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José Martínez Jambrina

# Hombres varados

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Hay silencios que pesan porque una sociedad ha decidido no escucharlos. El sufrimiento psíquico de los hombres pertenece a esa zona incómoda: aparece en estadísticas, en las consultas y en las familias, pero rara vez ocupa el lugar que le corresponde en el debate público. La cifra es conocida: en España, como en buena parte de Occidente, tres de cada cuatro suicidios consumados corresponden a varones. Esto no es una mera anécdota, sino una regularidad tan aplastante que debería condicionar campañas y presupuestos. La respuesta más cómoda convierte el problema en un defecto de "fábrica" del afectado: los hombres no hablan, no piden ayuda, confunden fortaleza con aguante y silencio... La explicación, como las grandes mentiras, tiene pizca de verdad y funciona bien como coartada. Si el diagnóstico termina siempre en algo del individuo, las instituciones salen absueltas. Si el problema es que los hombres "no saben cuidarse", nos ahorramos revisar si el sistema detecta tarde, si la atención llega mal o si nuestras campañas hablan un idioma que sus destinatarios no reconocen. Culpar al que calla parece hasta instructivo. Pero no es más que una forma elegante de desentenderse. La omisión más clamorosa tiene edad. Y un nombre: edadismo. Las tasas más altas se concentran en varones muy mayores: entre los 85 y los 89 años superan los 40 casos por cada 100.000 habitantes, cinco veces la media nacional. Y casi ninguna campaña los mira. Hablamos de salud mental con imágenes jóvenes y códigos urbanos, mientras los hombres en mayor riesgo son viudos, jubilados, enfermos o simplemente solos, bien educados en no molestar. A estos hombres varados en la última playa un "pide ayuda" les llega tarde, mal o no les llega nunca. La prevención eficaz no puede esperar a que llamen: tiene que aparecer en la consulta de primaria, en la farmacia, en la visita de enfermería, en la ayuda a domicilio. En quienes todavía pueden notar que algo se ha apagado en alguien. Rob Whitley, profesor de psiquiatría en McGill y autor de "Men's Issues and Men's Mental Health" (Springer, 2021), insiste en una idea que conviene tomar en serio: para ayudar a los hombres no basta con diagnosticarles defectos culturales; hay que entender los códigos en los que fueron educados. No se trata de presentarlos como víctimas universales ni de negar otras desigualdades, sino de admitir que existen vulnerabilidades masculinas específicas y que algunas desembocan, con mucha frecuencia, en muerte. Este no es un conflicto nuevo, aunque haya vivido en los márgenes. Los datos europeos llevan una década repitiendo lo mismo. En 2014 la Unión Europea registró unas 58.000 muertes por suicidio, con un 77% de varones. En 2022 fueron 49.042. Es decir: el volumen ha bajado casi un 15% en ocho años y la proporción no se ha movido un milímetro. Sigue en el 77%, suba o baje el total, país tras país. Ahí está lo verdaderamente incómodo. La prevención europea ha conseguido reducir muertes; no ha conseguido tocar la brecha. Y una diferencia que ninguna política ha logrado alterar sigue sin traducción presupuestaria. El suicidio nunca responde a una sola causa: sería irresponsable reducirlo al paro, al divorcio o a un modelo rígido de masculinidad. Pero también lo sería no ver cómo se juntan y organizan en una escuadra hacia la muerte. La pérdida del empleo arruina la economía y la identidad de quien fue educado para darse valor por su capacidad de sostener. Y la depresión del varón no siempre llega con lágrimas, sino como irritabilidad, conductas de riesgo, consumo de drogas o la terrible vergüenza. Síntomas que nuestros instrumentos de detección de riesgo suicida capturan mal y que en la consulta confundimos con cosas de carácter. Hay además una estética del suicidio que condiciona lo que somos capaces de ver. Son las mentiras de las ficciones tomando cuerpo. La cultura occidental construyó algunas imágenes femeninas de la autodestrucción con una belleza casi ornamental: Ana Karenina, Emma Bovary, Ofelia. Mujeres convertidas en símbolo, en escena memorable, rodeadas de pasión, destino o castigo social. Esa tradición no explica las estadísticas, pero enseña algo sobre nuestra mirada: ciertos trastornos mentales fueron icono antes que problema sanitario. El imaginario masculino es más seco. Werther, Pavese, "Muerte de un viajante", "La isla de Sukkwan", "Los lunes al sol", "El cazador", "Aftersun", "The Son": hombres atravesados por el fracaso, la culpa, la enfermedad, el desempleo o la soledad. Ahí el suicidio no es gesto sublime sino derrumbe, el último acto de quien ya no sabe cómo seguir representando el papel que se le asignó. Si el suicidio femenino fue poetizado, el masculino ha sido normalizado, naturalizado: el hombre que no pudo más, el derrotado, el callado. Y lo que se naturaliza pasa al olvido que no seremos. Por eso las campañas no fallan solo cuando omiten números, sino cuando no entienden los relatos en los que esos hombres se reconocen. A un varón mayor, enfermo o sin trabajo no le llega una estética de la vulnerabilidad escrita en abstracto. Necesita otra entrada: el cansancio, la pérdida de utilidad, la vergüenza económica, la sensación de sobrar. Nombrar eso no es justificar nada; es disputar el relato antes de que sea irreversible. Conviene también eliminar de cuajo ciertas consignas con rigor. "Masculinidad tóxica", usada sin matices, se vuelve inútil cuando convierte todo malestar masculino en sospecha. Un hombre que se está rompiendo no necesita una etiqueta descalificadora, sino que alguien entienda qué barreras le impidieron pedir ayuda antes. La crítica cultural es necesaria porque cuando sustituye a una política pública es retórica barata. La prevención exige una formación altamente reforzada para reconocer síntomas atípicos y campañas que no hablen desde la superioridad moral sino desde la eficacia. Y profesionales competentes, capacitados en rigor científico, alejados de la "doxa" y duchos en la "episteme". Y hay que abandonar otra trampa: creer que ocuparse de la salud mental de los hombres resta importancia a la de las mujeres. Reconocer que muchos varones no llegan a tiempo no borra las violencias ni las sobrecargas que ellas sufren. El dolor no se reparte por turnos ideológicos. Pedirles que hablen más es necesario e insuficiente si no hay lugares donde hablar tenga consecuencias. En primaria, en salud mental, en salud laboral, en clubs o asociaciones hay oportunidades de detección que hoy se pierden. La salud mental masculina necesita políticas, pero también un cambio en las palabras: unas que un hombre pueda reconocer como propias sin sentir que acaba de declararse vencido. Y eliminar otras que le reduzcan a una paradoja que nunca lo ha sido. Una sociedad no puede conformarse con hablar algo del problema cuando ya hay una silla vacía en una casa, que dicen los clásicos.
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