Ausencia de remordimientos y falta de empatía; dos rasgos esenciales de las personas con un trastorno acusado de personalidad que caracterizan a los psicópatas. Sin sensibilidad emocional ante el sufrimiento ajeno, nunca se sienten culpables y mienten con facilidad para lograr sus objetivos. Un país dirigido por una persona de tales características terminará en la marginalidad y el aislamiento internacional, por mucho que utilice la superficialidad y el engaño como armas favoritas para cautivar a los incautos. España tuvo la desgracia de caer en manos de un personaje que, además de psicópata, es maquiavélico y narcisista: la llamada triada oscura que cuadra a la perfección en Pedro Sánchez. Inicialmente resultan personajes encantadores y atractivos pero, con el tiempo, destruyen la afectividad y generan relaciones destructivas y manipuladoras.
Su demagogia ha conseguido que veintidós socios europeos tuvieran que suscribir un comunicado condenatorio de la política migratoria y control de fronteras de Pedro Sánchez. Hemos tenido que comprobar cómo nuestros vecinos del Sur aprovechan la debilidad de un Gobierno a la deriva para facilitar el asalto a nuestra soberanía. Hemos de lamentar que su populismo barato haya conseguido el récord de rechazos a nuestras desastrosas relaciones internacionales, primero enemistándonos con Israel y EEUU, después con Argentina, luego con Italia e incluso con Dinamarca. Mantenerse sumiso y genoflexo ante quien facilita una invasión, y culpar de la misma a las mafias y a una inconcreta internacional ultraderechista, delata la cobardía de un irresponsable con mensajes adobados para demagogos irredentos.
El aislamiento al que un ególatra sin principios nos ha llevado explica la pérdida de prestigio y el ninguneo con el que nos tratan las cancillerías. Un país incapaz de defender con un mínimo de dignidad su soberanía termina siendo el hazmerreír que sólo aspira a liderar la Internacional populista del Grupo de Puebla. Hasta ese nivel de incompetencia y descrédito nos ha conducido Pedro Sánchez y su legión de monaguillos ayunos de personalidad.
Que invadan nuestras fronteras es grave. Que se deje vagar a su suerte a los invasores es pernicioso. Que se abandone a los españoles asaltados es criminal. Pero que, encima, se rinda pleitesía al vecino que facilitó la invasión cruza ya todas las líneas rojas de un gobernante miserable. Y lo peor es el seguidismo de esa masa de borregos, incapaces de alzar la voz ante el desastre de un partido que ha perdido cualquier nota que lo distinga como partido de Estado. Porque en Ceuta no han fallado las instituciones del Estado, ha fallado un Gobierno que preside un socialista incapaz de entender cuáles son sus compromisos con los ciudadanos, asustado y rendido ante los secretos que el sultán conozca del hackeo de su móvil. Con razón Alfonso Guerra dijo hace tiempo que el PSOE está en manos de bandidos y macarras.
Un partido que boicotea los actos de solidaridad con una ciudad que ha sido víctima de una agresión a la integridad territorial española, en palabras de su máximo responsable, es un partido enfermo de cobardía. Porque, al final de todo, lo que más cuadra a la trayectoria sanchista es la cobardía de su mandamás. Huyó de Paiporta, se ausentó de Adamuz, dejó tirados a los del volcán de La Palma, no fue capaz de ir a Ceuta interrumpiendo sus vacaciones y siempre atribuye su nula empatía con la ciudadanía a que grupos de extrema derecha boicotean su presencia, cuando es la indignación social la que no lo soporta.
Y como buen cobarde se rodea de incompetentes y corruptos. Se ve que Patxi Lopez, esa lumbrera que no pasó de primero de ingeniería, tras diez años matriculado, aún no ha sabido explicarle a Pedro Sánchez lo que es una nación («Pedro, ¿pero tú sabes lo que es una nación?» le espetó en un debate televisado), porque el alumno parece más interesado en fragmentar la Nación española que en fortalecerla. Es el ojo clínico sanchista para elegir colaboradores: sucesivamente eligió a dos compañeros de viaje, Ábalos y Cerdán, como su mano derecha en el partido. Y cuando, perseguidos por la Justicia, tuvieron que cesar, se fijó en otra perla, un tal Salazar, que tenía la costumbre de despachar con sus subordinadas con la bragueta abierta. Descubierta la debilidad, parece que hoy busca nietos conmilitones por Argentina, con fines electorales, desconociendo si allí también enseña sus atributos.
Los cobardes siempre descargan en los demás los desaguisados que provocan su cobardía. Usan la mentira, el engaño y el embuste con la misma desvergüenza con la que Sánchez se escaquea de sus obligaciones constitucionales, desde la presentación de presupuestos a la rendición ante un atentado contra nuestra integridad territorial. Es la lógica consecuencia de quien sacraliza a la mentira como instrumento político, y nombra jefe de su gabinete a quien se doctoró con una tesis sobre «La ética del engaño».
Hay mucho irredento insensible ante el engaño y la mentira con la que se conducen los autócratas. Pero la ciudadanía responsable tiene cada vez más interiorizado que la madre de los Pagazaurtundua se quedó corta cuando, tras la indolencia socialista ante el asesinato por ETA de un hijo suyo, exclamó: «Patxi, harás cosas que me helarán la sangre». Hoy Patxi es portavoz parlamentario del sanchismo y nos hiela la sangre la cobardía de su jefe, un psicópata incapaz de asumir sus responsabilidades en defensa del orden constitucional y de la soberanía nacional.
Tras los últimos acontecimientos ha quedado acreditado que los servicios de inteligencia y el CNI advirtieron del riesgo extremo sobre la invasión de suelo español. Hemos sufrido un atentado a nuestra soberanía, disfrazado de crisis migratoria para que los progres de diseño sigan con su populista rutina seudoprotectora. Tras lo visto y oído, el mayor riesgo extremo para la dignidad de los españoles sería la permanencia en el poder de un psicópata sumiso y acobardado ante el sultán de Marruecos, sin más programa que mantener la poltrona fomentando la confrontación como tabla de salvación, con el consiguiente daño a la convivencia. Pero ha calculado mal: la ruina del muro que construyó para enfrentarnos cavará su tumba política. La mayoría de los españoles aún conserva un mínimo de dignidad.
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