Septiembre nos trae siempre el recuerdo de un gran poeta cordobés, Leopoldo de Luis, con sus magníficos poemas y sus entrañables versos, saludando el otoño con una elegía que ha quedado entre las páginas literarias más bellas, sembrándolas de sublimes sentimientos: «Las hojas del otoño flotan sobre tu brisa / y caen en el estanque solitario del alma / Un dolor de ser otros parece que nos pesa como unas rotas alas». Más adelante, el poeta nos invita a escuchar «la voz honda del tiempo», en consonancia con las palabras bíblicas tan conocidas, del Eclesiastés, que nos dicen que hay un tiempo para todo: «Todo tiene su momento oportuno. Hay un tiempo para plantar, y un tiempo para cosechar; un tiempo para destruir, y un tiempo para construir; un tiempo para llorar, y un tiempo para reír; un tiempo para callar, y un tiempo para hablar». Septiembre va alzando poco a poco, el telón del nuevo curso académico y pastoral, -para el próximo día 19, está convocada la Asamblea Sinodal Diocesana, con la presentación del Plan pastoral 2026-2030 y el de este curso, presidida por nuestro obispo, don Jesús-, mientras la sociedad vive momentos difíciles, angustiosos, por tantos problemas como nos golpean. Las lecturas de este domingo veintitrés del tiempo ordinario nos sirven como claves para interpretar el texto evangélico de Mateo. El profeta Ezequiel, y por extensión, todos nosotros, somos llamados a interpelar al «malvado». Corregirle, no desde una cima moral, sino por su bien y salvación, de la cual somos también responsables. Construir el Reino, supone comprometernos con el otro, incluso si yerra. Dos criterios para acercarnos a alguien que se daña a sí mismo o a otros: «Con un corazón que no sea duro y desde el amor, que es la plenitud de la fe». Estamos hablando de la «corrección fraterna». Los creyentes deberíamos escuchar hoy, más que nunca, la llamada de Jesús a «corregirnos», a «ayudarnos mutuamente a ser mejores». Jesús nos invita a actuar con paciencia y sin precipitación, acercándonos de manera personal y amistosa a quien está actuando de manera equivocada: «Si tu hermano peca, repréndelo a solas, entre los dos». Cuánto bien nos puede hacer a todos esa crítica amistosa y leal, esa observación oportuna, ese apoyo sincero en el momento en que nos habíamos desorientado. Toda persona es capaz de salir de su pecado y volver a la razón y a la bondad. Pero con frecuencia necesita encontrarse con alguien que lo ame de verdad, le invite a interrogarse y le contagie un deseo nuevo de verdad y generosidad.
Un segundo tema propone el evangelista Mateo en su evangelio, con estas palabras que atribuye a Jesús y que son de gran importancia para mantener viva su presencia: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mateo 18,20). Reunirse en nombre de Jesús es crear un espacio para vivir la existencia entera en torno a Él y desde su horizonte. En este «espacio» creado en su nombre vamos caminando, no sin debilidades y pecado, hacia la verdad del evangelio, descubriendo juntos el núcleo esencial de nuestra fe y recuperando nuestra identidad cristiana en medio de una Iglesia a veces tan debilitada por la rutina y tan paralizada por los miedos. Este «espacio» dominado por Jesús es lo primero que hemos de cuidar, consolidar y profundizar en nuestras comunidades y parroquias. No nos engañemos. «La renovación de la Iglesia, dice el teólogo Pagola, comienza siempre en el corazón de dos o tres creyentes que se reúnen en el nombre de Jesús. El primer quehacer de la Iglesia es «reunirse en el nombre de Jesús»: Alimentar su recuerdo, vivir de su presencia, reactualizar su fe en Dios, abrir hoy nuevos caminos a su Espíritu. Cuando esto falta, todo corre el riesgo de quedar desvirtuado por nuestra mediocridad». Por todo esto, quizá, el papa León XIV acaba de plantearnos que «el cristianismo vive una cierta pérdida de influencia, que quizá los adultos hayamos temido y combatido. Como han repetido mis predecesores, la Iglesia no hace proselitismo, crece mucho más por atracción. A las personas ya no les mueven los discursos. Les mueve el impacto que produce una presencia». Y la recomendación de nuestro poeta cordobés, Leopoldo de Luis: «Escuchar la voz honda del tiempo».
*Sacerdote y periodista
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