¿Qué pasa cuando un presidente no puede decir que no, la palabra más definitiva del vocabulario político y la verdadera muestra de poder, frente al fácil y débil sí?
Qué oportuno que Els Joglars, por su 65.° aniversario, reponga —actualizando su obra de 2004— la libérrima versión de Boadella y Ramon Fontserè de El retablo de las maravillas de Cervantes. No hay una obra que refleje mejor la situación. Los pillos Chanfalla y Chirinos cobran por exhibir un marco vacío, pero lo hacen con una advertencia: solo los conversos y los bastardos no pueden ver los prodigios que mostramos. Si eres cristiano viejo e hijo reconocido de padre y madre, tienes que ver lo que te cuento: las aguas del Jordán inundadas, una invasión de ratones bíblicos, Sansón y Dalila, osos y leones. Y todos, por miedo a señalarse como cristianos recientes, por querer formar parte de la tribu, relatan las maravillas que no ven.
El enredo español es simple y trágico a la vez. Pedro Sánchez juró regresar al poder así fuera lo último que hiciera en la vida, sin parar ni en gastos ni en triquiñuelas. Debía vengar la afrenta del desalojo ominoso de la secretaría general de su partido. Y su trayectoria personal ya demostraba que el fin siempre justifica los medios (tesis doctoral, dinero sucio del suegro) y que solo desde el poder se puede ascender socialmente (puesto al hermano), no solo en términos económicos, sino de prestigio (cátedra de Begoña). Y lo consiguió, con enormes deudas a pagar entre los más pillos del sistema (Ábalos, Cerdán). Primero en el partido (qué fácil es manipular el agravio imaginario entre los militantes) y luego en el Gobierno (uso torticero de la moción de censura como sustituto de las elecciones). Una vez en el poder, también descubrió que estaba dedicado a minucias porcentuales cuando podía centrarse en operaciones de verdadero calado (Zapatero), pero por desgracia los españoles no acompañaron el esfuerzo (qué daño le hicieron los arrebatos leninistas de Iglesias y los alaridos justicieros de Montero) y en el 23 no le dieron la ansiada mayoría, sino que lo condenaron a las viejas reglas no escritas de la democracia parlamentaria: la renuncia a formar Gobierno (González en el 96) o a la repetición electoral. Y ahí prefirió lanzarse al vacío de empeñar la casa a los nacionalistas. Ya no podía retroceder, porque la siguiente etapa del viaje era la sala de lo penal sin la protección del fuero y los jueces afines (Constitucional), sobre todo por el descaro en el presunto latrocinio, que ha sido monumental (amaños con grabaciones, vuelos sin justificación en el Falcon a paraísos fiscales).
La estrategia de los nacionalistas es transparente: obtener todas las competencias del Estado en su territorio, no por un sano afán de cercanía en los servicios, sino para hacer más fácil en un momento dado la desconexión con el resto de España. Muchas de esas concesiones rompen la igualdad ante la ley de los ciudadanos, generan peligrosas diferencias en servicios, y contribuyen también a la fragmentación simbólica. Con discurso histórico e identitario de ruptura, dividen a sus propias comunidades entre afectos a la causa y desafectos, y van mermando la lógica soberana de la nación española. El procés fue el grado extremo de ese camino de deslealtad administrativa. Usar el dinero público y las cargas no para servir a los ciudadanos, sino para romper la unidad territorial, traicionando el espíritu y la letra de la Constitución que paradójicamente es la que te permite ser autoridad. A veces te toca gobernar con esa gente, ya se sabe: reparto de escaños, mayorías frágiles, ley de D'Hondt. Pero siempre desde la plena libertad de tener claras unas líneas rojas, que ahora no existen. No hay libertad para decir que no y las consecuencias están a la vista, aunque para los nacionalistas siempre sepa a poco (Cercanías, migración, retiro de la Guardia Civil, pinganillos en los escaños…).
Con Marruecos existe otro tema de soberanía, función primera y básica del Estado y tarea primera de cualquier Gobierno. A todas luces Sánchez sufre un chantaje, motor oculto de toda la historia. Y por ello cede permanentemente frente a un vecino con el que hay que llevarse bien en mutuo interés, pero al que hay que marcarle líneas rojas infranqueables, ya que en la doctrina de ambos hay un punto de no negociación, que es la soberanía de Ceuta y Melilla. Si no eres libre, no puedes decir que no y todo se compromete. A cada bofetada te ves obligado a poner la otra Melilla.
En uno de los cuentos de En el tribunal de mi padre, Isaac Bashevis Singer cuenta cómo una mujer lleva unos gansos al rabino porque, después de muertos, siguen graznando. La mujer cree que es una señal del más allá. El rabino, naturalmente, también está dispuesto a creerlo. El graznido parece darle la razón por fin en sus eternas disputas con su mujer, que le salió tristemente racionalista. Pero cuando le quitan el gaznate a los gansos por sugerencia de la mujer del rabino, que encontró la explicación lógica, estos dejan de sonar. La explicación era sencilla y material. El rabino, sin embargo, no pierde por ello su fe, solo la pospone.
El problema de esa huida es que las consecuencias son cada vez más graves, y en cierto sentido recuerdan a El adversario, de Emmanuel Carrère: la mentira de Sánchez es tan grande que ya no se puede detener y está obligado a pensar estrategias cada vez más siniestras para permanecer en el poder (ley de nietos, reconfiguración del censo electoral). Pero sobre todo le obliga a vender acciones y hechos terribles como si fueran buenos y planeados. La verdad se derrumba. Y triunfa el cinismo partidista. Te obliga a construir un relato en donde la realidad deja de importar, y los hechos dejan de ser verificables, para situarlo todo en el terreno del debate ideológico, en la dinámica del amigo-enemigo. Así, lo que ayer era espeluznante ahora es deseable y dulce, y lo que ayer era indeseable ahora es maná líquido que pende del cielo. El daño al entendimiento es colosal.
Los milagros que aquí se relatan son evidentes, salvo para los nazi-fascistas. Oenegés, chiringuitos atados a la metadona del dinero público, cooperantes con turbante, medios sincronizados, empresarios regados, señorías, jueces: tomad asiento, acomódense vuesas mercedes, que el retablo está por empezar. ¿No ven cuán diferentes son Bildu y ETA? ¿Ven ahora lo buena y constitucional que es la amnistía? Silencio: ¿no ven que en Ceuta hay una crisis migratoria de la que salimos gracias al leal apoyo del rey de Marruecos? ¿Ven estos zafiros y diamantes? ¿No ven que son un regalo oficial? Agucen el oído: ¿oyen a esos gansos muertos graznar?
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