Las trompetas de cada partido suenan y resuenan con cada gol de los héroes reales o inventados por la comunicación. Así ha sido desde que Atenas lo era para las competencias olímpicas: amos de corazones, dueños del verbo de los triunfadores.
Detrás de ellos, en las regiones oscuras de cada batalla, perdidos en el tumulto del medio campo, se esconden otros.
Aquellos que sin duende, como decía Federico García Lorca, sin aura de elegidos y sin carisma vivo, tolo lo hacen, entregados con alma y vida para que sus compañeros icen la bandera victoriosa de cada gol.
Pasó con Fabián Ruiz en España en el Mundial, y pasó con Rodrigo De Paul en Argentina. Con Eberechi Eze en la selección de Inglaterra, con Rayan Mathis Cherki en el cuadro francés. Y pasa hoy en los campeonatos europeos, en los que los clubes se dan de narices por llevar a jugadores ambiciosos y deslumbrantes.
¿Y quién recuerda a Ruiz, de Paul, a Eze, a Cherki hoy día? Son subhéroes del fútbol, pequeños mercenarios sin nombre ni fama, muñecos de trapo de la afición enloquecida.
Así pasa en todos los órdenes que quehacer humano. Se dice, en la creencia popular, que hay personas lúgubres, pavosas, sin alma, que provocan en los hombres tomarse el testículo izquierdo para que la mala suerte no los penetre.
Pero volvamos al estadio.
Los mediocampistas son ahora esenciales y reputados; los Rodrigo Hernández 'Rodri', los Adrien Rabiot, y especialmente, los Jude Bellingham.
Ellos llevan palmas, elevaciones, y para completar, goles algunas veces. Los fantasmas no. Ellos no hablan en camerinos, se uniforman en silencio sin que nadie los note como espectros de otro mundo. No discuten alineaciones, no llaman la atención en los errores de los compañeros, no advierten a nadie. Solo callan, obedecen, tragan grueso, nunca piden la pelota sino que la tocan cuando les llega de improviso.
Ruiz, De Paul, Eze, Cherki. Son ellos. Son mundialistas, pero nadie los nota. La codicia no es su consigna.
Pero tendrán su juicio final. Aquella hora cercana cuando, como a los astros del centro del campo, se les imponga la charretera que merecen. Ellos cubren la retaguardia de los preferidos como Kevin Costner la de Whitney Houston en 'El guardaespaldas'. Desde ahí emergen, con la cabeza alta, la mirada fija, el pecho en sobresalto, para llegar al edén.
Y entonces, la afición pregunta: ¿quiénes son ellos?, ¿dónde están ellos? Lo identifica, los aplaude con tibieza, luego se enciende y los vitorea, saltan al campo y los llevan en hombros alrededor de la cancha.
El fútbol es grandeza, pura gloria y desperdicios de la miseria, zonas de claridad y sombras errantes. Allí están ellos, en la oscuridad que quiere ser luz, tan trascendentes como el goleador, como el mediocampista de moda, como aquellos de los contratos siderales. Ellos son el fútbol de cada día. Ellos son el fútbol mismo.
Soldados del 3er frente
La guerra marca la importancia de los soldados.
Aquellos intrépidos hombres que van en la primera línea se lo juegan todo por su patria, los de la segunda respaldan, y los de atrás, los de tercera, son los que sienten de cerca en estallido de bombas y misiles.
Todos peligran, todos, pero en este caso son los últimos los que llevarán encima el olor de la pólvora enemiga.
Hacemos el símil para comparar el destino de estos casi siempre desdichados muchachos de fuego, con los celebrados mediocampistas. Ni unos ni otros reciben reconocimientos, no obstante estar muy cerca del heroísmo.
En la ingratitud del fútbol resulta patético cierto desprecio de la afición por ellos, aunque al final de cada batalla, de cada partido, las verdades otorgan méritos.
Aquellos aguantando explosiones, estos soportando las andanadas rivales y alimentando el juego del equipo. Así son las 'guerras' en el terreno de juego.
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