Alonso Quijano. Digo bien: biografía, no novela. Al final del canto VIII Alcínoo, Rey de los feacios, le recuerda a Ulises que «los dioses traman y cumplen la destrucción de los hombres para que los venideros tengan algo que contar». Aunque las traducciones difieren mucho unas de otras, el sentido es siempre el mismo en todas ellas: hasta que los hechos no son narrados no acaban de suceder; sólo porque serán narrados el hombre ha de andarse con ojo con aquello que hace, a sabiendas, incluso, de que son juguete de los dioses que anulan su voluntad; y, por último, que los humanos, a diferencia de los dioses, pueden llegar a ser, por escrito, tan imperecederos como ellos… o más: Aquiles para nosotros es infinitamente más atractivo que su madre y protectora Tetis; Helena, superior a Afrodita; y el audaz Odiseo mucho más interesante que el acomplejado Poseidón que le persigue. Pero también están los tramposos, impostores y farsantes que tratan de llegar a la posteridad por los atajos, sin afrontar un solo combate justo, sin una sola noble acción. El mayor de los atajos es siempre la mentira. Aparentar que se hizo lo que no se hizo (dar el pego a la galería) o negar los hechos, cuando estos son los propios de un mentiroso, de un villano. También se ha dicho que la mentira tiene las patas muy cortas, pero no siempre es cierto, como tampoco que la historia la cuenten los vencedores. Sin ir más lejos, el relato hegemónico sobre la Guerra Civil ha sido (y en cierto modo sigue siéndolo aún hoy) el de los comunistas, más aún que el de los republicanos liberales y, por supuesto, que el de los vencedores, como quedó probado en el caso de Ortega y tantos otros liberales exiliados, de izquierdas o de derechas. A menudo oímos: «Lástima de un Galdós, un escritor ecuánime, laborioso y paciente, que narrara en unos nuevos episodios nacionales los hechos descomunales que estamos viendo a diario». Como si sólo un gigante como él pudiera dar cuenta de jayanes tan fuera de escala como los que hoy gobiernan España. Porque quien más quien menos es consciente de que la magnitud de sus fechorías políticas, morales y personales podrían ser tomadas en el futuro por inverosímiles o novelescas. Suyas y de quienes les ayudan a cometerlas, con o sin responsabilidades de gobierno. Desde sus ministros y socios hasta el último de los dos mil alcaldes que acataron la orden de boicotear las manifestaciones proceutíes; desde Ábalos y Koldo, ya en la cárcel, al último de sus votantes anónimos, tan anónimos como los que desfilaron ante el cadáver insepulto de Franco. Han hecho que 'La Corte de los Milagros' de Valle-Inclán comparada con ellos sea una obrita del elenco salesiano. Ni siquiera peripecias chuscas y risibles, como la de las joyas de Zapatero, lograrán humanizarlos galdosianamente. Al contrario, han multiplicado el número de 'hamlets', aquel príncipe que iba sembrando de carcajadas macabras el sombrío castillo de Elsinor. De que habrá dentro de cincuenta años un futuro Galdós, no se dude. Y aun varios. Homero escribió sus dos gestas muchos después de Troya. Tampoco tema nadie que se dará al olvido cuanto estamos viendo. ¿No emergió Chaves Nogales cincuenta años después de muerto, pese a la inquina y/o a la ignorancia de tantos, y con él Clara Campoamor, Castillejo, Elena Fortún y cien más? Esos futuros galdoses llegarán. Hoy, ahora mismo, la posteridad cuenta con relatores escrupulosos de todas las aberraciones que está sucediendo descarada, impunemente. Policías, guardias civiles, fiscales y jueces cabales y ecuánimes que están levantando acta puntual de todo, asistidos a veces por periodistas, señalados, cancelados, insultados. Los harían desaparecer sin dejar rastro, si pudieran; en ello están en la Moncloa. Su trabajo es establecer los hechos sin escamoteos, sin escrutinios interesados, conscientes de la importancia que tienen «los detalles exactos». Ellos son los cronistas más fiables. El premio Nacional de Literatura debieran dárselo a muchos de ellos por infinitas más razones que a tantos, que tampoco escriben mejor. Informes policiales y sentencias judiciales nutrirán el trabajo de los galdoses y cervantes de mañana. Claro que también es cierto lo que tantas veces se ha repetido ya: de vivir hoy los dos, el primer premio Cervantes se lo hubieran dado a Lope de Vega. Y esto seguirá vigente por los siglos de los siglos, amén. Donde Homero decía dioses, léase P. Sánchez, Zapatero, Ábalos, Marlaska, Bolaños, Monteros, Garcías… Diosecillos, sátrapas, déspotas, autarcas endiosados. Nadie duda ya a estas alturas que traman y cumplen la destrucción de las instituciones que un día les confió la nación española. Tampoco que dividirán y tratarán de destruir a la nación misma, si consideran que esa es la única manera de permanecer en el poder. El relato, lo que de ellos se cuente hoy o mañana, ya les trae sin cuidado, conscientes de que no ha habido una sola acción suya digna del bronce, del mármol, del cuadro. A diferencia de don Quijote, si se ríen de los tiempos presentes, podemos suponer qué les importarán los venideros. Pero tampoco duden: alguien contará algún día la verdadera historia de esa banda, para su propia infamia y pasmo de todos. Andrés Trapiello es escritor y editor
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